Yo opino
Créditos: El Mostrador.
Cuando la #fé se volvió trending
Vivimos un tiempo marcado por una paradoja incómoda; mientras la política progresista se vuelve cada vez más materialista, obsesionada con cifras, crecimiento y consumo, la ultra-derecha se apropia de una ética de lo trascendente. Lo espiritual es tendencia, es trending, y el progresismo no parece dispuesto a nombrarlo.
En las últimas semanas hemos visto como la ultraderecha ha ganado territorio, atendiendo, al menos discursivamente, las necesidades de las almas ciudadanas acongojadas. Sus mensajes, aunque profundamente conservadores, recuperan una narrativa poderosa: el servicio público como centro del bien común. Lo hacen desde una matriz cristiana antigua, donde el enriquecimiento, permitido e incluso bendecido, debe compensarse con acción social, caridad y ayuda a quienes, según un mandato divino, nacieron pobres. Es una lógica profundamente problemática, pero eficaz. Ofrece sentido, orden y una promesa de salvación que la política progresista ha abandonado.
En esta crisis social irrumpen fenómenos digitales como es la aparición de Rosalía con una aureola de Cristo marcada sobre su propia cabeza, en una cruzada que la lleva a lanzar su último disco de la mano de un sacerdote de la iglesia católica, bajo el Cristo Redentor de Brasil. La cantante vuelve a hacer de la espiritualidad algo público y visible. Al mismo tiempo, la ex Motomami se desmarca del feminismo, una tendencia que se ha venido gestando a partir del tratamiento mediático y del devenir del movimiento en la esfera pública. Y es que, luego de películas como La Ola, la interpretación social de lo que supone es ser feminista llevó a muchas mujeres a distanciarse de una declaración pública que, hasta hace poco, había sido tendencia.
Rosalía no es la primera bruja que ante la amenaza de morir quemada se transforma en monja. El patriarcado hizo que las mismas santas en las que se inspira su disco se encerraran, incluso con cinturón de castidad, en una entrega extasiada para acceder a un amor divino. El convento, ya en el siglo XIX y a comienzos del XX, fue un espacio de refugio para muchas mujeres que no aceptaban para su vida el rol de esposa o de madre, y que vieron en la espiritualidad, y en la hermandad entre mujeres, una forma de protección.
Si bien el giro religioso de la artista, en el contexto político que atravesamos, resulta polémico y ha recibido críticas desde el feminismo, la fe que propone Rosalía también expresa una ruptura con el amor narcisista y celebra la compañía de las amigas, el disfrute compartido; el placer y el goce encarnados en escenas de fiesta y afecto.
Se trata de una disputa popular por la fe en tiempos conservadores. Su religiosidad, inspirada en ideas feministas, emerge en la esfera pública como una expresión pagana. La hermandad es lo que no se abandona: el amor y el cuidado en el centro, la fiesta, la alegría, la emoción y el agradecimiento. Formas de resistencia que protegen cuando las olas se retraen; expresiones íntimas de que la solidaridad sigue ahí. Incluso en tiempos oscuros; nos tenemos a nosotras.
La feminista y activista por los derechos del pueblo negro, Bell Hooks, advirtió hace más de dos décadas que la disputa central de nuestro tiempo no es meramente económica o identitaria, sino espiritual. El amor, entendido como práctica política y espiritual, fue expulsado del debate público. Para Hooks, sin espiritualidad no hay proyecto emancipador que resista.
Desde esta perspectiva, y a partir de la revisión de la cultura pop, así como retomando los asuntos de la política latinoamericana, resulta relevante observar a líderes como Lula o Claudia Sheinbaum recuperar palabras amorosas, gestos de cuidado y una retórica que pone en el centro del debate público la lealtad con el pueblo. Este tipo de discursos, amplificados por lo digital, permiten dejar atrás las estrategias del Hombre Nuevo, ese lider progresista que defendiendo su autoridad, ha impedido constituir un nuevo orden de las cosas, insistiendo en su soberbia patriarcal y en una superioridad moral que destruye la acción colectiva.
Así las cosas, en el contexto actual el asunto político no es si creemos o no en Dios. La pregunta es qué hacemos con el vacío que deja su ausencia: si seguimos aferrados a narrativas de moralismo, superioridad y desprecio, o si nos atreveremos a disputar la espiritualidad como un lugar emancipador. ¿Será posible articular un devenir político que reinstale a la izquierda progresista sobre la base del amor al prójimo, o se trata de una idea incómodamente cristiana para este sector?
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