Yo opino
Créditos: El Mostrador.
El amor es sexy
Lo diré de nuevo, pero mejor: el amor sí es sexy, aunque el mundo entero insista en disfrazarlo de trámite sentimental con packaging bonito. No hablo del amor prêt-à- porter que venden las plataformas, con flechitas minimalistas y promesas de orgasmos espirituales en cápsulas motivacionales. Hablo del amor que inquieta, erosiona, calibra, desnuda. Ese amor que, como dice el psicoanálisis —de Freud a Lacan—, te confronta con tu propio deseo y con lo que preferirías no saber de ti. Ese, precisamente ese, es el que resulta irresistible.
La cultura contemporánea ha convertido los vínculos en objetos de consumo express. Personas disponibles como si fueran playlists; relaciones que se cambian como filtros de Instagram; afectos que se confunden con notificaciones. La economía del deseo se volvió una app: desliza, elige, desecha. “No me gustó cómo escribe”, “no me gusta cómo habla”, “no me gusta cómo respira”. Todo se vuelve descartable porque la fantasía de abundancia infinita nos empuja a creer que siempre hay alguien “mejor” a un dedo de distancia.
El problema, como advierte la sociología crítica —Eva Illouz especialmente—, es que esa supuesta abundancia es una ilusión óptica: hay muchas opciones, sí, pero poca sustancia. Mucha conexión, poco vínculo. Mucho ruido, poca intimidad.
El capitalismo quiere que confundamos intensidad con amor, disponibilidad con afecto, y consumo con compañía. En esa ecuación, el amor profundo —el que se cultiva como un oficio artesanal— resulta incómodo. Exige tiempo, atención, pausa. Y el sistema no soporta la pausa. La pausa no produce.
Lo dijo bell hooks en una frase que siempre me acecha: “El amor es un acto de voluntad”. Y claro que lo es, pero eso hoy suena casi obsceno. ¿Voluntad? ¿Trabajo? ¿Constancia? ¿Negociación? ¿Mirarse? ¿Cuidar? Qué poco sexy, ¿no? Pues no. Eso sí es lo sexy.
El psicoanálisis insiste en una idea que molesta: amar te confronta con tu falta. No con tu carencia barata de autoayuda, sino con esa grieta existencial que te recuerda que no eres autosuficiente, que necesitas al otro para hacerte un poquito más humano. Lacan diría que el amor es dar lo que no se tiene a quien no es —ni será— completo. Una entrega imperfecta entre imperfectos. Esa vulnerabilidad, si se la mira de frente, puede resultar erótica de un modo casi brutal. No el erotismo de la inmediatez, sino el que nace de saber que alguien conoce tus bordes menos presentables y, aun así, se queda.
En una escena de Her, cuando Samantha —la inteligencia artificial— empieza a expandirse emocionalmente y Theodore se queda pequeño, vemos el drama de nuestra época: queremos conexiones sin fricción, sin peso, sin pérdida. Queremos amar sin que el otro nos afecte demasiado. Queremos compañía sin riesgo. Pero el amor no funciona así. Nunca ha funcionado así. Pretender un vínculo sin alteración es como querer nadar sin mojarse.
Como diría Alain Badiou, el amor es el punto de partida para mirar el mundo desde la perspectiva del “dos”, no del “uno”. Y eso implica riesgo. Implica trastorno. Implica aceptar que la existencia deja de ser un monólogo.
Por eso, cuando decimos que el amor está en crisis, tal vez lo que está en crisis es nuestra disposición a dejarnos afectar. A comprometernos. A elegir sin garantías. Y claro: eso el capitalismo lo detesta. No porque tenga algo contra Cupido, sino porque un sujeto vinculado, un sujeto que ama bien, es un sujeto menos manipulable. Menos consumista. Menos vulnerable al vacío que genera la lógica del rendimiento.
Ahora bien, aquí un matiz necesario: defender el amor profundo no implica demonizar las relaciones pasajeras ni el goce efímero. Sería absurdo reducir la experiencia sexual y afectiva a una moral binaria. El placer fugaz, el encuentro casual, la chispa que dura una noche —o una tarde— también tienen su belleza y su verdad. Pueden ser intensos, honestos, necesarios. Lo efímero no es el enemigo; el problema es cuando esa fugacidad se vuelve la única forma posible de vínculo, cuando el mercado nos convence de que cualquier profundidad es un error estratégico.
El erotismo, decía Georges Bataille, vive tanto en el instante como en la duración. El deseo no entiende de formatos normativos. El tema no es cómo amamos, sino si amamos —y si ese amar está o no mediado por la lógica del descarte.
Las amistades también entran en este carrusel de vínculos de temporada. Amigas que están mientras es cómodo, afectos que duran un ciclo lunar, relaciones que se diluyen no por conflicto, sino por desuso. Como si la vida fuera una renovación automática de suscripciones emocionales. Pero el cariño no se actualiza por algoritmo; se cocina con tiempo. Y el tiempo, ya sabemos, es el recurso más privatizado del siglo XXI.
Hooks decía que el amor es un acto político que requiere práctica, paciencia y humildad. Nada más lejos de la cultura neoliberal, que quiere resultados sin proceso, intensidad sin intimidad, compañía sin compromiso.
Pero volvamos al tema central: lo sexy.
Existe un mito bastante extendido, reforzado por la cultura pop, de que el amor profundo apaga el deseo. Que la pasión necesita drama, inestabilidad, incertidumbre. Qué mala lectura. En Before Midnight, por ejemplo, Jesse y Céline discuten con toda la furia de dos personas que se han elegido durante años. Y sin embargo, la densidad de esa conversación, la intimidad expuesta, la historia encarnada en cada frase, es profundamente erótica. Allí el deseo no desaparece: se complejiza.
El amor que se piensa, que se elige, que se trabaja, tiene una sensualidad que el enamoramiento exprés jamás podrá imitar. No es la libido instantánea, sino la libido que se afina con el tiempo. La que sabe que el cuerpo del otro no es un objeto sino un territorio compartido. La que entiende que el compromiso no ahoga el deseo, sino que lo vuelve tridimensional.
Es fácil excitarse con la novedad. Es mucho más difícil —y muchísimo más sexy— excitarse con la familiaridad.
Y ojo: tampoco idealizo. No digo que el amor profundo sea puro, ni limpio, ni estable. Digo que es real. Que su complejidad es parte de su atractivo. Que un vínculo que se sostiene a pesar del ruido del mundo —y no por la ausencia de ruido— tiene una belleza casi insurreccional.
Hay otra escena que siempre uso como brújula: en Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, cuando Clementine dice: “Soy una chica complicada”. Joel responde, casi temblando: “No importa”. Esa frase, tan sencilla y tan contraintuitiva para nuestra lógica de eficiencia afectiva, resume lo que quiero decir: el amor no es la ausencia de complejidad; es la decisión de quedarse a pesar de ella.
Michel Foucault dijo que el poder se mete incluso en la forma en que sentimos, y quizás por eso cuesta tanto amar hoy: porque nos han enseñado a sospechar de cualquier vínculo que requiera dedicación. Nos entrenaron para creer que la vulnerabilidad es una amenaza y no una forma de verdad.
Por eso creo que amar es un acto político. Lo repito sin ironía. No porque el amor sea una militancia, sino porque cuidar a otro —realmente cuidarlo— se opone frontalmente a la lógica del descarte. Alain Badiou lo diría así: el amor es un acontecimiento que rompe la lógica del mercado. bell hooks diría: el amor es una práctica de libertad. Y Freud incluso diría: el amor es la fuerza civilizatoria que nos amarra a la vida.
Y ahora, lo que me interesa: tenemos que recuperar la idea de que amar puede ser un gesto incendiario. Amar bien. Amar profundo. Amar lento. Amar como quien construye una casa y no como quien arma un mueble de Ikea. Amar sin prisa, sin cálculo, sin la obsesión de optimizarlo todo.
Lo realmente revolucionario es apostar por un vínculo que no se rinde al mercado. Por una amistad que no se abandona por pereza. Por una pareja que no se cambia al primer síntoma de dificultad. Por un cuerpo que no se desecha cuando envejece. Por un afecto que no depende del algoritmo. Por un “estoy aquí” que no necesita WiFi.
El amor sí es sexy. Pero no el amor evasivo. No el amor que desaparece sin explicación. El amor sexy es el otro: el que da vértigo, el que exige voluntad, el que pide presencia. El que incomoda. El que expone. El que transforma. El que te obliga a aprender un alfabeto nuevo y a desaprender dos viejos. El que te humaniza.
Y en tiempos en que lo humano parece estar en crisis permanente, amar así —con esa lentitud feroz, con esa intimidad insurrecta— puede ser la revolución más urgente que nos queda.
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