Opinión
Immanuel Kant
¿Por qué las derechas chilenas necesitan a Kant?
Una vez Carlos Peña preguntó: ¿por qué necesitamos a Kant? Mi pregunta es menos hospitalaria. En las derechas chilenas campea la ausencia de Kant. Es un olvido que tiene consecuencias.
Una vez Carlos Peña preguntó: ¿por qué necesitamos a Kant? Mi pregunta es menos hospitalaria. En las derechas chilenas campea la ausencia de Kant. Es un olvido que tiene consecuencias.
Kant no es precisamente el pensamiento de los llamados “centros de pensamiento” derechistas. Ahí no se lo conoce en serio.
Que el cristiano de derechas tema a Kant es explicable: enfrenta al crítico de las pruebas metafísicas de Dios. Pero ¿cómo defender lo propio sin conocer lo que lo desafía? Un “investigador” cristiano que rehúye a Kant no protege la fe: evita el trabajo. Eso es pereza o cobardía.
Más desconcertante es la ignorancia del erudito liberal. Kant no es su adversario, sino su culminación: el defensor más riguroso de la libertad y la República.
Cristianos y laicos, conservadores y liberales, convergen así en la misma pampa. Y desde ella opinan con soltura. Como quien discurre sobre política antigua sin haber leído a Platón, se omite aquí —con notable tranquilidad— al autor central de la modernidad.
No siempre fue así. Encina leyó y discutió a Kant; a Edwards no le fue ajeno; Góngora lo conoció bien. Luego, el paisaje se vació. Los efectos tardaron, pero llegaron.
¿Qué diría Kant hoy?
No ofrecería consignas ni diagnósticos apresurados. Recordaría, más bien, algunos principios, obvios en la palabra, menos en la práctica:
- Cada ser humano posee una interioridad espontánea única, a la que sólo él accede directamente. No nos conocemos sólo por los sentidos o el discurso: nos sabemos de manera inmediata. Del otro, en cambio, sólo tenemos su exterioridad; pero hemos de reconocer en él una interioridad análoga.
- De ello se sigue algo decisivo: el ser humano es sujeto, no objeto; persona, no cosa. Los objetos se agotan en su exterioridad: basta abrirlos. La interioridad humana, en cambio, es radical: aunque nos abran físicamente, la interioridad no comparece como una pieza entre otras, no se deja exponer sin resto.
- Esa interioridad interpela: no puede ser anulada ni por un Estado que reduzca a los ciudadanos a súbditos, ni por un mercado que lo traduzca todo en mercancía.
- Kant no sólo advierte el peligro: propone una forma de orden, la República. La entiende con precisión: la separación entre el poder de legislar y el de ejecutar. Rechazaría tanto al dictador de 17 años, cuanto la cámara parlamentaria única, que deseaban en la Convención-1. En ambos casos, el poder pierde límite. Algo análogo rige en economía: la concentración extrema erosiona la libertad.
- En ese contexto de división del poder, Kant exige deliberación pública leal como modo de adoptar decisiones generales. No es ideal abstracto, sino una práctica exigente: reconocer al otro como otra interioridad libre e interlocutor digno. Declararlo “inaceptable” antes de escucharlo no es deliberar: es cancelar la deliberación.
Nada de esto nos es desconocido: se invoca con frecuencia. Se practica poco.
Y no es un déficit exclusivo de la derecha. Atraviesa también a parte de la izquierda, que invoca la deliberación mientras excluye —y que, no pocas veces, ignora también a Kant (basta ver, por ejemplo, la nota 10 de estas “Notas” que dejo, kantianamente, al Publikum).
Kant no es solo un autor que falta estudiar. Es una exigencia incómoda.
No ofrece consuelo ni épica; sólo una orientación severa: que hay en cada uno algo que no puede ser usado, algo irreductible, algo que interpela.
Quizá hoy, en medio del ruido, necesitemos la sobriedad de quien —aun en tierra irredenta — mira el cielo estrellado y no olvida, en lo íntimo, la ley que lo sostiene.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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