EDITORIAL
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El nuevo (des)orden internacional, la restauración imperial y los venezolanos irregulares en Chile
El orden internacional basado en reglas existe como una forma de control sobre las superpotencias y, cuando ese sistema se erosiona, los que más pierden son los países menos poderosos. El mundo, así, pasa a ser un lugar más inseguro y violento.
Lo ocurrido en Venezuela, con el bombardeo e ingreso de fuerzas estadounidenses en su territorio y la captura y “extracción” de Nicolás Maduro, su entonces presidente en ejercicio, marcó un punto de quiebre en la relación histórica entre Latinoamérica y Estados Unidos, y, en términos globales, un nuevo hito en el actual (des)orden internacional.
Más allá de la evidente ilegitimidad del régimen venezolano y de lo catastrófico de sus consecuencias –destrucción de las instituciones democráticas de ese país, represión sistemática contra la oposición y una crisis humanitaria devastadora, que ha forzado a más de ocho millones de venezolanos a abandonar su hogar–, la duda obvia que surge es si las acciones, también ilegales, de Estados Unidos, constituyeron una forma razonable y prudente de cambiar la realidad venezolana.
Es más, el mensaje es claro: la intervención militar no fue un acto para restituir la democracia en Venezuela, sino que una demostración del poder estadounidense en la región –y, adicionalmente, la e
Entonces, la pregunta de fondo es qué queda hoy del derecho internacional, así como del sistema internacional establecido post Segunda Guerra Mundial. El orden internacional basado en reglas existe precisamente –y principalmente– como una forma de control sobre las superpotencias y, cuando ese sistema se erosiona, los únicos que pierden son los países menos poderosos. Un mundo donde Rusia puede hacer lo que quiera con Ucrania y Estados Unidos con Venezuela, no es uno más justo ni más libre: es un mundo más inseguro para los ciudadanos de Taipéi, Santiago o Groenlandia.
Definitivamente, este neoimperialismo que estamos comenzando a vivir a nivel internacional no sirve a países como el nuestro.
Notable y esperanzador análisis al respecto fue hecho recientemente por el primer ministro de Canadá, Mark Carney, en su intervención en Davos, Suiza, la que es recomendable leer y sobre la cual se torna preciso reflexionar (en este link se encuentra completa y en español).
Por lo demás, la historia de las intervenciones de superpotencias extranjeras en el siglo XXI solo entrega advertencias y temores.
Así, en Irak, Estados Unidos tuvo un plan detallado para derrocar a Sadam Huseín, pero ninguno para lo que vendría después. El resultado fueron años de guerra y destrucción, la desestabilización de Medio Oriente y el surgimiento de ISIS. En Siria, el apoyo del Gobierno ruso al régimen de Bashar al-Ásad y de Estados Unidos a los rebeldes, significó una guerra civil con más de un millón de muertos y siete millones de desplazados. En Libia, la caída de Muamar al Gadafi, bajo la administración Obama, tampoco fue seguida por un proceso de reconstrucción política, sumiendo al país en un conflicto interno que persiste hasta hoy. El mismo Barack Obama señaló con posterioridad que haber apoyado a los rebeldes sin un plan para Libia después de Gadafi fue “el peor error de su administración”.
En Chile, la operación ilegal estadounidens
¿Adónde volverían, si su país carece de un Gobierno y enfrenta un escenario de enorme incertidumbre? ¿Con quién va a negociar para que los aviones llenos de migrantes irregulares que prometió en campaña aterricen en Caracas? ¿Qué pasa si en Venezuela surge una violencia incluso más aguda que la que existe hoy?
El vacío de poder en ese país podría derivar tanto en un chavismo reciclado como en un conflicto interno de magnitudes insospechadas. Ninguno de estos escenarios facilitará la repatriación; ambos pueden, en cambio, empujar a más venezolanos a abandonar su país, camino a Chile, entre otros destinos.