Yo opino
Manual de uso para una ministra con fe (y un ministerio laico)
En Chile ya vimos ministros técnicos, ministros políticos y ministros decorativos. Pero el gabinete del presidente electo José Antonio Kast inauguró otra categoría: la ministra que llega con Biblia, biografía militante y una cartera que no cree en absolutos.
La designación de Judith Marín como futura ministra de la Mujer no generó ruido por su edad, ni por su paso por la política local, ni siquiera por su filiación partidaria. Generó ruido porque ese ministerio no es un cargo cualquiera: es una institución nacida del conflicto, no del consenso.
El Ministerio de la Mujer no se creó para representar creencias. Se creó para administrar tensiones. Para sostener derechos incluso cuando incomodan. Para avanzar cuando hay resistencia. Para cuidar garantías que nunca llegaron solas ni fueron concedidas con gusto.
Por eso el problema no es que la futura ministra sea evangélica. El problema es que su historia pública —documentada, visible, registrada— ha estado marcada por la oposición activa a esos mismos derechos que hoy deberá proteger por mandato institucional.
Y aquí aparece la confusión que domina el debate: se nos dice que criticar el nombramiento es intolerancia religiosa. Que hay cancelación. Que nadie pregunta si un ministro es católico o judío. Pero nadie cuestiona creencias privadas. Lo que se cuestiona es la coherencia pública.
Porque no es lo mismo creer en Dios que creer que tu moral debe orientar políticas públicas universales. No es lo mismo rezar en silencio que gritar consignas contra una ley desde la tribuna del Senado. No es lo mismo tener convicciones que haber hecho activismo contra el marco legal que hoy el Estado está obligado a garantizar.
La discusión, entonces, no es espiritual. Es funcional. Una ministra de la Mujer no está llamada a “no meterse en temas valóricos”. Está llamada a hacerse cargo de ellos, aunque no le gusten, aunque no los comparta, aunque jamás los hubiera promovido.
Y aquí el gobierno electo camina sobre una cuerda floja. Porque decir que no habrá retrocesos mientras se nombran figuras que han cuestionado explícitamente avances logrados es, al menos, una apuesta arriesgada. Una de esas que se defienden con declaraciones… hasta que llegan las decisiones.
Lo interesante —y quizás lo más honesto— es reconocer que este nombramiento no es un error, sino una señal. El mundo evangélico dejó de pedir permiso. Se organizó, se politizó y hoy exige representación. Negarlo sería ingenuo. Demonizarlo, cómodo.
La pregunta real no es si Judith Marín puede ser ministra. Puede. Lo será. La pregunta es otra, y es la que realmente incomoda:¿Puede una ministra cuya trayectoria ha tensionado los derechos de las mujeres administrar ese ministerio sin convertirlo en un campo de disputa ideológica permanente?
Porque el Estado no tiene fe. Tiene leyes. No tiene dogmas. Tiene obligaciones. Y gobernar —aunque a veces se olvide— no es testimoniar convicciones personales, sino responder por un país diverso, desigual y plural, incluso cuando ese país no cree en lo mismo que tú.
La respuesta no está en la Biblia, está en la Constitución.
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