Contando Chile: Región de Arica y Parinacota, una tregua en el paisaje
Con su verdor en medio del desierto y sus azules lagos en el altiplano, esta antigua y joven región tiene vocación de cambio; ella siempre es diferente a su entorno.
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Desde el avión, la forma del territorio de la Región de Arica y Parinacota parece moverse. Como si emergiera del mar e intentara, al adentrarse en los valles y subir al altiplano, alargarse hacia el corazón aimara de Sudamérica, ese corazón sin fronteras donde las familias de esa cultura se distribuyen por Chile, Bolivia, Perú y el noreste argentino. En fiestas y carnavales, igual que hace miles de años cultivan, varias veces al año, el arte –acogedor– del reencuentro.
Sus valles, Azapa y Lluta, también propician uniones. Suben hasta el lago Chungará, uno de los más altos del mundo, a los pies del volcán Parinacota; y bajan a la costa donde los espera, casi blanco, el cerro que inaugura la cordillera de la Costa: el Morro de Arica. Es región autónoma desde el año 2007, con ese nombre que celebra sus dos hitos mayores: Arica-Parinacota.
Aislada por los desiertos, en el medio de la nada, todos la buscan. Los productos de Bolivia para embarcarse, los lugareños que van y vienen desde la peruana Tacna, los cruceros mundiales que –piensan los locales– debieran detenerse más días en el futuro.
El ser humano ha recorrido este paisaje por miles de años. Ahí están sus senderos, definidos por el paso de incontables caravanas de llamos. Cada tanto hay geoglifos y petroglifos que marcan los descansos, Putre el más importante, con sus notables terrazas que miran al infinito. Al caer la tarde siempre hay alguien en ellas, absorto ante el aparecer de las estrellas.
Por siglos, la costa fue peligrosa; la picadura de un mosquito transmitía la mortal malaria. El ser humano de la Cultura Chinchorro, conmovido al ver morir tantos niños, bebés incluso, hace 5 mil años aprendió a conservar sus cuerpos y creó, con delicada ternura, las momias más antiguas del mundo.
Esa desgracia marcó su destino. Los imperios andinos, que colonizaron los vastos territorios Tiwanaku e Inca, aprendieron a respetarla, sin acercarse mucho. También los españoles, que advirtieron que muchos morían a los dos años, optaron por Putre o Tacna para establecerse; comenzaron a traer esclavos africanos que resistían mejor la malaria. Así nació en Arica el Barrio Lumbanga (caserío, en voz del Congo), cuyas tradiciones –y carnaval de tambores sonoros– son cada vez más populares; en ellos celebran los chilenos de origen africano.
Arriba en las montañas se había descubierto una riqueza enorme, el yacimiento de plata más grande del mundo durante tres siglos desde el XVII –en Potosí, de la actual Bolivia– y era necesario un puerto para cargarla. La aldea de Arica se volvió importante, con miles de mulas bajando los tesoros que cambiaron la historia de Europa. Importante y deseada; una y otra vez, 16 veces, los piratas la destruyeron, aunque el temor a la malaria no los dejaba quedarse.
Hacia el interior, hasta el altiplano, crecían en paz los pueblos de pastores y pequeños agricultores, con sus hermosas y blancas iglesias barrocas, hitos de la turística Ruta de las Misiones: Parinacota, Socoroma, Belén, Codpa, Pachama, Tignamar, Esquiña…
La región, que fue parte del Virreinato del Perú y luego de la república peruana, debido a la Guerra del Pacífico –en que Chile toma el control de la zona– resultó favorecida por ese conflicto, puesto que el país del sur se comprometió a construir un ferrocarril que uniera Arica con La Paz. Cambió así toda la conectividad regional, al vincular la costa con el altiplano; de 440 kilómetros, esa hazaña de la ingeniería de la época –1913– fue una de las obras más ambiciosas de Sudamérica en ese tiempo.
La vocación conectiva de esta región que interrumpe el desierto –como un gran oasis alargado–, se completó con el aeropuerto de Chacalluta y la tan anhelada carretera al altiplano, en los mismos años del Puerto Libre de 1953. Ya estaba libre la zona, al fin, de su única sombra histórica, la malaria, gracias a un médico italiano, el doctor Juan Noé, el que derrotó al insecto transmisor.
Faltaba el ingreso a la modernidad, una que atrajera inversiones y evitara la fuga de los jóvenes. Como los presidentes de la República tienden a impulsar una ciudad en especial, para Eduardo Frei Montalva fue Arica la opción, con una Junta de Adelanto que fomentó la industria y el turismo locales. Hacia 1965 comienza esa época, de los autos y televisores armados en Arica. A “la ciudad de la eterna primavera” se le construyó motel, casino y hostería, tres obras que le cambiaron la imagen. La industria pesquera y envasadora fue otro puntal, junto al de los productos agrícolas emblemáticos –aceitunas de Azapa, mangos, tomates, ajíes…–, los que comenzaron a llevarse al centro y sur del país.
El altiplano, eso sí, comenzó a despoblarse, a perder una juventud que migraba en busca de más oportunidades, lo que recién empezó a paliarse en los años 80, cuando sus notables paisajes y poblados dieron origen a un turismo cultural que sigue en aumento.
Hay altibajos, todavía. Es cierto que el comercio internacional relacionado con Bolivia es importante, que la Zofri Arica le trajo ventajas, y que los valles se han vuelto valiosos con sus frutas tropicales y hortalizas que maduran temprano. Sus playas de aguas tibias son atractivas, el turismo de naturaleza ha crecido y en la misma Arica hay atributos nuevos, como las grandiosas Cuevas de Anzota con su avifauna, además del Museo del Morro de Arica.
Es muy original el Museo de Sitio Colón 10, que contiene fosas funerarias de la Cultura Chinchorro que se exhiben ahí mismo –tal como se encontraron–, y al interior del valle el moderno Museo Arqueológico San Miguel de Azapa es un orgullo nacional –obra de la Universidad de Tarapacá–, el que exhibe testimonios de tres culturas: Chinchorro, Tiwanaku e Inka.
Pero los habitantes no lo consideran suficiente y tienen sus razones. Cuando la zona dejó de ser parte de la Región de Tarapacá el año 2007, y se transformó en independiente, hubo grandes esperanzas de que con ello podrían aumentar los adelantos, pero el cambio fue menor. Muchos jóvenes se van, a Iquique o a Santiago.
Quedó atrás el tiempo en que, con sus armadurías industriales, Arica era una de las ciudades más promisorias del país, pero la General Motors partió el 2008 y se acabó esa etapa, lo que afectó a centenares de familias. Lo mismo en la industria textil, que daba empleo a cientos de mujeres, la que no resistió la competencia de las importaciones asiáticas. La sobreexplotación pesquera dañó otra actividad poderosa, la que aportaba una gran cantidad de empleos en mar y tierra.
Cada fin de semana, miles abandonan Arica y se desplazan a Tacna, donde copan sus restaurantes –sus precios resultan ventajosos–, dejando atrás una ciudad vacía.
La joven región, tan rica en atributos, necesita –una vez más– iniciar un tiempo nuevo.
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