Yo opino
Créditos: El Mostrador.
La intimidad procrastinada
Hay una escena que se repite con obstinación: dos personas se escriben durante semanas, a veces meses. Se confiesan con una franqueza que sorprende, se cuentan infancias, miedos, fracasos amorosos. Se envían audios largos, fotos de lo que están comiendo, capturas de canciones que “dicen lo que siento”. Pero el encuentro no ocurre. Siempre hay algo que lo posterga: trabajo, cansancio, ansiedad, el clima, Mercurio retrógrado. El encuentro queda para después. Para un después que no llega.
No es solo una anécdota sentimental; es un síntoma. Vivimos en un tiempo que procrastina el encuentro, que lo desplaza, lo dilata, lo sustituye por simulacros de presencia. Y la pregunta se impone con una mezcla de melancolía y urgencia: ¿es posible la intimidad en un mundo que posterga sistemáticamente el estar-con-otro?
Desde el psicoanálisis sabemos que la intimidad no es un simple intercambio de información personal. No es contar secretos ni exhibir vulnerabilidades en serie. La intimidad es un acontecimiento. Algo que sucede —o no— en un espacio de encuentro donde el cuerpo, la palabra y el silencio se arriesgan. Lacan decía que no hay relación sexual, no porque no haya vínculos, sino porque el encuentro con el otro nunca está garantizado, nunca es total, nunca es transparente. La intimidad, justamente, nace de esa falta: del intento siempre fallido pero insistente de tocar al otro sin apropiárselo.
Sin embargo, hoy la falta parece haber sido colonizada por lo explícito. Todo se dice, todo se muestra, todo se adelanta. Como si al nombrarlo todo se pudiera evitar la angustia del encuentro real. Byung-Chul Han ha insistido en que vivimos en la sociedad de la transparencia, donde lo oculto se vuelve sospechoso y la opacidad, intolerable. Pero la intimidad necesita sombra. Necesita tiempo, demora, incluso malentendido. Cuando todo se vuelve explícito, la intimidad se evapora.
¿Es posible, entonces, la intimidad en este mundo hiperconectado y paradójicamente desierto? Tal vez la pregunta no sea si es posible, sino en qué condiciones podría aún acontecer. Porque lo que parece en crisis no es el deseo de intimidad —ese persiste, obstinado— sino la capacidad de sostenerla. Eva Illouz ha mostrado cómo el capitalismo emocional ha reconfigurado nuestros vínculos, transformando el amor y la cercanía en
objetos de gestión, evaluación y consumo. La intimidad se vuelve una promesa de bienestar individual, algo que debería ser eficiente, satisfactorio, libre de conflictos. Y cuando no lo es, se descarta.
La consecuencia de esta lógica es una intimidad frágil, siempre a punto de romperse. O peor aún: una intimidad que nunca llega a constituirse del todo. Porque el encuentro implica riesgo, y el riesgo hoy se vive como una amenaza intolerable. Riesgo de no gustar, de decepcionar, de quedar expuesto. Frente a eso, el repliegue parece más seguro. Mejor la pantalla que el cuerpo. Mejor el mensaje que la mirada.
¿Qué efectos tiene que la intimidad se vuelva una quimera, algo que se anhela pero no se alcanza? Uno de ellos es la desconfianza generalizada. No confiamos porque no conocemos, y no conocemos porque no nos encontramos. La confianza no se construye en el intercambio constante de mensajes, sino en la experiencia compartida del tiempo, en la repetición, en la posibilidad de fallar y reparar. Winnicott hablaba del espacio transicional, ese lugar intermedio donde el sujeto puede jugar, crear y relacionarse sin sentirse invadido. Sin intimidad, ese espacio se reduce drásticamente.
La desconfianza se filtra entonces en todos los ámbitos: en las relaciones amorosas, en la amistad, en lo político. Si el otro es siempre una incógnita amenazante o un objeto de consumo, ¿cómo confiar? Bauman describió nuestras relaciones como líquidas, incapaces de mantener forma. Pero quizá hoy ya no son líquidas: son gaseosas. Se dispersan antes incluso de tomar contacto.
En este contexto, la sustitución de la intimidad por lo explícito opera como una defensa. Mostrarlo todo para no sentir nada. Decirlo todo para no escuchar. La confesión permanente —en redes sociales, en aplicaciones de citas, incluso en ciertos discursos terapéuticos banalizados— no produce cercanía, sino saturación. El exceso de exposición no genera intimidad; la anula. Porque la intimidad no es exposición, es relación.
Desde una mirada psicoanalítica, podríamos decir que lo explícito funciona como un tapón frente a la angustia. Al nombrar y mostrar compulsivamente, se intenta suturar la falta estructural que nos constituye como sujetos. Pero esa sutura nunca cierra. Al contrario, deja
una sensación de vacío aún mayor. De ahí la paradoja contemporánea: nunca hablamos tanto de emociones, y nunca nos sentimos tan solos.
¿Será posible, entonces, reconciliarnos con la intimidad propia y ajena? La pregunta no admite respuestas simples ni optimistas. Tal vez el primer paso sea aceptar que la intimidad no es cómoda. Que no es un estado permanente ni un derecho adquirido. Es una práctica. Y como toda práctica, requiere esfuerzo, tiempo y disposición a la incomodidad.
Reconciliarnos con la intimidad implica, en primer lugar, reconciliarnos con nuestra propia opacidad. Aceptar que no somos del todo transparentes ni para nosotros mismos. Que hay zonas que no se dicen, que no se muestran, que solo se intuyen. Desde allí, quizá podamos tolerar también la opacidad del otro, sin exigirle claridad inmediata, definiciones rápidas, garantías imposibles.
Implica también resistir la lógica de la eficiencia aplicada a los vínculos. No todo encuentro tiene que “servir para algo”. No toda relación debe ser evaluada en términos de costo- beneficio emocional. A veces, la intimidad ocurre en lo improductivo: en la conversación que se alarga sin rumbo, en el silencio compartido, en la espera.
Hay algo profundamente político en esta resistencia. En un mundo que acelera, elegir demorarse es un gesto subversivo. Elegir encontrarse, aun con el riesgo que eso implica, es ir a contracorriente. Tal vez por eso la intimidad hoy se siente tan frágil: porque va en contra de la lógica dominante.
No se trata de idealizar un pasado donde supuestamente la intimidad estaba garantizada. Tampoco de demonizar la tecnología o la explicitud. Se trata de preguntarnos qué estamos perdiendo cuando el encuentro se posterga indefinidamente. Y qué estamos dispuestos a arriesgar para recuperarlo.
Quizá la intimidad no haya desaparecido, sino que se haya vuelto más exigente. Más rara. Más preciosa. Tal vez, en medio de esta crisis, la intimidad solo pueda existir como acto consciente, casi artesanal. Como una decisión que se toma una y otra vez: la de estar, la de escuchar, la de no huir ante la incomodidad.
En tiempos que procrastinan el encuentro, apostar por la intimidad es, en el fondo, apostar por la posibilidad de un nosotros que no sea ilusorio ni descartable. Un nosotros imperfecto, opaco, vulnerable. Pero real.
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