Cien vueltas al 100
¡Buenas tardes, estimados y estimadas tripulantes de este Universo Paralelo!
Hoy celebramos un hito importante: nuestra entrega número 100. Hemos estado con ustedes durante 100 semanas, compartiendo distintas miradas sobre los desarrollos científicos y su relación con la sociedad, la contingencia y otras disciplinas.
Quiero agradecer a todos quienes han permitido que esto se mantenga vivo: al comité editorial; a los científicos que nos han enviado sus contribuciones; al equipo del diario El Mostrador; y al gentil auspicio de la Universidad Mayor.
Se cuenta que, en el funeral de la madre de Jorge Luis Borges, Leonor Acevedo, fallecida a los 99 años, alguien se acercó al escritor para darle el pésame diciéndole que era una pena que no hubiera podido llegar a los cien. Borges respondió: “Me parece que usted exagera los encantos del sistema decimal”.
Algo de razón tenía. El 100 no es, en sí mismo, un número particularmente notable. Su prestigio proviene de lo fácil que se escribe en nuestro sistema decimal, que representa los números utilizando diez símbolos: 0, 1, 2, …, 9. De allí que midamos dividiendo o multiplicando por 10 las unidades (metro, centímetro, milímetro).
- Que las potencias de 10 ocupen un lugar privilegiado en nuestra cultura –y en muchas otras antiguas– es, en el fondo, un accidente biológico: tenemos diez dedos en las manos. Si los osos hormigueros, con solo ocho dedos en las patas delanteras, hubiesen creado las matemáticas, probablemente habrían adoptado un sistema octal y contarían así (asumiendo, para simplificar, que usaran los mismos símbolos):
0, 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 10, 11, 12, 13, 14, 15, 16, 17, 20, …
En ese mundo, el número escrito “100” no representaría nuestro 100 = 10², sino nuestro 64 = 8². El metro se dividiría en 64 “sexicuadragesímetros” (aunque, con toda seguridad, ellos le habrían puesto un nombre más sensato). Y el cien, tal como lo entendemos nosotros, se escribiría “144”, nada muy especial.
- Algo similar ocurre con el sistema binario, que utiliza solo dos dígitos, 0 y 1, y que es el que emplean los computadores en sus cálculos. Allí, el cien se escribe “1100100”. No hay nada notable en esa secuencia.
Ahora bien, los babilonios, hace unos 4 mil años, usaban un sistema sexagesimal, basado en el 60. El 60 sí es un número excepcional, independientemente del sistema que usemos para escribirlo. Lo es por la cantidad de divisores que posee: puede dividirse en 1, 2, 3, 4, 5, 6, 10, 12, 15, 20, 30 y 60. El 100, en cambio, tiene nueve divisores: 1, 2, 4, 5, 10, 20, 25, 50 y 100, tres menos que el 60. No es un número torpe, pero tampoco especialmente generoso.
- Esa riqueza divisoria hace al 60 extraordinariamente práctico cuando necesitamos repartir. Pensemos en una pizza: al ser circular, su partición natural es angular. Un círculo dividido en 360 grados –múltiplo de 60– puede fraccionarse con facilidad en mitades, tercios, cuartos, quintos o sextos. No es casual que heredáramos de los babilonios tanto esa división del círculo como los 60 minutos que tiene una hora.
Pero, independientemente de si el 100 posee o no alguna virtud matemática particular, a la hora de celebrar no tiene nada de malo exagerar los encantos del sistema decimal. Así que, enhorabuena: gracias por seguir leyéndonos y por ser parte de este proyecto.
En esta, la última edición de vacaciones de verano, reflexionamos sobre hábitos y abrimos el foco hacia otros temas que conectan ciencia y vida cotidiana. Para ello, contamos con la participación de Fabiola Arévalo, doctora en Física; Sofía Vargas, doctora en Ciencias; Camilo Sánchez, geólogo y académico de la Escuela de Geología de la Universidad Mayor; Francisco Crespo, antropólogo social; Ignacio Retamal, doctor en Ciencias; y la periodista Francisca Munita.
Gracias por acompañarnos en esta edición de Universo Paralelo. Comenta y comparte este link. Y si este número te llegó gracias a alguien que valora la reflexión crítica y el diálogo entre ciencia y cultura, inscríbete aquí y sigamos pensando juntos cómo las ideas influyen en la forma en que vivimos.
EL HÁBITO DE MIRAR EL CIELO Y LOS MONSTRUOS QUE LO ACECHAN

Crédito: Foto de Snapwire.
Considera un espectáculo con un público enojado que, bajo la luz de los focos, le grita de todo a un artista. ¿Quién es el monstruo? Depende de quién mire. Para las personas que nos gusta mirar el cielo, el monstruo no es la gente: son las luces artificiales.
- Este verano del hemisferio sur nos regala algo interesante. Esta última semana de febrero, alrededor de las diez de la noche, hay un espectáculo que no necesita escenario. La Luna, puntual, nos ha estado dando una pequeña clase práctica sobre cómo encontrar objetos en el cielo. Si no tienes el hábito de mirar el cielo, la Luna puede convertirse en tu guía personal.
Hoy, 25 de febrero, la Luna estará en dirección al norte muy cerca del horizonte. Como entusiastas del sistema decimal, usaremos los 5 dedos para explorar el cielo. Si estiras tu palma derecha con los dedos muy abiertos cubriendo la Luna, estos te indicarán dónde están cinco objetos en el cielo que se ven a simple vista.
- Bajo el pulgar y cerca del horizonte deberías ver unos puntos azulados, es el cúmulo abierto conocido como las Pléyades, donde se ven unas 7 estrellas azuladas. Cerca del índice está la constelación de Tauro, reconocible por su forma de “V”, y su punto más brillante y anaranjado es Aldebarán. Tu dedo anular debería estar cerca de la constelación de Orión, el cazador cuyo cinturón se conoce como las tres Marías. Los otros dedos acompañan al planeta Júpiter y a la constelación de Gemini, los gemelos, dos figuras que parecen ir de la mano a través del cielo.
- Es un recorrido lejos de los focos, pedagógico, gratuito y repetible con una noche despejada y la Luna de profesora. El 26 de febrero, la Luna se moverá a la derecha más cerca de Júpiter y el 27 de este mes al lado de Gemini.
Observar el cielo no está desconectado de la vida cotidiana. Requiere lo mismo que cualquier hábito: constancia, atención y motivación. Tener el hábito de mirar el cielo ha traído cambios enormes a nuestra concepción del universo. Observando sistemáticamente Júpiter en enero es que Galileo Galilei comprobó que la Tierra no era el centro del universo, pues apuntó un telescopio –sencillo para estándares actuales– y encontró las lunas de Júpiter. Con unos buenos binoculares actuales y lejos de las luces, puedes ver lo que vio Galileo cientos de años atrás.
- Si estás leyendo este newsletter en otra fecha y quieres intentar el hábito de observar el cielo, puedes planificar su observación estelar con la página web Stellarium. Ahí puedes ingresar tu ubicación y la fecha que quieras, y ver cómo estarán o estaban las estrellas el día de tu salida o el día de tu cumpleaños o cuando se hundió el Titanic. Si quieres ver dónde, además, estar lejos de la contaminación lumínica, puedes usar este mapa. Ingresas tu ubicación y le indicas dónde ir en búsqueda de oscuridad.
Para observar las Pléyades, la constelación de Orión o Júpiter, no se necesita amplificación. Solo alguien dispuesto a mirar y oscuridad, cada vez más escasa.
DE HÁBITOS Y RUTINAS: BIENVENIDO MARZO

Crédito: Foto de Burst.
Después de las vacaciones, si realmente se logra descansar, se suele volver a la rutina con una energía vital distinta, parte de los efectos de la restauración sicológica otorgada por el tiempo al aire libre, la reconexión con seres queridos o el espacio personal. Espero que este sea tu caso. Una especie de reseteo.
No es raro que en este proceso surja la idea de adoptar un nuevo hábito, como tomar más agua, hacer más deporte o cuidar el espacio personal. Pero ¿cuán fácil es introducir un nuevo hábito? La motivación es un buen punto de partida, aunque la ciencia muestra que no es suficiente. Cambiar un hábito requiere mucho más que eso.
- Un estudio publicado en el European Journal of Social Psychology confirmó que formar un nuevo hábito toma, en promedio, 66 días, aunque el rango puede variar entre 18 y 254 días, según la persona y la conducta. Es decir, si comenzamos hoy, podríamos ver una verdadera integración de este nuevo hábito hacia fines de abril.
- Un hábito es, en términos científicos, un comportamiento automático que se activa ante señales del entorno. La investigadora Wendy Wood y su equipo demostraron hace ya más de 20 años que cerca del 43% de nuestras acciones diarias no son decisiones deliberadas, sino respuestas automáticas en contextos estables. En otras palabras, no decidimos tanto como creemos, sino que respondemos a nuestras rutinas.
¿Por qué es tan difícil cambiar un hábito o introducir uno nuevo? Parte de la respuesta radica en la neurobiología. Cuando repetimos una conducta en el mismo contexto, por ejemplo, tomar café al llegar a la oficina o, en mi caso, sacarme los zapatos antes de entrar a casa, el cerebro transfiere progresivamente el control desde áreas deliberativas hacia circuitos más automáticos, como los ganglios basales. Al final, ya no lo piensas, lo haces automáticamente cuando el cerebro lee el contexto.
- Esto explica por qué incluso las personas muy motivadas recaen en contextos de estrés. En mi caso, entré a trabajar el lunes y, a pesar de que llevaba tres semanas tomando solo una taza de café, al volver a la oficina, casi –como dice la ciencia– “sin pensarlo”, volví a las cuatro tazas diarias. Cuando aumenta la carga cognitiva, el cerebro tiende a economizar energía y recurre a patrones automáticos previos. Y esos patrones no siempre favorecen nuestro bienestar. Ahí viene el gran desafío de mantener los nuevos hábitos.
Por eso, algunos especialistas sugieren que modificar el contexto suele ser más efectivo que depender exclusivamente de la fuerza de voluntad. Aquí, la identidad también juega un rol central. James Clear, autor del best seller Hábitos atómicos (2018), asocia esto con los cambios de identidad. El autor dice que, para tener cambios profundos, hay trabajo que hacer en mirarnos y sentir/pensar en quiénes nos queremos convertir. Esta autoimagen es clave para salir de la automatización de respuestas rápidas y apuntar a cambios más profundos.
Para quienes vuelven a su rutina por estos días, la invitación es a observar y prestar atención a los hábitos que probablemente surjan solo por volver al contexto laboral o se gatillen por la presión que conlleva marzo. Pasar de un acto automatizado a uno decidido será el primer paso para cambiarlo.
NOTICIAS: LA SEMANA EN CIENCIA

Cráneo del Spinosaurus mirabilis, nueva especie descrita en febrero de 2026. Crédito: Keith Ladzinski / University of Chicago.
Estas son las principales noticias científicas de la semana. Cuatro hallazgos de distintas áreas, entre ellas la arqueología, la paleontología, la biomedicina y la astronomía, que aportan nuevas evidencias sobre nuestro pasado, la salud y el comportamiento del Sol.
- La huella más antigua del arte humano
En una cueva de Sulawesi (Indonesia), investigadores dataron una silueta de mano pintada al soplar pigmento sobre la roca en al menos 67.800 años. Es, hasta ahora, la pintura rupestre más antigua conocida y sitúa en el sudeste asiático una de las expresiones artísticas más tempranas de nuestra especie. No es solo un dibujo: revela pensamiento simbólico y la necesidad de dejar registro en un mundo sin escritura.
Dato curioso: la edad se estimó datando calcita (una costra mineral) que creció encima del pigmento, con método uranio-torio.
Publicado el 19 de febrero de 2026. Conoce MÁS.
- Un nuevo gigante del Sahara
En un remoto y árido yacimiento del desierto del Sahara, en Níger, científicos desenterraron fósiles de una nueva especie de Spinosaurus, uno de los dinosaurios carnívoros más grandes conocidos. Medía cerca de 12 metros y tenía un hocico tipo cocodrilo, dientes que encajan como trampa para peces y una cresta ósea alta en la cabeza. El hallazgo aporta nueva evidencia: este depredador parece haber cazado en ríos y aguas poco profundas, más que nadando en mar abierto, lo que reaviva el debate sobre cuán acuáticos eran los espinosaurios.
Dato curioso: es la segunda especie reconocida del género Spinosaurus; la primera fue descrita en 1915.
Publicado el 20 de febrero de 2026. Conoce MÁS.
- Bacterias que atacan tumores desde adentro
Un equipo en la University of Waterloo trabaja en una terapia experimental que usa bacterias diseñadas para colonizar tumores sólidos y “comérselos” desde el centro. La lógica es simple: muchas zonas internas del tumor tienen poco oxígeno, justo el ambiente donde estas bacterias se sienten en casa. La novedad es que fueron diseñadas para resistir el oxígeno en los bordes del tumor, lo que les permite expandirse desde el centro, donde crecen mejor, hacia zonas que normalmente las eliminarían.
Dato curioso: ciertas bacterias como Salmonella ya se han probado en ensayos experimentales para posibles terapias contra el cáncer.
Publicado el 24 de febrero de 2026. Conoce MÁS.
- Un anillo de fuego sobre la Antártica
El 17 de febrero ocurrió un eclipse solar anular: la Luna pasó frente al Sol, pero al estar un poco más lejos no lo cubrió por completo y dejó visible un aro brillante. El fenómeno pudo observarse solo desde regiones muy aisladas del extremo sur del planeta y áreas oceánicas cercanas. Aun así, estos eventos permiten estudiar con precisión la radiación solar y sus efectos en la atmósfera, además de obtener datos útiles sobre cómo varía la luz solar durante el fenómeno.
Dato curioso: en el punto máximo, la anularidad duró alrededor de 2 minutos y 20 segundos.
Publicado el 17 de febrero de 2026. Conoce MÁS.
ÓRBITAS PARALELAS
El Sol tuvo un día sin manchas
El 22 de febrero de 2026 el Sol registró un día completamente sin manchas y puso fin a una racha de más de mil 300 días consecutivos con actividad visible. Las manchas son zonas asociadas a intensa actividad magnética y forman parte del ciclo solar de 11 años. No significa que el Sol se esté apagando, pero sí marca una pausa llamativa en un período especialmente activo.
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La biodiversidad cambia cada vez más lentamente
Un estudio en Nature Communications mostró que el recambio de especies en ecosistemas ha disminuido cerca de un tercio desde los años 70. Este recambio mide qué tan rápido unas especies reemplazan a otras en un mismo lugar. Una desaceleración podría indicar menor capacidad de adaptación frente a cambios ambientales.
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LA IMAGEN DE LA SEMANA

Crédito: Mur et al., 2026, Advanced Materials.
MICROELEFANTE EN EL INTERIOR DE UNA CÉLULA
En los años 80 comenzó una revolución tecnológica que permitió materializar en tres dimensiones objetos creados digitalmente: la impresión 3D. Lo que en un inicio fue una innovación de nicho, se ha transformado en una tecnología transversal, presente en múltiples disciplinas e, incluso, a nivel domiciliario.
- Su impacto ha sido tal que hoy se considera una pieza clave de la manufactura moderna. Para la investigadora Maggie Clifton, de la University of Technology Sydney, las impresoras tridimensionales destacan por su simplicidad operativa y su capacidad “todo en uno” para fabricar objetos complejos a partir de instrucciones digitales. Desde la industria aeroespacial y automotriz hasta el diseño, la arquitectura, la geología, la educación, la tecnología médica e incluso la gastronomía, la impresión 3D ha expandido sus aplicaciones a una velocidad notable.
Diversos estudios proyectan que esta tecnología será una de las más influyentes de las próximas décadas. En áreas como la construcción y la ingeniería civil, por ejemplo, se estima que la impresión de estructuras in situ y de componentes especializados moverá cientos de miles de millones de euros en los próximos diez años (Sangiorgio et al., 2025). La posibilidad de fabricar piezas según la demanda, con optimización de materiales y en tiempos reducidos, redefine los modelos tradicionales de producción.
- Las técnicas más comunes incluyen extrusión, granulado, laminado y procesos fotoquímicos. Estas permiten crear piezas que van desde escalas métricas hasta dimensiones micrométricas. Y es precisamente en esta última escala donde se sitúa la Imagen de la Semana en Universo Paralelo: un elefante con un tamaño de apenas 10 micrómetros.
- Para dimensionarlo, equivale a ser aproximadamente siete veces más pequeño que el grosor promedio de un cabello humano y casi diez veces más pequeño que un grano de arena.
Sin embargo, el tamaño no es lo más sorprendente de esta figura. Lo verdaderamente disruptivo es su ubicación: el interior de una célula viva. Este microelefante forma parte de un desarrollo liderado por la investigadora Maruša Mur, del Jožef Stefan Institute en Eslovenia.
- El equipo utilizó una técnica denominada polimerización de dos fotones. Esta consiste en introducir dentro de la célula un material biocompatible y fotosensible que, al ser estimulado con un láser de alta precisión, se polimeriza, adoptando formas tridimensionales específicas. En otras palabras, estructuras diseñadas digitalmente pueden construirse directamente a escala subcelular. El material no utilizado se disuelve posteriormente en el citoplasma, minimizando el impacto en la célula.
Según la publicación del equipo en 2025, esta técnica abre la puerta a aplicaciones en manipulación biomecánica intracelular, bioelectrónica y liberación dirigida de fármacos. Se trata, en definitiva, de un avance hacia una ingeniería que ya no solo interviene objetos externos, sino que opera dentro de la arquitectura celular.
- La pregunta que surge es inevitable: ¿cómo se está promoviendo el desarrollo de la impresión 3D en nuestro país, tanto en el ámbito industrial como en el educativo? Si esta tecnología puede imprimir estructuras sismorresistentes, componentes biomédicos o prototipos que impulsen un desarrollo sostenible, su incorporación estratégica en políticas públicas y formación técnica resulta clave.
La impresión 3D comenzó como una forma de fabricar objetos. Hoy, es una herramienta capaz de modelar infraestructuras, transformar industrias e, incluso, intervenir el interior de una célula y se proyecta como una herramienta capaz de modelar nuestro entorno.
BREVES PARALELAS

Estatua de Dionisio. Crédito: Mark Amores. Licencia: Creative Commons.
LA DULZURA DE NO HACER NADA
La película y libro Comer, rezar y amar hizo popular la expresión italiana “dolce far niente”: dulce hacer nada o la dulzura de no hacer nada.
- El origen exacto de la expresión es incierto y su uso no parece ser cotidiano, pero las ideas detrás de la misma sí pueden ser rastreadas hasta el concepto romano del otium, como lo opuesto del negotium: la idea del ocio como tiempo de contemplación y no “desperdicio” de tiempo, una actividad fundamental en la moral romana.
Fue Lord Byron, en su colección de poemas románticos Childe Harold’s Pilgrimage, quien popularizó entre los angloparlantes esta visión idealizada de Italia como una nación de ocio, arte y goce. Todo en dosis adecuadas, pero incluso en el siglo XXI el ocio sigue siendo un tema controvertido.
DE LA ÉTICA PROTESTANTE A LA “HUSTLE CULTURE”
Max Weber planteó que el capitalismo nace en Occidente debido a la influencia de la ética protestante. ¿Pero cuánto hay de cierto en este postulado filosófico?
En 1997, Peter Mudrack planteó que la “ética protestante del trabajo” es multidimensional, con cuatro áreas:
-Valor moral del trabajo duro
-Frugalidad
-Juicios morales a quienes no trabajan duro
-Rechazo al ocio como valor positivo
En 2008, Simone Modrack plantea que sigue existiendo un debate psicométrico sobre si el concepto debe mantener dimensiones religiosas. Un trabajo de 2021 analiza la relación entre las ideas originales de Weber y el desarrollo económico con datos de 87 países, concluyendo que es un valor secular: la ética del trabajo aumenta en contextos de crecimiento y disminuye en sociedades altamente desarrolladas, no por la cantidad de protestantes en un país.
¿Te consideras protestante para tus cosas? ¿Yo personalmente? Prefiero el Panteón romano.
RECOMENDACIÓN: LOS 100

Crédito: Imagen generada por IA.
Cien días. Cien canciones. Cien películas. Cien libros. Nos gustan los números redondos porque el caos no nos gusta nada.
- Hay algo casi obsceno en la precisión de una lista de 100. No 98, no 112. Cien. Esa cifra que, en política, marca el fin del idilio y, en la cultura, el inicio del canon. Harold Bloom dedicó su vida entera a defender que el canon no es una lista de privilegiados: es una forma de pensar. “Sin el canon dejamos de pensar”, escribió, y tenía razón, aunque a muchos les molestara. Lo que Bloom entendió mejor que nadie es que todo canon necesita un centro. El suyo era Shakespeare. El de cada lista de 100 también tiene uno, aunque no siempre sepamos nombrarlo.
Una lista que no incomoda a nadie es la de decoración de aeropuerto. Las mejores sirven como sirve un mapa: no para decirte dónde estar, sino para que entiendas dónde estás.
En música, Rolling Stone ofrece el estándar discutible por su diseño; Pitchfork, con las 100 mejores canciones del 2025, hace lo mismo, pero con los ojos más cerrados y la cartera más lejos. En el cine, el BFI Sight & Sound es el único canon que se toma a sí mismo en serio –Kurosawa, Akerman, Hitchcock, nadie que llegara por buenas intenciones–. En la literatura, la Modern Library va de Joyce a Nabokov; Bloom habría discutido la mitad, lo cual la hace buena. Nadie entra al canon, decía, sino “por fuerza estética: dominio del lenguaje metafórico, originalidad, poder cognitivo”. No por representatividad. Por eso. Nada más que eso.
- La lista que más me gusta, igual, es la de las fotografías. Time y sus 100 imágenes más influyentes de la historia. Los editores lo dijeron sin adornos: “Algunas están aquí porque fueron las primeras de su tipo, otras porque cambiaron la manera en que pensamos. Lo que todas comparten es que son puntos de inflexión en la experiencia humana”. Eso es el canon. No una lista de lo bonito. Una lista de lo que dobló el tiempo.
Hacer una lista de 100 es poner límites a lo inconmensurable. Saber dónde está el centro. Cien cosas que importan. Lo demás, ruido.
Y esto es todo en esta edición de Universo Paralelo. Ya sabes, si tienes comentarios, recomendaciones, fotos, temas que aportar, puedes escribirme a universoparalelo@elmostrador.cl. Gracias por ser parte de este Universo Paralelo.
- Mis agradecimientos al equipo editorial que me apoya en este proyecto: Fabiola Arévalo, Francisco Crespo, Francisca Munita, Ignacio Retamal, Camilo Sánchez y Sofía Vargas, y a todo el equipo de El Mostrador.
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