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Contando Chile: Región de Ñuble, la cuna de todo

Contando Chile: Región de Ñuble, la cuna de todo

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Miguel Laborde
Por : Miguel Laborde Escritor y director de la Revista Universitaria UC
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La Región de Ñuble se perfiló con el tiempo; tenía la vocación de ser origen de grandes personajes llamados a encarnar los valores del país.


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Coopeuch

¿Cómo llamarla, sino “Región-Cuna”, cuando lo fue de Bernardo O’Higgins y Arturo Prat, de Violeta Parra y Víctor Jara, de Claudio Arrau y Nicanor Parra, de Marta Brunet y Arturo Merino Benítez, de Marta Colvin y varios inmortales más? Incluso Lautaro, con versiones que ubican su origen en Trehuaco, no lejos del río Itata.

Ahí latieron sus corazones por vez primera. Estamos tentados de decir que ahí también comenzaron a vivir los rasgos propios del Chile Profundo, como si ellos y ellas, los que ahí nacen, absorbieran esa energía.

El comienzo histórico fue modesto, nadie se dio cuenta, los ojos estaban puestos en Concepción y las ciudades de más al sur, por la Guerra de Arauco. El fuerte de San Bartolomé de Chillán, y luego la ciudad de este nombre, se fundaron para proteger el Camino Real y las espaldas de Concepción, la capital de la guerra. Sus cultivos, en los valles del río Ñuble y del Itata, tendrían que alimentar a esas huestes. 

Las ferias –con el Mercado de Chillán a la cabeza–, ricas en productos de la tierra, como vinos y legumbres, longanizas célebres y frutos variados, atrajeron a campesinos e indígenas, soldados y misioneros. En sus diálogos, de comprar y vender, de cantar y contar historias, comenzó a surgir la cultura chilena.

La música en las chinganas, los encuentros de payadores y cantoras en tiempos de cosechas y rodeos, le dieron forma. Vinos cálidos, por el sol que caía con fuerza sobre Quirihue, Rere, Yumbel, afirmaban las voces, mientras hermosos cántaros de Quinchamalí corrían de mano en mano. La gente, en las grandes haciendas jesuitas y en los pueblos pequeños, o en ciudades que nunca crecieron demasiado, se hizo acogedora. 

A la hora de la Independencia los sentimientos eran confusos. Muchos oficiales de guerra, realistas, se habían avecindado por aquí; pero también pequeños productores –como los de vinos pipeños–, que vibraron con las ideas de libertad.

De esta cultura se nutrirá la niña Violeta Parra, la que caminó con sus hermanos entre ferias y hasta el Mercado de Chillán, alerta a los rodeos, los bautizos, los matrimonios, donde hubiera guitarreo y baile, comidas y canciones. De las hermanas Yévenes aprendió que las cuecas no eran todas iguales, que eran muchas y distintas, y por María Painen Cotaro, cantora mapuche, supo que las canciones podían sanar el alma. Incluso, el alma de un pueblo. 

Podría creerse que todos eran gente que circulaba en el campo, pero Chillán asumió la tarea de recopilar esas artes, patrimonio de la cultura nacional. Gracias a 83 actores culturales de Ñuble, el Centro Cultural Municipal de Chillán lleva el nombre de Enrique Gajardo. Con razón, porque él, como director del Instituto Cultural de la ciudad, y Ciro Vargas, con quien lo fundó en 1948 –quien lo apoyaba desde la radio La Discusión–, impulsaron el Teatro Experimental, el Coro, el Centro Literario, el Teatro de Títeres. Por ellos, hasta los alumnos de los liceos comenzaron a crecer conectados a sus raíces. 

Hay cosas que se han ido perdiendo en otras regiones, esa sabiduría medio indígena y medio campesina, que tan bien representó Violeta Parra, dándola a conocer al mundo con sus canciones mestizas, como su “Gracias a la vida” que tiene mucho de sirilla andaluza, pero también de música huilliche. Aquí no se ha perdido nada, todo sigue vivo, lo que hace honor al título de esta región: “Cuna del folclor chileno”.

Luego del siglo XIX, tan afrancesado en Chile, artistas e intelectuales buscaron recuperar sus raíces y surgió el criollismo en literatura, del que Mariano Latorre es considerado el líder de búsqueda; hombre ñublense. La Dibam creó el año 2006 una distinción para reconocer a quien destacara en el rescate de los patrimonios inmateriales del país y le dio el nombre de “Fidel Sepúlveda Llanos”, por el gran investigador, también ñublense.

Ambos nacieron en la comuna costera de Cobquecura, la que viviera su edad de oro en el siglo XIX, cuando el trigo chileno circuló generoso por los puertos del océano Pacífico. Ahí se embarcaba buena parte, en esa costa con palayas aisladas que el turismo ha descubierto en estas últimas décadas. Hasta entonces, sin competencia, eran las Termas de Chillán las que atraían a extranjeros y visitas de otras provincias, por sus aguas medicinales, bosques nativos, volcanes, aire puro de montaña, lugar equipado con canchas de esquí. Es el eje andino clásico, el diálogo entre mar y montaña a través de los ríos y sus cuencas, que los comunican y hacen uno.

Con la Nueva Canción Chilena surgió el grupo Inti-Illimani, siendo Pedro Yáñez su fundador y primer director, payador y folclorista, ñublense. “El Huaso” Fernando Carrasco, nacido de madre cantora y abuela guitarrera, se fue a Santiago con ese mundo a cuestas para aportarlo a la otra gran banda de música chilena del movimiento: Quilapayún. Suya es la voz del relato con que se inicia la Cantata de Santa María de Iquique, esa voz ñublense.

En este año 2025, ahí está la Revista Quinchamalí: ¿qué otra región pudo darle vida? Creada por el historiador chillanejo Alejandro Witker Velásquez. Educado ahí mismo en la Escuela República de México y luego en el Liceo de Hombres, tras el Golpe de Estado de 1973 emigró a México y volvió después para dedicarse, de lleno, a la cultura local. El Consejo Nacional de la Cultura y las Artes le otorgó el Premio Regional 2012 en el área de Ciencias Sociales.

Mucho se podría decir de otros amantes de Ñuble, no nativos. Es el caso del poeta Gonzalo Rojas –Premio Nacional, Premio Cervantes, Premio Reina Sofía–, quien luego de su exilio y hambriento de raíces vino a instalarse aquí. Él había congregado a los escritores de Chile en 1958, en Concepción y Chillán, con tal éxito que en 1960 convocó al célebre “Primer Encuentro de Escritores Americanos”. Según José Donoso y Carlos Fuentes, ese fue el comienzo –la cuna– del boom literario de América Latina.

Tras su muerte, trasladados los restos del poeta a la Catedral de Chillán, se le enterró en el Patio de Artistas del cementerio, junto a Claudio Arrau y Marta Colvin, Lalo Parra y Ramón Vinay.

Esa Catedral tiene una silueta que reconoce todo chileno. Dedicada a San Bartolomé –el patrono de la ciudad–, se comenzó a levantar tras la destrucción de la anterior en el doloroso “Terremoto de Chillán” de 1939, el que, con epicentro en Quirihue, causó una mortandad nunca antes vista en Chile, y además destruyó gran parte de la capital regional y de otras ciudades y pueblos de la región.

Nicanor Parra –por entonces profesor del liceo de la ciudad–, escribió su “Epopeya”: “Que se levante el raudo viento azul de otoño, que aquí no pasa nada que puramente todo. Chillán existe como una rosa blanca sobre mi corazón húmedo y sin palabras. Chillán no está vencido, Chillán laurel alzado como el campo verde de los gentiles caballos. Que se levante el trueno vivo de los tambores y el hortelano alegre que se levante entonces”.

Fue resistida la arquitectura de la Catedral al principio, tan moderna. Con el tiempo se transformó en un símbolo de futuro, de un tiempo nuevo, necesario para dejar atrás la tragedia. Igual, cada 24 de enero y casi a medianoche, suenan las campanas para recordar a las víctimas de nuestro más mortal terremoto.

Por su impronta tan propia, Ñuble no resistió perder su autonomía, la que perdiera en 1974 al quedar sumida en la Región del Biobío. Tenaz, no cejó durante años, hasta que recuperó su autonomía el año 2018. Era, se sentía, distinta. Dueña de un destino propio.

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