PAÍS
Isla Magdalena: cuando el turismo encubre la crisis de los pingüinos
La promoción turística de Isla Magdalena contrasta con una fuerte caída de la colonia de pingüinos de Magallanes: guardaparques advierten que las parejas reproductivas habrían disminuido en más de 85% en la última década, sin que existan estudios recientes ni medidas de manejo acordes al deterioro.
Las imágenes que circulan por redes sociales muestran un paraíso. Miles de pingüinos caminando entre turistas sonrientes, paisajes prístinos, una experiencia “única en el mundo” a pocas horas de Punta Arenas.
Isla Magdalena se ha convertido en uno de los íconos turísticos de la Patagonia chilena. Pero detrás de esa postal –difundida por operadores turísticos, influencers y campañas institucionales– se esconde una realidad que casi no aparece en la narrativa oficial: la colonia de pingüinos de Magallanes que habita la isla está colapsando.
El llamado de alerta no surge desde un laboratorio ni desde una oficina pública, sino desde el terreno. Cristóbal Sepúlveda, guía en el Monumento Natural Los Pingüinos, decidió poner cifras y experiencia directa sobre la mesa frente a una avalancha de promoción turística que –según advierte– se construye sobre datos desactualizados y una peligrosa omisión: la población de pingüinos se ha desplomado en más de un 85% en la última década.
Los números son brutales. A comienzos de los años 2000, Isla Magdalena albergaba cerca de 59 mil parejas reproductivas. En 2008-2009 se alcanzó el máximo con 63 mil. Diez años después, ya solo quedaban 43 mil. Para 2022, un informe de clasificación de especies hablaba de apenas 15 mil parejas. Y desde 2024, los propios guardaparques de Conaf informan que la colonia se ha reducido a unas 6 mil parejas reproductivas.
- Este colapso demográfico no ha sido reflejado en las páginas oficiales ni en la publicidad turística, que sigue vendiendo la idea de una colonia abundante y estable.
La desinformación no es inocua. Mientras se difunden imágenes de abundancia, no se toman medidas de emergencia para proteger una población en declive acelerado. Peor aún, la ausencia de estudios actualizados –los últimos datan de 2019– impide identificar con precisión las causas del colapso y diseñar políticas de conservación adecuadas.
La historia reciente de la Región de Magallanes muestra que esto no es una exageración. La colonia de Seno Otway, que durante décadas fue la más accesible y visitada por los magallánicos, desapareció por completo. En los años noventa tenía más de 1.400 parejas; en 2007 superó las 2.200; en 2014 quedaban apenas 250.
- Entre 2019 y 2022 ya no quedaba ningún pingüino. La minería del carbón en isla Riesco, las salmoneras en Seno Skyring, la presión turística sin distancias de seguridad y la depredación por perros –una jauría mató 170 pingüinos en 2013– fueron parte de una tormenta perfecta. Pero lo más grave fue otra cosa: nadie actuó a tiempo.
Isla Magdalena parece hoy repetir esa lógica, aunque bajo un escenario distinto. No hay minería ni salmoneras cerca. No hay perros ni zorros. Pero sí hay algo nuevo y constante: una presión turística diaria y masiva sobre la colonia en plena época reproductiva.
- Entre septiembre y marzo, los pingüinos deben atravesar senderos saturados por hasta 500 visitantes diarios. La distancia mínima de observación es de apenas dos metros, muy por debajo de los 50 metros que recomienda Subpesca y de los cinco metros exigidos incluso en la Antártica.
El resultado es estrés. Pingüinos que huyen de los humanos. Otros que intentan atacar cuando se sienten invadidos. Parejas que interrumpen su comportamiento reproductivo en el momento más crítico del año. Y aunque algunos estudios sugieren que la presencia humana puede ahuyentar depredadores, esa posible ventaja no compensa el impacto de una exposición constante y sin control sobre una población ya debilitada.
Al mismo tiempo, el océano tampoco ofrece refugio. Derrames de petróleo, como el ocurrido en Brasil en 2010 y que afectó a cientos de pingüinos, y la sobrepesca industrial en el Atlántico –que deja a los animales sin alimento– han provocado varamientos masivos en las costas de Argentina, Uruguay y Brasil.
El cambio climático y la alteración de las cadenas tróficas completan un escenario de presión múltiple. Pero ninguna de esas amenazas explica por sí sola que decenas de miles de pingüinos hayan desaparecido de una colonia histórica como Isla Magdalena en tan pocos años.
- La respuesta parece estar también en tierra firme: cuando un lugar deja de ser seguro para reproducirse, los pingüinos se van. Y hoy están colonizando islas más remotas y menos accesibles, como Tucker, Cayetano o Carlos III, en el lado sur del Estrecho de Magallanes. Lejos de los humanos.
La paradoja es cruel. Isla Magdalena es vendida como una vitrina de conservación, pero en la práctica funciona como un parque de contacto directo con una especie en crisis. La promoción turística masiva ha terminado ocultando el problema en lugar de enfrentarlo.
Cristóbal Sepúlveda plantea que la salida existe. Limitar el número de visitantes diarios. Reducir el tamaño del sendero. Aumentar las distancias de observación. Crear miradores elevados. Convertir la experiencia en una observación responsable, no en una invasión del hábitat.
- El modelo ya existe: la Reserva Natural Pingüino Rey en Tierra del Fuego, donde con reglas estrictas la población creció de 8 individuos a más de 200 en una década.
Isla Magdalena aún puede salvarse. Pero solo si se deja de vender una postal y se comienza a mirar la realidad. Porque cuando una colonia de pingüinos que ha sobrevivido quinientos años empieza a desaparecer en una década, no es la naturaleza la que está fallando. Somos todos nosotros.
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