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Feminismo y democracia en el nuevo ciclo político Yo opino Créditos: Agencia Uno.

Feminismo y democracia en el nuevo ciclo político

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En las últimas dos décadas, el feminismo en Chile dejó de ser una voz marginal para convertirse en una fuerza social capaz de reconfigurar el debate público. Las calles, las universidades, los espacios de la política institucional y los territorios han sido escenario de una transformación cultural profunda que hoy resulta imposible ignorar.

Nada de lo que hemos avanzado ha sido una concesión. Cada derecho —desde el reconocimiento de la violencia de género como un problema estructural hasta el impulso de políticas de cuidado— ha sido fruto de décadas de organización, de movilización y de pensamiento político feminista.

Pero este 8 de marzo nos encuentra en un momento distinto. A pocos días de un cambio de gobierno y de la apertura de un nuevo ciclo político en Chile, no estamos simplemente ante una alternancia institucional. Estamos frente a un reordenamiento de prioridades y sentidos del Estado, en un escenario donde las fuerzas conservadoras han ganado influencia política y cultural.

La historia reciente nos recuerda que los derechos de las mujeres rara vez son el punto de partida de los proyectos políticos conservadores. Cuando la igualdad de género deja de ser un principio orientador de la acción estatal, no es necesario eliminar derechos para debilitarlos: basta con no impulsarlos, no financiarlos o relegarlos en las prioridades públicas.

Por eso este momento exige lucidez política.

El resultado electoral reciente demostró algo que debemos mirar con honestidad: las mujeres no votamos como un bloque homogéneo. Muchas mujeres —especialmente aquellas que enfrentan inseguridad económica, precariedad laboral o incertidumbre social— buscan respuestas concretas a problemas cotidianos que el sistema político no ha sabido resolver. Comprender esa complejidad es clave si queremos que la agenda feminista siga siendo una agenda social amplia y no un lenguaje que solo dialogue consigo mismo.

El desafío del feminismo hoy no es menor.

Por una parte, debemos defender con convicción los avances obtenidos. La experiencia internacional muestra que los derechos pueden retroceder cuando cambian los equilibrios políticos. Los discursos antiderechos —que cuestionan la educación sexual, la autonomía reproductiva o incluso la existencia de la desigualdad de género— ya circulan con fuerza en distintos países y también comienzan a instalarse en nuestro debate público.

Pero, al mismo tiempo, el feminismo chileno tiene una responsabilidad mayor: seguir siendo una fuerza democrática capaz de proponer futuro.

La historia del movimiento feminista en Chile demuestra que cada generación ha sabido recoger las luchas anteriores y proyectarlas hacia nuevos horizontes. Desde las primeras organizaciones que conquistaron el derecho a voto hasta las movilizaciones masivas de los últimos años, las feministas han ampliado la democracia cuestionando estructuras de poder que parecían inamovibles.

Ese legado hoy vuelve a interpelarnos.

Este nuevo ciclo político probablemente traerá tensiones, debates y desafíos. Pero también puede abrir una nueva etapa de reflexión estratégica para los movimientos feministas.

Porque la pregunta que tenemos por delante no es solo cómo resistir posibles retrocesos sino cómo seguir transformando las reglas del juego para que la igualdad de género deje de ser una promesa y se convierta en una realidad concreta en la vida cotidiana de las mujeres.

Si algo nos enseña la historia es que cuando el feminismo avanza, la democracia también lo hace.

Y por eso, hoy más que nunca, seguimos, queda mucho por avanzar.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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