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Los jóvenes sí leen: el problema es que la escuela no lee a los alumnos Opinión Créditos: El Mostrador.

Los jóvenes sí leen: el problema es que la escuela no lee a los alumnos

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Juan Pablo Catalán
Por : Juan Pablo Catalán académico de Educación UNAB
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Cada cierto tiempo reaparece en el debate público una frase que parece incuestionable: los jóvenes ya no leen. Se repite en reuniones de apoderados, seminarios educativos y conversaciones familiares con una mezcla de nostalgia y preocupación. Pero quizá el problema no sea la ausencia de lectura, sino nuestra dificultad adulta para reconocer dónde y cómo ocurre hoy.

El estudio “Prácticas y percepciones de lectura en adolescentes y jóvenes” de la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI, 2025) ofrece una evidencia incómoda para quienes sostienen ese diagnóstico. Los jóvenes sí leen. Lo hacen todos los días, aunque muchas veces no en el formato que la escuela considera legítimo.

La lectura juvenil ya no habita únicamente en el libro físico. Hoy circula entre pantallas, redes sociales, narrativas breves, foros digitales y múltiples formas de escritura que dialogan con la cultura contemporánea. La lectura no ha desaparecido; simplemente se ha desplazado hacia nuevos territorios.

En Chile, sin embargo, persiste una paradoja pedagógica inquietante: para muchos adolescentes leer sigue siendo sinónimo de obligación escolar. La lectura aparece asociada al control, al listado de libros obligatorios o a la evaluación final. Fuera de ese marco, pareciera perder legitimidad cultural, aunque miles de jóvenes pasen cada día interactuando con textos en sus teléfonos.

El informe de la OEI muestra que el principal obstáculo para leer no es la falta de interés. Son factores mucho más concretos: el tiempo escaso, el cansancio y la dificultad para concentrarse en una sociedad saturada de estímulos digitales. A ello se suman condiciones materiales que rara vez entran en el debate educativo: acceso desigual a libros, falta de espacios tranquilos para leer y escasa mediación adulta.

La evidencia internacional coincide con este diagnóstico. La OCDE ha señalado que los sistemas educativos con mejores resultados lectores no son los que imponen más controles, sino los que logran construir comunidades lectoras donde escuela, bibliotecas y familias comparten la responsabilidad de formar lectores (OECD, 2021). UNESCO advierte, además, que la alfabetización contemporánea debe integrar múltiples formas de lectura —impresa, digital e informacional— si se quiere preparar a las nuevas generaciones para pensar críticamente en sociedades complejas (UNESCO, 2023).

El problema, entonces, no es que los jóvenes no lean. El problema es que la escuela sigue entendiendo la lectura como si el mundo no hubiera cambiado.

Mientras los adolescentes habitan un paisaje textual dinámico y profundamente digital, el sistema educativo continúa defendiendo una idea casi sagrada del libro como único territorio legítimo de la lectura. No se trata de abandonar el libro —sería un error pedagógico—, sino de comprender que la experiencia lectora contemporánea es más amplia y diversa. Tal vez el desafío educativo más urgente sea dejar de preguntarnos por qué los jóvenes no leen y comenzar a preguntarnos por qué la escuela aún no aprende a leer a los jóvenes. Porque si la educación ignora los nuevos paisajes de la lectura, no solo perderá lectores. Estará perdiendo la oportunidad de formar ciudadanos capaces de comprender, cuestionar y transformar el mundo que habitan.

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