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La otra cara de la Ley de 60 minutos: ¿las niñas quedan al margen de la actividad física? Yo opino Créditos: El Mostrador.

La otra cara de la Ley de 60 minutos: ¿las niñas quedan al margen de la actividad física?

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Loreto Chihuailaf-Vera
Por : Loreto Chihuailaf-Vera Dra. En Educación y Sociedad. Especialista en Estudios de género mujer y deporte. Profesora de Educación física Deportes y recreación. Cofundadora de REMCAF Chile. Red de mujeres en ciencias del deporte y la actividad física
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El mes de marzo marca el inicio del año académico y escolar en Chile. También es el mes en que globalmente se conmemora la Historia de las Mujeres, destacando el 8 de marzo como el Día Internacional de la Mujer. Estos hitos invitan a reflexionar sobre las desigualdades de género que aún persisten en distintos ámbitos de la vida social. Asimismo, evidencian que los entornos escolares no operan con neutralidad frente a los aspectos relacionados con el género.

Ahora, el contexto internacional y nacional no es ajeno a estas discusiones. El avance de gobiernos de ultraderecha en distintas regiones del mundo ha reactivado temores sobre posibles retrocesos en materia de derechos y políticas de género, o al menos sobre un eventual estancamiento en los avances alcanzados durante las últimas décadas. En este escenario, resulta particularmente relevante examinar aquellos ámbitos donde las desigualdades presentan menor atención, pero igualmente impactan con consecuencias significativas.

El deporte y la actividad física han sido históricamente espacios profundamente masculinizados y muchas de sus esferas operan como bastiones de un orden patriarcal. En Chile, esto se evidencia en la persistente subrepresentación de mujeres en cargos directivos y de liderazgo dentro de organizaciones deportivas, donde los puestos de toma de decisiones siguen siendo ocupados mayoritariamente por hombres.

A ello se suma una tendencia preocupante: la participación femenina en carreras vinculadas al deporte y a las ciencias de la actividad física ha disminuido de forma sostenida en los últimos años, ampliando una brecha de género negativa. Este fenómeno presenta similitudes con lo que ocurre en áreas STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas), donde persisten barreras estructurales como estereotipos de género, culturas organizacionales masculinizadas y la escasez de referentes femeninos.

Sin embargo, uno de los aspectos más preocupantes se relaciona con la inactividad física femenina, que hoy puede considerarse un problema emergente de salud pública. Esta situación no es exclusiva de Chile, pero el país evidencia con claridad una brecha de género persistente en la práctica de actividad física. Según la Encuesta Nacional de Actividad Física y Deporte 2024, solo el 41,7 % de las mujeres adultas realiza actividad física de manera regular, en contraste con el 49,9 % de los hombres.

En este contexto, la reciente promulgación de la Ley N° 21.778 representa un avance relevante. La normativa obliga a los establecimientos educacionales del país a promover al menos 60 minutos diarios de actividad física, en concordancia con las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud. Además, en su artículo 8 establece que los establecimientos deberán velar porque todos los niños, niñas y adolescentes participen en igualdad de condiciones en actividades físicas y deportivas.

La pregunta, sin embargo, sigue siendo inevitable: ¿qué lugar ocupan realmente las niñas y adolescentes en esta política? ¿Existe un enfoque de género efectivo en su implementación?

En el ámbito educativo, particularmente en la enseñanza de la educación física, persisten estereotipos de género y relaciones de desigualdad que se expresan con especial claridad. Durante décadas, esta disciplina ha operado bajo un orden de género androcéntrico, donde el modelo masculino ha sido considerado implícitamente superior o más valioso que el femenino. Este marco cultural ha contribuido a invisibilizar o inhibir las capacidades motrices de las niñas y a limitar su participación en determinadas prácticas deportivas. Investigaciones recientes muestran que niñas y adolescentes tienden a percibirse menos competentes físicamente que sus compañeros varones, especialmente en contextos de actividades mixtas. A ello se suma que, en muchas ocasiones, las propuestas pedagógicas continúan centradas en deportes tradicionales hegemónicos, como el fútbol o el básquetbol. Sin una mediación metodológica adecuada, estas prácticas pueden reforzar dinámicas de competencia extrema y jerarquización entre estudiantes, donde algunos son reconocidos como “más capaces” mientras otros quedan sistemáticamente relegados.

Diversos estudios han demostrado, por ejemplo, que en actividades como el fútbol las niñas tienen menos contacto con el balón y tienden a ser desplazadas del juego, bajo la percepción de que poseen menores habilidades. En estos contextos también pueden verse expuestas a dinámicas de violencia simbólica o verbal asociadas a la lógica competitiva y a la presión por ganar.

A este panorama se suma un aspecto frecuentemente ignorado en el entorno escolar: el impacto de los cambios puberales en la experiencia corporal de las niñas durante la adolescencia. A diferencia de otros espacios implementados en los contextos escolares donde las estudiantes permanecen mayoritariamente sentadas, la actividad física o deportiva expone el cuerpo en movimiento, haciendo más visibles transformaciones como el desarrollo mamario o los cambios asociados a la menstruación. Muchas niñas experimentan pudor o incomodidad frente a estos procesos. El movimiento corporal puede intensificar la percepción de exposición, mientras que la menstruación sigue rodeada de estigmas culturales que la asocian con limitación, descuido o suciedad. El temor a un eventual derrame menstrual, especialmente en contextos mixtos, puede generar ansiedad y afectar la disposición a participar activamente en clases o actividades deportivas.

Todo lo anterior contribuye a configurar una experiencia de actividad física y deportiva profundamente marcada por criterios, culturas deportivas y dinámicas asociadas históricamente al mundo masculino. En consecuencia, muchas niñas terminan internalizando la idea de que poseen menores competencias motrices, percepción que podría estar vinculada —al menos parcialmente— con los bajos niveles de actividad física observados posteriormente en la población femenina chilena.

Si la nueva legislación busca realmente promover una cultura activa y saludable desde la infancia, entonces la discusión no puede limitarse a aumentar los minutos de actividad física. También es necesario preguntarse cómo se implementan estas prácticas, qué experiencias corporales se promueven y si las niñas están siendo consideradas como sujetas centrales de estas políticas, y no solo como participantes nominales de ellas.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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