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La política de las emociones: una disputa que ya no es racional Opinión Archivo

La política de las emociones: una disputa que ya no es racional

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Gonzalo Bacigalupe
Por : Gonzalo Bacigalupe Sicólogo y salubrista. Profesor de la Universidad de Massachusetts, Boston e investigador CreaSur, Universidad de Concepción
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No estamos ante una comunicación defectuosa, sino ante una estrategia sofisticada de modulación afectiva: instalar sensación de amenaza permanente, intensificar agravios, producir estados de alerta. En ese contexto, la demanda por orden, autoridad y simplificación no es impuesta desde fuera.


La disputa política contemporánea no se juega solo en el terreno de las ideas, sino en la gestión de emociones que define qué puede empezar a parecer razonable.

Durante años, una parte importante de la oposición —académica, política y mediática— ha insistido en leer el ascenso de proyectos de ultraderecha como un problema de ignorancia, desinformación o simple torpeza intelectual. Se asume que el problema es que “no entienden la evidencia”, que “dicen barbaridades”, o que sus liderazgos son, en el mejor de los casos, intelectualmente precarios.

Esa lectura no solo es insuficiente. Es, sobre todo, equivocada. El error no es político. Es psicológico.

En el contexto chileno reciente, donde el debate público oscila entre la alarma y la descalificación, esta confusión se vuelve particularmente evidente.

Seguimos creyendo que estamos frente a un debate de argumentos, cuando en realidad estamos dentro de una arquitectura comunicacional diseñada para operar en otro nivel: el de la activación emocional. No buscan convencerte. Buscan activarte.

Desde la psicología cognitiva y la investigación en comunicación política sabemos que buena parte de nuestras decisiones no pasan por procesos deliberativos, sino por mecanismos rápidos, automáticos, profundamente vinculados a emociones como el miedo, la rabia o la humillación. Ese registro —a menudo simplificado como “lo límbico”— no es un residuo irracional que se corrige con más información. Es el núcleo mismo desde donde se organiza la experiencia y la acción.

Ahí es donde estos proyectos han demostrado una eficacia notable.

No estamos ante una comunicación defectuosa, sino ante una estrategia sofisticada de modulación afectiva: instalar sensación de amenaza permanente, intensificar agravios, producir estados de alerta. En ese contexto, la demanda por orden, autoridad y simplificación no es impuesta desde fuera: emerge como una respuesta subjetivamente coherente.

Mientras unos corrigen datos, otros diseñan estados de ánimo.

Uno de los mecanismos más efectivos de esta estrategia es el desplazamiento sistemático del marco de lo discutible. Se enuncian posiciones extremas, se tensionan los límites de lo aceptable, se instala un nuevo punto de partida. Luego, un leve retroceso es percibido como moderación, como triunfo de la racionalidad, incluso como señal de gobernabilidad.

Pero el terreno ya cambió.

Lo que ayer parecía impensable hoy es parte del debate legítimo. Y lo que hoy parece una concesión razonable, hace no mucho habría sido inaceptable. No se trata de errores comunicacionales ni de exabruptos. Se trata de movimientos calculados en una disputa por el sentido común.

La paradoja es que buena parte de sus opositores contribuye, sin quererlo, a este proceso. Al asumir que se enfrentan a argumentos débiles o a liderazgos intelectualmente limitados, responden con más evidencia, más datos, más correcciones. Pero esa respuesta, por sí sola, es estructuralmente insuficiente frente a una estrategia que no opera en ese plano.

No es que la evidencia no importe. Es que no es ahí donde se está jugando la partida principal.

La subestimación, la idea de que “son tontos”, de que “no saben lo que hacen”, funciona, en la práctica, como una ventaja para quienes sí comprenden que la política contemporánea es también, y quizás sobre todo, una gestión de afectos.

No ganan porque tengan razón. Ganan porque entendieron antes que otros cómo se construyen las condiciones bajo las cuales algo puede empezar a parecer razonable.

Y mientras sigamos creyendo que esto se resuelve aclarando mejor los datos, seguiremos llegando tarde a una disputa que hace rato dejó de ser únicamente racional.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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