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Adicciones y conductas adictivas en la sociedad de consumo Opinión Archivo

Adicciones y conductas adictivas en la sociedad de consumo

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Si realmente queremos enfrentar este problema, es necesario mirar más allá del consumo en sí mismo.  Hay que preguntarse por las condiciones que lo hacen posible, por las vulnerabilidades que lo  alimentan y por las redes que podrían prevenirlo.


El consumo de sustancias no es solo una estadística incómoda ni un problema que pueda relegarse  a los márgenes de la sociedad: es, sin exagerar, uno de los desafíos más urgentes de la salud pública  contemporánea. Y, sin embargo, seguimos abordándolo como si fuera un fenómeno aislado, casi  anecdótico, cuando en realidad atraviesa silenciosamente a millones de personas y comunidades  enteras.

Las cifras son elocuentes, pero también corren el riesgo de anestesiarnos. Millones de personas  consumen sustancias a nivel global, y ese número no deja de crecer. Detrás de esos datos hay algo  más profundo que la mera mortalidad: hay vidas deterioradas, vínculos quebrados y comunidades que  cargan con consecuencias que van mucho más allá del individuo. La adicción no solo mata -como se  ha advertido reiteradamente, también erosiona la calidad de vida, desestructura entornos familiares y  debilita el tejido social.

El problema, sin embargo, no puede reducirse a una suma de consumidores. Pensar así es simplificar  en exceso una realidad compleja. La adicción no es uniforme ni responde a una sola causa. Está  profundamente condicionada por factores sociales, culturales, económicos y personales. No es lo  mismo hablar de consumo en contextos de exclusión que en entornos de privilegio; tampoco es igual  la experiencia de hombres y mujeres frente a estas conductas. Cada historia de adicción es, en el  fondo, una interacción única entre la persona y su entorno.

Aquí es donde el debate suele volverse incómodo: reconocer que las adicciones están íntimamente  ligadas a la salud mental implica aceptar que no basta con políticas punitivas o campañas  superficiales. Durante años, los trastornos por consumo de sustancias fueron entendidos como  simples fallas en el control de los impulsos, casi como defectos de carácter. Hoy sabemos que esa  mirada no solo es insuficiente, sino también injusta. La evidencia ha obligado a reconocerlas como  trastornos complejos, con bases neurobiológicas y conductuales específicas.

Pero incluso esa comprensión se queda corta si no incorporamos otro elemento clave: la coexistencia  de múltiples trastornos. El modelo de la patología dual o comorbilidad ha demostrado que, en muchos  casos, la adicción no llega sola. Suele convivir con depresión, ansiedad o trastornos de personalidad,  traumas, etc. configurando un escenario mucho más complejo de lo que solemos admitir. No se trata  de problemas separados, sino de distintas expresiones de una misma fragilidad en la salud mental.

Esta mirada más amplia también obliga a revisar qué entendemos por adicción. Durante mucho  tiempo, el foco estuvo casi exclusivamente en las sustancias. Sin embargo, hoy resulta evidente que  la dependencia no se limita a lo químico. Las adicciones también se manifiestan en conductas: el  juego, las compras compulsivas, el uso excesivo de internet o videojuegos, los atracones alimentarios,  el sexo. En todos estos casos, el patrón se repite: dificultad para frenar impulsos, búsqueda de  gratificación inmediata y persistencia de la conducta a pesar de sus consecuencias.

Lo inquietante es que estas formas de adicción, cada vez más visibles en la vida cotidiana, comparten  mecanismos profundos. No son simples “malos hábitos”, sino expresiones de alteraciones en los  procesos de toma de decisiones y en el control inhibitorio, estrechamente ligados al funcionamiento  del cerebro y sus sistemas de recompensa. Por eso, reducirlas a una cuestión de voluntad individual  no solo es simplista, sino contraproducente.

A esto se suma un desafío emergente que aún no terminamos de dimensionar: el impacto de las  tecnologías. La adicción a internet, a los videojuegos o a las compras en línea todavía no está  plenamente reconocida en los manuales diagnósticos, pero su presencia es innegable. Y lo más  relevante es que reproduce los mismos circuitos de impulsividad, compulsión y recompensa que  observamos en las adicciones tradicionales.

Este cambio de paradigma no es menor. Supone dejar atrás el juicio moral para avanzar hacia una  comprensión más integral del fenómeno. Pero también exige coherencia: no se puede reconocer la  complejidad de las adicciones y, al mismo tiempo, seguir respondiendo con soluciones simplistas.

Si realmente queremos enfrentar este problema, es necesario mirar más allá del consumo en sí mismo.  Hay que preguntarse por las condiciones que lo hacen posible, por las vulnerabilidades que lo  alimentan y por las redes que podrían prevenirlo. Hablar de adicciones y conductas adictivas es, en el  fondo, hablar de salud mental, de desigualdad y de comunidad.

Ignorar esa dimensión es, quizás, la forma más silenciosa y persistente de perpetuar el problema.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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