Opinión
¿Puedo hablar de Dios?
Dios no está de moda. La Iglesia tampoco. ¿Debe estarlo? No es la moda la que importa, sino el modo.
Todo está de moda, menos Dios.
Esto que digo puede sonar a provocación. No quiero que lo sea. Tómese mejor como un recurso literario para llamar la atención de las audiencias que puedan interesarse esta Semana Santa por Cristo. “Agáchate, Semana Santa”, dicen en el campo.
Con permiso. Tengo algo que contar.
Me encontraba a cielo raso contemplando las estrellas en el campo. No me di cuenta. Me había sentado en una silla de mimbre. Me levanté y un clavo saliente me rompió el pantalón granate, el más querido. ¿Botarlo y comprarme otro? Decidí repararlo. Fui a una costurera conocida. “Las telas ya no son las de antes”, me dijo algo molesta por las importaciones acrílicas. “Sí, por supuesto que se puede reparar”. Ella es evangélica. Me vino a la mente la importancia teológica de la palabra “reparación”. Siguió la conversación. “Soy modista. Estudié para modista. Ahora remiendo, no más”. Volví la semana siguiente. Dejó el pantalón con una cicatriz, pero lo salvamos del tarreo de la basura. Dirán incluso que está de moda. ¿Un cura de moda? No, el pantalón. “Adiós, hermana”. “A Dios”.
Volví a la casa meditando. Llegué a esta idea: “Dios reparó a su hijo crucificado”.
Una dimensión de lo que los cristianos han llamado “salvación” es la reparación. De nada sirve que alguien diga “pequé” y se golpee el pecho. La Iglesia le exige que, si puede, haga algo por reparar el daño causado. El autocastigo no remienda nada, aunque la misma Iglesia, equivocadamente, lo ha solicitado. La enseñanza más genuina de la misma Iglesia va por otra parte. Si robas, “restituye”.
Vuelvo al crucificado. Lo hicieron pedazos. Su cadáver quedó destrozado. Se deshicieron de él. Pero el Padre de Jesús —podríamos decir—, lo sacó del vertedero y, al devolverle la vida, para que no se olvidara el crimen de Estado, le dejó las cicatrices. Las y los cristianos, por dos mil años, han besado esas llagas que ya no supuran, pero les recuerdan que todo tiene arreglo en la vida.
Es difícil hablar del Cristo crucificado. Las representaciones de su pasión suelen ser odiosas. Tampoco es fácil hablar del resucitado. ¿Resucitar a qué? Hay imágenes que ayudan, pero pocas contribuyen a identificarse con el Jesús cuya caridad sus discípulos imitaron y recordaron en las cenas en que compartían el pan. Conocí en el País Vasco una talla de Cristo crucificado sonriente. En su muerte se anticipaba la alegría de su resurrección. Allí estaban los forados de los clavos como memoria de su entrega final. Ante él, quienes recuerden su vida, sabrán que para el Padre de Jesús todo tiene arreglo y más.
Dios no está de moda. La Iglesia tampoco. ¿Debe estarlo? No es la moda la que importa, sino el modo. ¿Cuál? El del Buen Samaritano. Jesús fue recordado por parábolas como la de este extranjero que encontró por el camino a un desconocido malherido, lo llevó a un hospicio para que fuera curado e incluso pagó la cuenta. La Iglesia no está de moda cuando repara personas y vidas destruidas en la infinidad de voluntariados que los cristianos han creado por cientos de años para achicar daños de todo tipo. Tampoco ha estado de moda, al contrario, ha hecho la contra a la cultura del descarte, diría el papa Francisco, las veces que ha defendido a las víctimas de sociedades injustas como la nuestra.
Semana Santa puede ser una buena noticia para quienes tienen penas que parecen irreparables y heridas de muy difícil cicatrización. ¿Habrá quienes procedan como el Padre de Jesús? Tal vez los jóvenes —que consideran que la Iglesia es una institución decadente— si acudieran donde ella se desempeña como la Iglesia que acoge, repara, cose y cura. Los jóvenes, y también los demás.
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