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Hacer ciencia siendo mujer desde regiones Yo opino Créditos: Cedida.

Hacer ciencia siendo mujer desde regiones

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Maite Castro
Por : Maite Castro Investigadora del Instituto Milenio Centro Interdisciplinario de Neurociencia de Valparaíso (CINV-UV), académica titular del Instituto de Bioquímica y Microbiología de la Universidad Austral de Chile y ex Seremi del Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación en la Macrozona Sur.
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En Chile, muchas niñas sueñan con ser científicas y cada año inician sus estudios en carreras afines a estas disciplinas. Pese a que este panorama resulta alentador, a medida que avanza la carrera académica, muchas mujeres abandonan el camino. Este fenómeno —conocido como la “tubería con fuga”— refleja una realidad persistente: aunque el talento está, el sistema pierde a muchas investigadoras antes de que logren consolidarse como científicas independientes.

Hoy, solo alrededor del 35% de quienes lideran grupos de investigación en Chile somos mujeres. Y esto ocurre aun cuando no faltan la vocación, las habilidades ni el talento. En carreras como biología, bioquímica o biotecnología, la presencia femenina en el pregrado se acerca al 50%. El problema surge después, cuando las trayectorias académicas se vuelven más exigentes y las estructuras institucionales no siempre consideran las condiciones reales en las que se desarrollan esas carreras.

Si a la brecha de género le sumamos el centralismo del país, el desafío se vuelve aún mayor. Chile sigue siendo profundamente centralizado, y hacer ciencia desde regiones implica enfrentar menores redes, menos visibilidad y más dificultades para acceder a oportunidades. Por eso, es fundamental transmitir que es posible desarrollar investigación, de nivel internacional, siendo mujer y trabajando fuera de Santiago.

Las brechas, sin embargo, no tienen una sola causa. En la academia, por ejemplo, las mujeres suelen asumir muchas tareas institucionales asociadas al cuidado: dirección de escuelas, jefatura de carreras, acompañamiento estudiantil o una mayor carga docente que sus pares varones. Estas labores son fundamentales para el funcionamiento de las universidades, pero demandan tiempo y energía que luego también son exigidas para hacer investigación y para mantener la productividad científica. Al mismo tiempo, las posiciones de mayor jerarquía —rectorías, vicerrectorías, incluso el cuerpo de profesores/as titulares— siguen estando mayoritariamente ocupadas por hombres.

En mi caso, uno de los desafíos más determinantes en mi carrera científica fue la maternidad. En la época en que cursé mi doctorado, las becas no contemplaban el período prenatal ni el posnatal. Un doctorado exige dedicación exclusiva y abandonar sin terminar significaba devolver la beca. Quince días después de que naciera mi hijo menor, yo ya estaba de vuelta en el laboratorio. No era una decisión ideal ni una muestra de heroísmo: era la única forma de no perder años de esfuerzo, una beca doctoral y la posibilidad de seguir una carrera científica. En ese contexto, la corresponsabilidad y la cocrianza son fundamentales. Pero esa realidad todavía no es la norma en Chile. Y además persiste un doble estándar: cuando un padre se queda con los hijos es considerado ejemplar, mientras que una madre que prioriza su trabajo suele enfrentar cuestionamientos.

Revertir estas brechas requiere acciones en distintos niveles. Parte temprano, con educación libre de estereotipos y con referentes reales. Visibilizar mujeres haciendo ciencia en todos los rincones, no solo en las grandes urbes, amplía el horizonte de lo que niñas y jóvenes creen posible para sus propias vidas. Este trabajo continúa en la política pública, incorporando la perspectiva de género en los instrumentos de financiamiento y generando incentivos para que más mujeres postulen y permanezcan en carreras científicas, como la incorporación del postnatal para mujeres que cursan doctorados con becas del ANID, medida implementada hace más de diez años. Finalmente, también es necesario que universidades y centros de investigación se miren a sí mismos. Si el talento está, pero las mujeres no avanzan en la misma proporción, entonces es necesario revisar las reglas del juego: la normativa de promoción académica, las evaluaciones de productividad y las políticas institucionales que permiten que las mujeres logren habitar todos los espacios. También aquellos de la toma de decisiones.

Además, es clave avanzar en la investigación con una perspectiva de género. En las ciencias biomédicas, por ejemplo, durante décadas muchos estudios se realizaron principalmente en machos o en hombres, tanto en modelos animales como en la investigación clínica. Hoy sabemos que hombres y mujeres pueden responder de manera distinta a un mismo tratamiento o fármaco debido a diferencias hormonales y etapas vitales. Incorporar esta perspectiva no es solo una cuestión de equidad, sino también de calidad científica.

Por eso, durante el Mes de la Mujer —y más allá de esta fecha— es importante insistir en un mensaje claro para niñas y jóvenes: que se atrevan. No existe ningún impedimento biológico que limite su participación en la ciencia. Y a profesores e instituciones educativas en todos los niveles: propiciemos que la experiencia educativa favorezca y no frene la carrera de una posible investigadora o científica. La diversidad de miradas es lo que permite generar mejores preguntas, mejores ideas y mejores soluciones.

Cuantas más mujeres participan en la construcción del conocimiento, mejor es la ciencia. Y cuando la ciencia mejora, gana toda la sociedad.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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