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Inspirar no basta si no cuidamos

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Ximena Báez Matus
Por : Ximena Báez Matus Dra. Biotecnología Investigadora Laboratorio Microbiología Molecular y Biotecnología Ambiental UTFSM.Docente adjunta Facultad Ciencias de la Vida UVM, Presidenta Red de Investigadoras de Chile.
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Hace unas semanas participé en una actividad abierta a la comunidad en el Museo de Historia Natural de Valparaíso en el marco del Día de la Mujer y la Niña en Ciencias. Se llamaba Conversando con una científica y, como suele ocurrir cuando se abren estos espacios, llegaron muchas niñas curiosas. Curiosas de verdad, con preguntas grandes y pequeñas, con ganas de saber cómo funciona el mundo, cómo se llega a la ciencia, cómo es la vida de quienes investigamos. Querían escuchar experiencias, imaginar futuros posibles y, sobre todo, comprobar que ese lugar llamado “ciencia” también podía ser para ellas.

Salí de esa actividad con una sensación ambigua. Por un lado, profundamente emocionada por esa curiosidad intacta, por esa energía que todavía no ha sido golpeada por el escepticismo ni por la exclusión. Por otro, con una incomodidad persistente, hablamos de vocación, de esfuerzo, de trayectorias, de obstáculos académicos, pero no hablamos de algo fundamental. No hablamos de las violencias que siguen existiendo en los espacios de investigación. No hablamos del acoso, no hablamos de lo inseguro que todavía puede ser este camino, especialmente para mujeres y niñas.

Y no lo hicimos, en parte, porque nadie quiere desalentar. Porque existe el miedo comprensible, a “romper la magia”, a apagar esa chispa inicial. Pero con el tiempo he llegado a una convicción incómoda, inspirar sin cuidar también es una forma de irresponsabilidad.

Hoy existen leyes, protocolos, oficinas de género, declaraciones institucionales. Sobre el papel, el ambiente científico parece un espacio cada vez más consciente de estas problemáticas. Sin embargo, en la práctica, seguimos viendo cómo investigadores denunciados por acoso salen de universidades mediante “salidas alternativas”, antes de que existan sanciones formales, no dañando sus Currículums, continuando con sus trayectorias intactas. Así, nuevas instituciones los reciben, nuevos equipos donde las dinámicas se repiten. Por otra parte, sistemas siguen premiando papers, proyectos y productividad sin mirar, o sin querer mirar, las condiciones humanas en que es conocimiento se produce y cuantas carreras y sueños de investigadoras murieron en el camino.

El mensaje implícito es brutal, el conocimiento importa más que las personas. Y cuando ese es el marco, la seguridad de las futuras científicas pasa a segundo plano.

Esto no es una anécdota aislada ni un problema individual. Es un problema estructural. Un sistema que tolera la violencia mientras produce resultados “exitosos” es un sistema que expulsa talento, que rompe vocaciones y que erosiona la confianza. No hay curiosidad que sobreviva intacta a la normalización del abuso.

Pero esta no es una columna para instalar el miedo. Es, precisamente, lo contrario. Es una columna para decir que el problema no está en las niñas, ni en su falta de resiliencia, ni en su capacidad de adaptación. El problema está en los espacios que no hemos sido capaces de transformar con la misma fuerza con la que exigimos excelencia académica.

Porque, a pesar de todo, también hay otra historia que se escribe en paralelo. La de quienes denuncian, aun sabiendo los costos que esto conlleva para sus propias carreras. La de quienes acompañan, escuchan, sostienen y creen. La de redes de investigadoras, estudiantes y académicas que empujan cambios, que visibilizan violencias, que incomodan a instituciones que preferirían el silencio. Personas que arriesgan prestigio, financiamiento y, porque no decirlo, estabilidad laboral por algo tan básico como la ética y la dignidad de las demás.

Ese también existe, un ambiente científico que se hace cargo de sí misma. Una comunidad que entiende que no puede haber producción de conocimiento legítima si se construye sobre el miedo o el abuso.

Si algo me quedó claro ese día en el museo es que las niñas no necesitan relatos adornados. Necesitan verdad, acompañamiento y responsabilidad adulta. Necesitan saber que no están solas, que si algo ocurre habrá redes, habrá escucha, habrá acción, habrá instituciones responsables de velar por espacios seguros. Y, sobre todo, necesitan que quienes hoy habitamos estos espacios hagamos el trabajo incómodo de transformarlos.

En fechas como el Día de la Mujer y la Niña en la Ciencia solemos preguntarnos cómo inspirar más vocaciones. Quizás la pregunta correcta sea otra, ¿qué estamos haciendo para que esas vocaciones no se rompan en el camino?

Porque no basta con abrir la puerta. Hay que asegurar que el lugar al que invitamos sea, efectivamente, un lugar donde puedan quedarse, crecer y crear sin miedo. Esa es una responsabilidad ética, política y profundamente humana. Y es una deuda que la ciencia no puede seguir postergando

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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