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¿Por qué la política se desacralizó? Los desafíos culturales del gobierno de Kast Opinión

¿Por qué la política se desacralizó? Los desafíos culturales del gobierno de Kast

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Nicolás M. Somma
Por : Nicolás M. Somma Profesor Titular del Instituto de Sociología, Pontificia Universidad Católica de Chile; Investigador Asociado del Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social (COES) e Investigador Adjunto del Núcleo Milenio sobre Crisis Políticas en América Latina (Crispol).
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Más allá de los errores o aciertos, entre las barreras a la sacralización que enfrentó Boric se encuentran las mismas que probablemente enfrentará Kast. No tienen que ver con los proyectos de gobierno o sus elencos sino con algo más profundo.


Los gobiernos son proyectos sacralizadores. Más allá de la eventual humildad de sus líderes, buscan elevar a un nivel superior un conjunto de valores y principios y traducirlo en políticas públicas veneradas por la población. El gobierno de Boric intentó sacralizar un Chile basado en la descentralización del poder (recordemos cuando afirmó que quería terminar su mandato con menos poder que al comienzo), la ampliación de derechos sociales, el feminismo y el ambientalismo, todo ello sacramentado por una nueva Constitución que nunca llegó a materializarse. El flamante gobierno de Kast busca sacralizar el orden público, la disciplina cotidiana, el imperio de la ley y la nación chilena. 

Hace más de un siglo, en su libro Las formas elementales de la vida religiosa, el sociólogo francés Émile Durkheim sentó las bases decisivas para la comprensión sociológica de lo “sagrado”. “Sacralizar” no quiere decir atribuir rasgos específicamente religiosos o teológicos a algún aspecto de la vida. Más bien, quiere decir elevar algo mundano, ordinario o profano a un pedestal superior, confiriéndole tres atributos: pureza (hacerlo moralmente prístino), distancia respecto de lo cotidiano (opacidad e inescrutabilidad), y coerción normativa (algo que nos constriñe y no podemos eludir). 

Boric no pudo concretar su proyecto sacralizador. No se aprobó el primer proyecto constitucional, que era el andamiaje jurídico que lo haría posible. Se topó, además, con las dificultades de gobernar con equipos muy jóvenes y con experiencia desigual en el manejo del Estado. En la vorágine cotidiana tomó decisiones apresuradas que generaron resistencia dentro de su propia coalición y fueron aprovechadas por la oposición para debilitarlo. Al final de su mandato, parece claro que los valores que quería sacralizar – ambientalismo, multiculturalismo, feminismo, estado benefactor, honestidad pública – no se convirtieron en los principios sagrados que nos rigen cotidianamente. 

Kast propone un proyecto sacralizador completamente distinto. Atento a los virajes de la opinión pública y a la experiencia de las “mayorías silenciosas”, su proyecto sacralizador busca restaurar un Chile que se habría perdido – según dice la narrativa – por la combinación de “derecha cobarde”, estallido delictual y extremismo frenteamplista-comunista. En un Chile en emergencia, moralmente degradado y mal administrado, los valores a elevar serían la seguridad pública, la chilenidad, la austeridad y la obediencia a la autoridad. 

Pero, para Kast o para cualquier otro presidente recién llegado al poder, haber ganado en las urnas no garantiza el éxito del proyecto sacralizador. Las últimas encuestas muestran un apoyo todavía mayoritario, pero también un desgaste inicial que puede profundizarse. Y así como Boric encontró enemigos, Kast probablemente también los encontrará: en el Congreso, en los gobiernos locales, en sectores reticentes de un funcionariado público a la defensiva (recordemos la polémica por los “parásitos”), y en las protestas callejeras. Quienes lo votaron se desilusionarán si no ven pronto cambios sustantivos, y siempre existe el riesgo de descoordinaciones dentro del gobierno, así como de contradicciones con lo prometido en campaña (¿efectivamente no existirán recortes en beneficios sociales y se abstendrá el gobierno de la “batalla cultural”?) Finalmente, como le ocurrió a Boric, más allá de algunos “pesos pesados”, el elenco de gobierno combina personas experimentadas con muchas otras de trayectoria más acotada en el manejo directo del Estado. El Partido Republicano es nuevo, y varios cargos ministeriales y de primera línea descansan en figuras independientes o tecnocráticas bastante jóvenes – sorprendentemente coincidiendo en esto con el gobierno anterior. Todo esto suscita dudas sobre el futuro del nuevo proyecto sacralizador (que, para reiterar, no se trata de “religión” en un sentido estricto, sino de la veneración de ciertos valores cívicos). 

Más allá de los errores o aciertos, entre las barreras a la sacralización que enfrentó Boric se encuentran las mismas que probablemente enfrentará Kast. No tienen que ver con los proyectos de gobierno o sus elencos sino con algo más profundo: Chile se transformó en una sociedad reacia a ser encantada por la política. Paradójicamente, desde la década de 1990, fueron las mismas coaliciones gobernantes (de derecha, centro e izquierda) las que, con buenas intenciones y éxitos indiscutibles, construyeron barreras estructurales a la sacralización. Promovieron la masificación educativa secundaria y terciaria, creando masas menos impresionables por el halo profético de la tecnocracia. Ayudaron a crear clases medias articuladas en torno al mercado, y facilitaron su conexión digital y el acostumbramiento a patrones de consumo global, con lo cual el Estado quedó relegado a un segundo plano (aunque haya aumentado el gasto social y mejorado su infraestructura). Avanzaron en la transparencia del Estado, investigaron y difundieron los casos de corrupción (desde Penta hasta Hermosilla, entre muchos otros) y buscaron acercar a las autoridades a la gente (en lo que Bachelet brilló). Sin imaginarlo, hicieron que las instituciones políticas y los políticos perdieran el halo de distancia, de opacidad y de omnipresencia que requiere lo sagrado. La reverencia hacia quienes habían logrado recuperar y consolidar la democracia se transformó en una multiplicación de impurezas, algo que lo sagrado no admite.

El efecto no buscado de todo esto fue terminar por convencer al público de que la política era tan trivial e imperfecta moralmente como el propio público profano. En los últimos ocho años fueron los propios políticos quienes redujeron su capacidad sacralizadora: parte de la izquierda durante Piñera 2, al atacar discursivamente al modelo político-económico y acompañar ese cuestionamiento con movilizaciones en las calles; y la derecha al demoler al gobierno anterior sin calcular que la mancha de lo profano también se extendía hacia ella. Los ejemplos históricos sugieren que sólo verdaderas crisis nacionales (económicas, humanitarias o bélicas) aumentan la demanda popular por sacralizar la política, pero eso (además de generar mucho dolor humano) suele ir de la mano de líderes mesiánicos que no son buenos para la democracia. Esperemos no llegar a eso. 

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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