PAÍS
Kast y Schoenstatt: cuando la obediencia religiosa llega a La Moneda
La llegada de José Antonio Kast a la Presidencia instala por primera vez en el Gobierno a un miembro activo del movimiento Schoenstatt, organización católica marcada por redes de poder y denuncias de abusos, abriendo interrogantes sobre el cruce entre obediencia espiritual y decisiones de Estado.
Cuando José Antonio Kast cruce este miércoles el Patio de Los Cañones para asumir como Presidente de Chile, no solo comenzará un nuevo ciclo político. También ingresará al corazón del poder una dimensión inédita en la historia reciente del país: la pertenencia activa del Mandatario al movimiento católico Schoenstatt, una comunidad religiosa internacional caracterizada por una fuerte disciplina espiritual y que, en los últimos años, ha enfrentado denuncias de abusos de poder, de conciencia y sexuales.
La fe ha sido siempre un elemento visible en la trayectoria del Presidente electo. La noche de su triunfo electoral lo dejó claro con una frase que sintetiza su visión del mundo: “Nada es posible si no tuviéramos a Dios. Nada ocurre en la vida, para los que somos de fe, que no sea en relación directa con Dios”.
Pero esa fe no se expresa solo en el plano personal. Kast y su esposa, María Pía Adriasola, integran el Instituto de Familias de Schoenstatt, una de las ramas de mayor compromiso dentro del movimiento fundado en Alemania por el sacerdote José Kentenich. En esta estructura, matrimonios se organizan en comunidades estables que mantienen encuentros reservados, se acompañan espiritualmente y asumen compromisos inspirados en los llamados “consejos de vida consagrada”.
En el entorno de José Antonio Kast describen esta pertenencia como el eje de su vida personal y familiar. De hecho, una de sus primeras decisiones tras ganar la elección fue designar como próximo capellán de La Moneda al sacerdote Mariano Irureta, también miembro del movimiento, mientras sostenía reuniones con la Conferencia Episcopal para abordar la agenda nacional.
Para el teólogo y rector de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano, Álvaro Ramis, el problema no es la fe personal de quien gobierna, sino la naturaleza institucional de esos compromisos.
“El problema no radica en la fe personal de un gobernante, sino en la naturaleza de los compromisos que adquiere dentro de un movimiento religioso organizado”, advierte.
“Si un líder político está sujeto a la orientación de un director espiritual o a la autoridad de responsables internos del movimiento, surge la pregunta acerca de hasta qué punto esa obediencia religiosa podría incidir en decisiones de gobierno”, añade.
Schoenstatt nació con una vocación particular dentro de la Iglesia católica. Según explica Ramis, se trata de una comunidad donde los laicos desarrollan tareas similares a las órdenes religiosas, pero con autonomía respecto de la jerarquía eclesiástica.
“El movimiento cuenta con una rama laica y otra religiosa, que incluye una orden sacerdotal y una comunidad de mujeres laicas consagradas. Estas se asemejan mucho a las monjas, aunque no lo son, ya que no toman votos”, detalla el académico.
Chile es uno de los países donde el movimiento tiene mayor presencia internacional. No es casualidad: su fundador vivió aquí durante un período clave, consolidando una red de comunidades que hoy atraviesa sectores empresariales, profesionales y conservadores de la sociedad.
Hasta ahora, esa influencia se había mantenido lejos del primer plano político. Antes de Kast, el único miembro del movimiento que alcanzó posiciones relevantes en el Estado fue su hermano mayor, Miguel Kast, ministro y presidente del Banco Central durante la dictadura de Augusto Pinochet.
La llegada de Kast cambia radicalmente esa ecuación.
El periodista Eneas Espinoza, fundador de la Red de Sobrevivientes de Abusos de la Iglesia, sostiene que la pertenencia del Mandatario electo al Instituto de Familias introduce una dimensión política inquietante.
“Esto significa que su capacidad de decidir no es completamente autónoma. Debe pedir consejo y orientación a su guía espiritual o a autoridades del movimiento”, afirma. “En caso de conflicto de intereses, una persona formada en esta lógica tiende a obedecer primero a la autoridad religiosa antes que a la autoridad civil”, señala.
Para Espinoza, el problema no se limita a debates valóricos como aborto o educación sexual. “Chile es un país fuertemente presidencialista y el Mandatario es colegislador. El país no votó por los líderes religiosos que eventualmente podrían influir en las decisiones del Presidente”.
El investigador sostiene que Schoenstatt también funciona como una red social y económica de alto nivel. “Schoenstatt es particularmente rígido en control, disciplina y secretismo”, dice.
En su análisis, esas redes podrían operar incluso fuera de la estructura formal del Estado.
La historia reciente del movimiento añade otra capa de complejidad. En los últimos años, Schoenstatt ha enfrentado investigaciones internacionales por abusos sexuales, de conciencia y de poder.
Un informe institucional publicado en Chile en 2024 reconoció abusos cometidos por ocho sacerdotes contra 28 víctimas, de las cuales 18 eran menores de edad.
El caso más emblemático fue el del exarzobispo de La Serena, Francisco José Cox, integrante del movimiento y expulsado del sacerdocio por el papa Francisco tras denuncias de abuso sexual contra menores.
El religioso más influyente del movimiento fue el exarzobispo de Santiago Francisco Javier Errázuriz Ossa, quien mantuvo una vinculación estructural con ese movimiento católico. Ingresó al Instituto Secular de los Padres de Schoenstatt y llegó a ocupar posiciones clave dentro de la organización, incluido el cargo de superior general internacional entre 1974 y 1990. Desde esa posición dirigió el movimiento a nivel global antes de asumir responsabilidades en la jerarquía de la Iglesia chilena.
Errázuriz fue cuestionado por su rol en el manejo de denuncias de abusos sexuales dentro de la Iglesia católica en Chile, particularmente en el caso del sacerdote Fernando Karadima. Víctimas del expárroco de El Bosque lo acusaron de haber recibido antecedentes tempranos sobre los abusos sin adoptar medidas oportunas, lo que habría contribuido a prolongar el encubrimiento. Fue investigado por el Ministerio Público, pero antes que el fiscal Emiliano Arias pudiera solicitar su formalización –cosa que estaba a punto de hacer– fue marginado de la causa. El caso fue reasignado y la responsabilidad de Errázuriz quedó en nada.
Las controversias, sin embargo, son incluso más profundas y alcanzan hasta el propio fundador. Documentos hallados en archivos del Vaticano por investigadores en 2020 revelaron acusaciones de manipulación espiritual y abuso de poder contra José Kentenich, lo que llevó a suspender su proceso de beatificación.
En paralelo, historiadores como Alexandra von Teuffenbach han señalado que el sacerdote habría abusado sexualmente de una integrante del movimiento en 1947, según informes del Vaticano de la década de 1950.
En este escenario, la figura del Presidente electo aparece en una posición compleja. Kast ha condenado de forma general los abusos cometidos en la Iglesia, pero ha evitado referirse a las acusaciones que pesan sobre Errázuriz y también las que recaen en el fundador del movimiento por abuso de conciencia.
Para Ramis, la dimensión política de este escenario es inevitable. Eso no implica necesariamente una conspiración, advierte, sino el funcionamiento habitual de redes sociales y políticas. El problema aparece cuando esas redes terminan condicionando decisiones públicas.
En este punto emerge un cruce inquietante. Como advierte Eneas Espinoza, José Antonio Kast sería –hasta donde se conoce– el primer Mandatario vinculado a esta ala del catolicismo que llega al poder en una institución esencialmente laica como la Presidencia de Chile. Si a ello se suman las imágenes provenientes de Estados Unidos, con Donald Trump recibiendo la “imposición de manos” de pastores evangélicos ultraconservadores, la pregunta incómoda se vuelve inevitable:
¿Dónde se traza la frontera entre convicción religiosa y captura moral del poder político?