Opinión
El río Trüful Trüful: cuando el desarrollo no sabe escuchar
En la precordillera de La Araucanía, en la comuna de Melipeuco, el río Trüful Trüful atraviesa el territorio de comunidades mapuche que mantienen con él una relación ancestral. No se trata solo de un curso de agua: es un espacio vivo, habitado por fuerzas espirituales, memorias colectivas y equilibrios que sostienen la vida comunitaria. Para el pueblo mapuche —y particularmente para comunidades como Palihue Pillán— el río es expresión del itrofill mongen, la vida en su diversidad; es trayenko y espacio habitado por los ngen-ko; es lugar ceremonial, de memoria y de equilibrio territorial.
Sin embargo, hoy el Trüful Trüful enfrenta un conflicto que revela una tensión más profunda del modelo de desarrollo chileno. Por un lado, una central hidroeléctrica ha intervenido el río, canalizando su curso bajo la lógica de la generación energética. Por otro, el auge del turismo de aventura ha impulsado su uso como escenario para el kayak y otras actividades recreativas, promovidas bajo el rótulo de “turismo sustentable”.
Frente a ambos procesos, las comunidades mapuche han levantado una objeción que suele ser mal comprendida: no se oponen al desarrollo en abstracto, sino a una forma de desarrollo que no reconoce la relación espiritual, cultural y normativa que mantienen con el río.
En este contexto, gran parte del turismo denominado “sustentable” reproduce sin cuestionarlo la ontología moderna del territorio: el río como escenario, el visitante como usuario y la comunidad como prestadora de servicios. Desde la cosmovisión mapuche, en cambio, no es posible hablar de sostenibilidad si la actividad turística no reconoce la agencia espiritual y relacional del río ni la autoridad territorial de quienes mantienen con él una relación ancestral.
Aquí es donde la antropología pública cumple un rol fundamental. No se trata de divulgación ni de romanticismo ambiental, sino de una intervención crítica en el debate público sobre cómo se gobierna la vida y el territorio. El conflicto del Trüful Trüful no es simplemente ambiental; es ontológico. No enfrenta intereses distintos sobre un mismo objeto, sino dos formas incompatibles de entender qué es un río.
Según el antropólogo y magister en estas ciencias sociales, Claudio Melillan y miembro de la comunidad Palihue Pillán, “la antropología pública tiene aquí un rol clave: incomodar el relato dominante, poner en evidencia los puntos ciegos del desarrollo y recordar que el agua no es solo una variable ambiental. Es memoria, es relación, es vida. En territorios indigenas, intervenir el agua sin reconocer estas dimensiones no es solo un error técnico, es una forma de violencia estructural”.
Este carácter ontológico del conflicto resulta clave para comprender por qué ciertas actividades, aun cuando se presentan como sustentables, generan rechazo en las comunidades. No se trata de impactos mal mitigados, sino de una diferencia profunda en la forma de entender qué es un río: objeto de uso y gestión para unos, ser vivo, relacional y normativo para otros.
Para el Estado y el mercado, el río es un recurso: energético, paisajístico o recreativo. Para las comunidades mapuche, en cambio, el río es parte de una red viva de relaciones que articula lo humano, lo natural y lo espiritual. Cuando el río se canaliza o se convierte en pista turística, no solo se altera un ecosistema: se interrumpe una relación viva y se produce un daño cultural y espiritual que el Estado chileno no sabe medir.
Este es el gran punto ciego del Sistema de Evaluación de Impacto Ambiental (SEIA). El SEIA evalúa impactos ambientales medibles, opera bajo lógicas de mitigación, compensación y reparación, y reconoce instancias de participación indígena. Sin embargo, no cuenta con herramientas reales para evaluar el daño espiritual, la interrupción de relaciones con los ngen ni la pérdida de sentido territorial. Así, aunque incorpore consultas, sigue operando desde una matriz cultural que considera la cosmovisión indígena como un antecedente, no como un criterio vinculante de decisión.
Por ello, muchos proyectos se aprueban sin que el conflicto desaparezca. El SEIA no decide mal: decide desde un marco que no reconoce a los pueblos indígenas como autoridades territoriales, sino como actores consultados dentro de un proceso técnico previamente definido.
Algo similar ocurre con el turismo. En Chile, el concepto de “turismo sustentable” se ha vaciado de contenido crítico. En la práctica, basta con minimizar impactos visibles para que una actividad sea considerada aceptable. El kayak en ríos intervenidos puede cumplir con estándares ambientales básicos y aun así resultar profundamente insustentable desde una perspectiva cultural. No todo lo que no contamina regenera; no todo lo que parece verde es justo.
Frente a ello, resulta urgente avanzar hacia enfoques de turismo sostenible y regenerativo, especialmente en territorios indígenas. Un turismo verdaderamente sostenible reconoce límites culturales y espirituales, acepta que no todo es turisteable y se subordina a la gobernanza comunitaria. El turismo regenerativo va aún más lejos: no se conforma con no dañar, sino que busca restaurar relaciones, fortalecer la vida comunitaria y devolver equilibrio al territorio.
El turismo regenerativo abre aquí una posibilidad distinta, no solo técnica sino que también ontológica. No se trata únicamente de reducir daños o compensar impactos, sino de recomponer relaciones: entre comunidades y territorio, entre visitantes y ríos, entre desarrollo y vida. En territorios mapuche, un turismo verdaderamente regenerativo solo es posible si fortalece el itrofill mongen y respeta la presencia de los ngen, incluso cuando ello implique establecer límites claros o prohibiciones al acceso.
Desde la cosmovisión mapuche, una actividad es legítima solo si deja el territorio mejor de lo que estaba. Bajo ese criterio, muchas actividades hoy promovidas como sustentables, incluído el turismo de aventura sin control comunitario, quedan en entredicho.
¿Qué alternativas existen? Varias, si el Estado está dispuesto a escuchar: incorporar criterios culturales vinculantes en el SEIA; reconocer zonas de exclusión territorial indígena, como ríos y espacios ceremoniales no intervenibles; avanzar desde la consulta indígena hacia formas reales de co-gobierno territorial; y promover modelos de turismo de baja escala, educativo y comunitario, donde el visitante no “use” el río, sino que aprenda a escucharlo.
El conflicto en el río Trüful Trüful no es un caso aislado. Es un espejo del Chile actual, un país qué ha sofisticado sus instrumentos técnicos, pero que sigue sin resolver cómo convivir con pueblos que entienden el territorio como una red viva de relaciones. La antropología pública no viene a ofrecer soluciones mágicas, sino a recordar algo esencial, no hay sostenibilidad posible cuando el desarrollo avanza sobre ríos que, para otros, siguen estando vivos.
Pude apreciar la fuerza de las aguas del río Trüful Trüful, el respeto que sienten los miembros de las comunidades indigenas adyacentes como un río sagrado, el compromiso con la gestión en torno al territorio que deben administrar para fortalecer la relación de la asociación indigena con el río, de tal forma que este sea mucho más que un espacio para la psicultura y el kayakismo descontrolado.
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