Yo opino
Créditos: El Mostrador.
La potencia sexual masculina: desmontando el mito del hombre que “siempre quiere sexo”
Existe una expectativa cultural persistente en torno al deseo masculino: la idea de que los hombres siempre quieren sexo, que su deseo es inmediato, constante y predecible. Cuando esa expectativa no se cumple —cuando el deseo no aparece, se posterga o simplemente no existe— se produce una incomodidad que rara vez se nombra. Ese silencio inicial permite introducir una verdad que la cultura insiste en negar: el deseo masculino no es automático, ni permanente, ni una medida fiable de la hombría.
El hombre fuerte, erecto, dispuesto. Ese que nunca se cansa. Aparece en chistes, en porno, en conversaciones de sobremesa, incluso en anuncios. Todos sabemos de quién hablan. Todos hemos visto la misma imagen, hasta el cansancio. Y sin embargo, es mentira. No todos los hombres quieren sexo todo el tiempo. Ni siquiera la mayoría.
Los datos lo confirman. En Chile, el estudio “Importancia y Satisfacción: Vida Sexual de los Chilenos/as 2025” muestra que el 75% de la población declara tener actividad sexual; el promedio de encuentros al mes es de 5,2, y solo el 5,9% tiene sexo diariamente. El 25% restante admite no tener actividad sexual en absoluto. Además, la importancia del sexo varía: un 27% de las personas considera que el sexo es poco o nada relevante en su vida. No hay un deseo masculino universal ni inagotable.
Entonces, ¿por qué seguimos reproduciendo este mito? La cultura ha tejido durante décadas la idea de que ser hombre es siempre querer, siempre poder, siempre rendir. Muchos hombres escuchan desde jóvenes que “si no quieres, algo anda mal contigo”, y aprenden a interpretar su deseo como una prueba de hombría. Michael Kimmel diría que la masculinidad hegemónica convierte el deseo sexual en un chequeo constante de identidad y Raewyn Connell nos recuerda que no hay una sola manera de ser hombre, que la masculinidad es plural, y que reducirla a un deseo permanente es una trampa.
Esa trampa tiene consecuencias profundas. La presión de actuar como si siempre quisieras sexo genera ansiedad, culpa y frustración. Muchos hombres fingen deseo para no “fallar” ante la expectativa social. Como señala Victor Seidler, se enseña a los hombres a performar el deseo incluso cuando no lo sienten. Y no solo se trata de un problema personal: afecta las relaciones, el consentimiento y la forma en que nos relacionamos con los demás.
Aquí entra un símbolo de esta ficción: el viagra. Más allá de su uso médico legítimo, en nuestra cultura se ha transformado en una especie de garantía de hombría eterna. Tomar Viagra “por si acaso” se ha naturalizado como parte del guión masculino: debo estar preparado, debo responder, debo funcionar. Sin importar si el cuerpo o la mente sienten deseo. La potencia deja de ser una experiencia y se convierte en un deber. bell hooks diría que esto es patriarcado puro: reduce al hombre a un impulso sexual, desconectado de su emoción, de su vulnerabilidad y de su humanidad.
Pero el deseo masculino no es biológico ni inmutable. Judith Butler nos enseñaría que el deseo es performativo, regulado socialmente, una construcción que se refuerza cada vez que reproducimos el mito del hombre que siempre quiere. En la vida real, hombres y mujeres reportan experiencias muy diversas: ciclos de deseo, momentos de abstinencia, afectos que no se traducen en sexo. La sexualidad no es un deber, y cuando se trata como tal, se convierte en presión, ansiedad y desconexión.
La sociedad espera que con la edad la potencia sexual se mantenga, y cuando no ocurre, que la medicina lo arregle. Pero ¿qué pasa cuando un hombre de 60 toma viagra para cumplir un guión social que ya no le pertenece? Se disocia deseo y rendimiento, placer y obligación. Ritxar Bacete señala que estas expectativas crean silencios, culpas y violencia simbólica: nadie habla de lo que realmente siente, porque la norma no permite desviaciones.
La presión del mito también invisibiliza a quienes no encajan en el modelo. Si se presupone que los hombres siempre quieren, se normaliza la insistencia y se borra el consentimiento. Un “no” puede ser cuestionado, ignorado o interpretado como falta de compromiso. Octavio Salazar subraya cómo la norma de la potencia masculina se infiltra incluso en leyes, educación y cultura, reforzando la idea de que los hombres deben desear siempre, y las mujeres deben ajustarse a ese deseo.
Y aquí está la paradoja: la misma norma que exige deseo infinito termina oprimiendo a los hombres, alienándolos de su propio cuerpo, obligándolos a actuar y medicarse para cumplir un esquema que no refleja su realidad. Cuando un hombre no tiene ganas, siente que falla. Cuando finge, se desconecta de sí mismo y de su pareja. Cuando recurre al viagra sin necesidad médica, perpetúa la ficción y refuerza la presión cultural.
Los estudios lo muestran: la frecuencia sexual disminuye con la edad, el estrés, la salud o la vida cotidiana, pero la satisfacción sexual no necesariamente baja en la misma medida. El deseo fluctúa y se construye en relación con emociones, relaciones y contexto. La potencia no es un mandato; es una narrativa social que ha logrado colarse hasta en la intimidad más personal.
Y sin embargo, el sexo puede ser otra cosa. Cuando dejamos de exigir deseo constante, abrimos espacio para conversaciones sinceras: para decir “no tengo ganas hoy” sin culpa; para explorar intimidad sin obligar a actuar; para reconocer que el deseo es variable, que puede ser compartido o ausente, pero nunca una prueba de hombría. Como dice bell hooks, permitir que los hombres sean vulnerables no los debilita, los humaniza.
Desmontar este mito no significa negar el deseo masculino. Significa reconocerlo como algo plural, variable y relacional. Significa que un hombre puede desear, no desear, sentir ganas a veces y otras no, y que eso está bien. Significa que el sexo deja de ser una prueba de hombría y se convierte en lo que realmente debería ser: un encuentro compartido, consciente, respetuoso, libre de mandatos.
La fantasía de la potencia masculina ha causado más daño que beneficio. Ha generado ansiedad, culpa, desconexión y violencia simbólica. Ha promovido el consumo de fármacos como el viagra como respuesta a malestares que no eran médicos, sino profundamente culturales. Ha invisibilizado la diversidad de experiencias, los ritmos distintos, los afectos que no se traducen en penetración o erección.
Desarmar este mito es un acto liberador. Para los hombres, porque pueden reconectar con su deseo real; para las parejas, porque permite relaciones más honestas; para la sociedad, porque la sexualidad deja de ser una herramienta de control y se vuelve una experiencia auténtica. La potencia no es un mandato. Es una construcción. Y como toda construcción, puede cuestionarse, desmontarse y rehacerse.
Cuando aceptemos que el deseo masculino no es uniforme ni obligatorio, estaremos más cerca de relaciones sexuales saludables, de conversaciones sinceras sobre deseo y placer, y de vidas más libres, auténticas y humanas. Y entonces, quizá, podamos imaginar un mundo en que los hombres no necesiten viagra para sentirse “hombres”, sino que puedan sentir, no sentir, descansar y estar presentes, sin culpa, sin presión y sin fantasías impuestas por la cultura.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.