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Los cuidados: el espacio que nadie disputa Opinión

Los cuidados: el espacio que nadie disputa

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Si la igualdad es el horizonte, la pregunta no es solo cómo ampliar la presencia de mujeres en la ciencia y en los espacios de poder, sino también cómo lograr que el cuidado deje de ser entendido como un destino femenino.


Cada marzo, en el Mes de la Mujer, vemos campañas que celebran los avances femeninos en el mundo público: más mujeres en cargos de liderazgo, más participación en espacios de poder, más presencia en sectores históricamente masculinos. Se nos invita —con razón— a ser independientes económicamente, a ocupar lugares de decisión y a participar activamente en el mundo del dinero y la influencia.

Ese es, sin duda, un progreso importante.

Pero hay una pregunta incómoda que aparece cuando miramos el fenómeno con más atención: si las mujeres estamos siendo llamadas a conquistar el mundo de lo público, tradicionalmente masculino, ¿por qué no vemos un llamado equivalente para que los hombres conquisten el mundo de lo privado?

Un ejemplo claro aparece en la educación superior. Gran parte de las políticas de equidad de género se concentran en incentivar que más mujeres ingresen a carreras STEM —ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas—. La intención es atendible: en Chile las mujeres representan cerca del 20% de la matrícula en estas áreas.

Mucho menos frecuente es encontrar iniciativas destinadas a incentivar que más hombres ingresen a profesiones asociadas al cuidado.

Las cifras muestran una asimetría evidente. En Chile, cerca del 88% del personal de enfermería son mujeres y en Trabajo Social alrededor del 80% de quienes estudian la carrera también lo son. No es casual. Ambas profesiones están históricamente asociadas al cuidado, es decir, a labores orientadas a sostener la vida cotidiana de las personas y comunidades —atención de salud, acompañamiento social, protección y bienestar—, tareas que culturalmente han sido atribuidas a las mujeres.

Incluso universidades como la Pontificia Universidad Católica han impulsado mecanismos para equilibrar la matrícula: incentivar el ingreso de mujeres a matemáticas o de hombres a enfermería. Sin embargo, estas iniciativas —aunque valiosas— no abordan el problema cultural de fondo: seguimos reproduciendo la idea de que la ciencia es un espacio masculino que las mujeres deben conquistar, mientras el cuidado permanece naturalizado como femenino.

Celebramos, con razón, que más mujeres ingresen a laboratorios y centros de investigación. Pero una sociedad no se sostiene solo en un laboratorio. También se sostiene en los hogares, hospitales, escuelas y comunidades. 

Aquello que se considera “secundario” es, en realidad, lo que sostiene a cualquier sociedad. Y, sin embargo, los cuidados continúan siendo invisibles, desigualmente distribuidos y socialmente subvalorados.

Si la igualdad es el horizonte, la pregunta no es solo cómo ampliar la presencia de mujeres en la ciencia y en los espacios de poder, sino también cómo lograr que el cuidado deje de ser entendido como un destino femenino.

Porque una sociedad verdaderamente justa es aquella que valora los cuidados como parte esencial del desarrollo y reconoce que sostener la vida cotidiana es una responsabilidad de todos.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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