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Castro: un viaje al corazón de Chiloé y uno de los destinos más magnéticos del sur de Chile Viajes

Castro: un viaje al corazón de Chiloé y uno de los destinos más magnéticos del sur de Chile

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Loreto Santibáñez
Por : Loreto Santibáñez Editora de Agenda País, Revista Jengibre y Braga.
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Aunque lCastro ha evolucionado con hoteles boutique, cafés y una escena cultural en expansión, mantiene un vínculo profundo con el mar y la madera. La vida transcurre mirando el fiordo, bajo la lluvia constante y el aroma salino que define a Chiloé.


Entre palafitos coloridos, mercados repletos de sabores chilotes y una arquitectura patrimonial única, Castro se ha consolidado como uno de los destinos turísticos más importantes del sur de Chile. Un lugar donde historia, cultura y naturaleza conviven con una aura que atrapa a quienes llegan al archipiélago.

Y es que Castro no es solo la capital de Chiloé; es su centro cultural, emocional y simbólico. Fundada en 1567, es una de las ciudades más antiguas del país y conserva un ritmo pausado, profundamente ligado al mar y a la madera. Caminar por sus calles es encontrarse con la esencia chilota: fachadas de tejuelas, miradores espontáneos hacia el fiordo y una atmósfera húmeda que envuelve cada rincón.

Tejuelas, palafitos e iglesias: identidad y patrimonio de Castro

Nada representa mejor a Castro que sus palafitos. En los sectores de Gamboa y Pedro Montt, estas viviendas construidas sobre pilotes se asoman al mar y transforman su paisaje según el ritmo de las mareas. Más que una postal, son un testimonio vivo de cómo los chilotes aprendieron a convivir con el agua y el clima del archipiélago.

En pleno centro de la ciudad se alza la Iglesia San Francisco de Castro, uno de los templos más emblemáticos del conjunto de iglesias chilotas declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Su fachada amarilla y lila, su estructura íntegramente en madera nativa y su estilo neogótico la convierten en una parada obligada para comprender el valor arquitectónico y espiritual de Chiloé.

En Castro, la arquitectura tiene un protagonista indiscutido: las tejuelas. Estas pequeñas piezas de madera —tradicionalmente de alerce, ciprés o mañío— revisten casas, iglesias y construcciones rurales desde hace siglos, creando superficies vibrantes e irrepetibles.

Su valor estético está en el ritmo visual. Dispuestas en patrones que evocan escamas de peces, rombos o líneas superpuestas, generan relieves y juegos de luz que cambian con el clima y las estaciones. La lluvia resbala sobre ellas, el sol revela vetas plateadas en las maderas antiguas y la neblina las integra al paisaje.

El uso del color es otro sello inconfundible. Fachadas amarillas, lilas, verdes y rojas aportan calidez frente al cielo gris del sur. Cuando no se pintan, las tejuelas envejecen hacia tonos grises que dialogan con bosques y fiordos. Más que un recurso constructivo, son un lenguaje cultural que habla de identidad, resiliencia y tradición, hoy reinterpretado por hoteles, lodges y restaurantes contemporáneos.

Créditos: Loreto Santibáñez.

Sabores típicos y una ciudad con sus tradiciones

La gastronomía es parte esencial de la experiencia en Castro. El curanto —en hoyo o en olla—, los milcaos, los chapaleles y las preparaciones a base de papas son imperdibles.

Parte de esos sabores y la vida cotidiana se vive en sus mercados. El Mercado Municipal José Sandoval Gómez y la tradicional Feria Yumbel son verdaderas ventanas a los sabores y oficios de la isla. Papas nativas, pescados ahumados, quesos artesanales y manzanas chilotas conviven con cocinerías donde se puede probar curanto, milcaos, chapaleles y caldillos marineros.

El antiguo Mercado Yumbel fue transformado en un edificio contemporáneo de madera laminada, que hoy alberga puestos de pescadería, verduras, restaurantes y una feria campesina. Los sábados por la mañana, hortaliceras rurales llegan con productos frescos desde distintos puntos de la isla, reforzando su carácter comunitario. Más que un espacio comercial, el mercado funciona también como punto de encuentro cultural y social.

Créditos: Loreto Santibáñez.

A ello se suma la Feria Artesanal y Mercado Campesino Lillo, ubicada en calle Eusebio Lillo. Abierta todos los días, es un espacio muy activo donde se mezclan productos agrícolas y artesanías locales: miel, huevos, verduras, tejidos y trabajos en madera. Es una parada clave para quienes buscan un contacto directo con productores chilotes.

La evolución De Castro hacia un destino turístico y nuevos habitantes

En los últimos años, Castro ha experimentado una evolución significativa como destino turístico y urbano, transformando su fisonomía más allá de los palafitos y la arquitectura patrimonial. La ciudad ha visto surgir hoteles boutique, alojamientos de diseño y servicios de alto nivel, que conviven con la oferta tradicional de cabañas y hostales, elevando la experiencia del visitante.

La infraestructura moderna va desde el centro comercial y casino que amplía la oferta urbana para residentes y turistas por igual. Un dinamismo económico y social que ha impulsado también una creciente escena de bares, terrazas y espacios culturales que animan sus noches.

Dentro de esta nueva etapa turística destaca Hotel Arrebol, un proyecto de hotelería boutique que reinterpreta la arquitectura tradicional chilota desde una mirada contemporánea. Su diseño —a cargo del estudio Ortúzar Gebauer— evoca los antiguos galpones de madera, integrando identidad local, sustentabilidad y diseño actual.

Créditos: Loreto Santibáñez.

Ubicado en Ernesto Riquelme 1695, en Castro, el hotel cuenta con buena conectividad, cercano a la Ruta 5 Sur y a unos 20 minutos del aeropuerto Mocopulli. Más que un alojamiento, Arrebol representa una forma consciente de desarrollo turístico, alineada con el territorio.

El restaurante Don Martín, parte del hotel, ofrece una propuesta de gastronomía del mar chilote con un enfoque creativo. Su cocina se basa en ingredientes locales, no solo del Océano Pacífico sino de la costa interior del archipielago.

Pescados, mariscos y carnes lucen en preparaciones frescas o en cocciones lentas y de fuego controlado, combinados con técnicas contemporáneas, opciones vegetarianas y encurtidos caseros que complementan con una cuidada selección de vinos de distintas cepas y valles chilenos que realzan la propuesta y sabores. Su terraza, con vista al fiordo, refuerza una experiencia íntima y conectada con el paisaje.

Créditos: Loreto Santibáñez.

La cultura también es fuerte en Castro. El Museo de Arte Moderno de Chiloé (MAM) es uno de los polos culturales más relevantes de la ciudad. Fundado a fines de la década de 1980, se define como un centro activo de arte contemporáneo más que como un museo tradicional. Su misión es difundir arte desde Chiloé, sin barreras ideológicas ni religiosas.

Ubicado en el Parque Municipal de Castro, funciona en una antigua Casa-Fogón restaurada por los arquitectos Eduardo Feuerhake y Edward Rojas, intervención que fue reconocida en la Bienal de Arquitectura de Santiago en 1996. El museo alberga una colección permanente de más de 900 obras de artistas chilenos y desarrolla exposiciones temporales, residencias artísticas y actividades de mediación cultural que vinculan el arte con la comunidad local.

Puerta de entrada a un archipiélago infinito

Créditos: Loreto Santibáñez.

Castro funciona como un verdadero campamento base para explorar Chiloé. Desde aquí es posible visitar las iglesias patrimoniales de Dalcahue, Achao y Quinchao, recorrer el Parque Nacional Chiloé, navegar por los canales interiores o conocer aldeas rurales donde las tradiciones siguen vivas.

La cercanía con islas como Lemuy y localidades como Chonchi amplía aún más la experiencia. A ello se suma un calendario cultural marcado por celebraciones costumbristas, fiestas religiosas, encuentros de música y ferias artesanales, que convierten a Castro en un destino imperdible y reconfortante.

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