Opinión
Créditos: El Mostrador.
La diversidad y el elefante
Un cuento tradicional indio, relata cómo un grupo de personas ciegas que provenían de diferentes pueblos intentan comprender la parte que tocan de un elefante. El que tocó la cola piensa que es una liana, el que percibe la trompa cree que es una serpiente y el que toca una pata piensa que es el tronco de un árbol. Aun cuando todos dicen la verdad sobre lo que perciben, cada cual solo captura una parte del elefante. Este relato es un claro ejemplo de la importancia y el valor que entrega la diversidad.
Como seres humanos, nuestro cerebro es incapaz de procesar toda la información existente en el entorno y, como tal, el mecanismo de percepción y atención es selectivo. Está fuertemente influenciado por nuestros modelos del mundo que nos rodea. Es decir, por lo que sabemos, lo que hemos vivido, por lo que hemos hecho, e incluso por características como nuestra personalidad. Como tal, cada uno de nosotros es como una de estas personas ciegas: percibimos solamente parte de nuestro rico y complejo entorno. Esto implica que, para lograr una mejor comprensión de nuestro entorno, de problemas o situaciones, se hace necesario complementar nuestra perspectiva con otras distintas a las nuestras.
Sin embargo, la diversidad es un arma de doble filo. Tiene un potencial de valor muy grande, ya que mientras más diversidad en las perspectivas, más recursos existen para analizar una situación. Pero al mismo tiempo, la misma diversidad puede dificultar que se aprovechen esos diferentes puntos de vista, ya que mientras más diferentes nos sentimos de otras personas, menos abiertos estamos a escuchar, considerar y valorar sus perspectivas. ¿Cómo enfrentar este dilema?
Para abordar los desafíos que plantea la gestión de la diversidad, es útil diferenciar entre la diversidad superficial y la profunda. La diversidad superficial se refiere a diferencias observables, aquellas que primero se perciben de otros, como, por ejemplo, género, edad, idioma o como ocurre en el cuento del elefante, distintos pueblos de origen. Nuestro cerebro usa esa información automáticamente para categorizar y luego interpretar la conducta de la persona, para así definir cómo vamos a responder a ella. Por ejemplo, si clasificamos a una persona en la categoría de niño, no nos parecería extraño que haga una pataleta en un supermercado; sin embargo, sí nos descolocarían conductas ‘adultas’ en él.
La diversidad superficial se convierte en un problema cuando la información que asociamos a una categoría está sesgada, cuando se hacen generalizaciones que no necesariamente son ciertas (como ocurre con estereotipos). La diversidad superficial tiene un rol crítico en etapas iniciales de relaciones, en las cuales dichas diferencias resultan en una predisposición de apertura o de rechazo hacia esa perspectiva diferente.
Sin embargo, a todos nos ha pasado que luego de conocer a alguien, cambia la impresión que tuvimos a primera vista. Es a través de experiencias de interacciones con una persona, que características de la diversidad superficial pueden pasar a segundo plano para ver y valorar lo que la diversidad profunda ofrece (diferencias de actitudes, creencias, valores, conocimientos, experiencias, personalidades, entre otras) y a abrirnos a la complementariedad. Este tipo de diversidad se hace patente a medida que las personas interactúan, y el cerebro reúne información suficiente para reclasificar.
En el cuento del elefante vemos gráficamente ambas diversidades. Si es que las personas no videntes logran colaborar, la comprensión de lo que tocan se acercará considerablemente a la realidad. Por el contrario, si la diferencia de su pueblo de origen impide que se abran a complementar lo que cada uno percibe, van a perder la capacidad de comprender lo que es un elefante y cada persona va a responder acorde a cómo actuaría enfrentándose a una liana, otro a una serpiente y otro a un tronco.
La historia del elefante nos recuerda que todos tenemos una parte de la verdad. La diferencia está en cómo usamos esas piezas: podemos aislarnos y chocar contra la pared de nuestras propias certezas, o podemos compartirlas y armar un mapa más completo de la realidad.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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