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“El verano de la serpiente” de Cecilia Eudave una falsa novela negra CULTURA|OPINIÓN Cedida

“El verano de la serpiente” de Cecilia Eudave una falsa novela negra

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Cristian Salgado Poehlmann
Por : Cristian Salgado Poehlmann Escribe ficción y periodismo. Fiel seguidor de Rangers de Talca.
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“El verano de la serpiente” es una novela que habita muchos tiempos a la vez, una aparición fantasmal que te advierte sobre el secreto de un verano escamoso que intercala realidades, orillándote a evadir o a mirar. 


No es en modo alguno su primer libro de ficción –cuenta con unos veinte, entre volúmenes de cuentos y novelas–, pero sí el primero publicado bajo una editorial chilena: La Pollera Ediciones. Con El verano de la serpiente –nouvelle de ochentaiocho páginas–, Cecilia Eudave se hace cargo de algunas tradiciones de la novela hispanoamericana, claro que con vestimentas culturales contemporáneas. Es, en pocas palabras, una novela fusión, que establece lazos con la escritura de María Luisa Bombal, Elena Garro, Carlos Fuentes, Juan Rulfo y Gabriel García Márquez, por nombrar algunos. Están presentes tópicos como: la obsesión por la muerte; la realidad modulada por la voz de una fantasma; la casa como escenario de revelaciones de dinámicas privadas; la fluctuación de los límites entre lo fantástico, lo maravilloso y lo lógico-tradicional; el protagonismo de una localidad; la circularidad de los procesos; la errancia; etcétera.

Desde su primer capítulo, El verano de la serpiente invoca, tanto a lectores, como a personajes, a quebrar su relación respecto de la visión meramente realista de los acontecimientos. Maricarmen, una niña en ese instante, inicia la novela realizando un catastro de hechos históricos efectivamente acontecidos durante 1977, año de la Serpiente en el horóscopo chino, cuando, de pronto, mientras pasea junto a su familia, se encuentra con un enigmático presagio proveniente de una serpiente, mitad-humana-mitad-bestia, en un espectáculo de feria: “Ve más allá de lo visible, déjate guiar por los ojos de la serpiente”. De ahí en adelante, nada en la novela será lineal ni mimético. El devenir de El verano de la serpiente se instituirá como una obra cuyas capas se renovarán capítulo a capítulo a partir de historias prácticamente independientes las unas de las otras, con un cierre –final del libro– que evocará la idea de transición circular.

Más que la historia de un personaje o de una familia, El verano de la serpiente relata, de manera fragmentaria y a ratos desde distintas perspectivas, la historia de una serie de personajes que viven en una misma zona geográfica, y más específicamente, que comparten una misma calle, eso es todo, un mismo pedazo de tierra y nada más. Tan solo esto le basta a Cecilia Eudave para construir un universo que es arquetipo y no lo es al mismo tiempo, pues la construcción de personajes que Eudave consigue es rica y compleja, abundante en su construcción interna, historia de vida y en cuanto a los misterios que guardan, ya sea de manera evidente o no. Y tal como sucede con los mitos, las historias planteadas en cada capítulo de El verano de la serpiente quedan enraizadas poderosamente en el lector, por su estructura independiente, de fácil recordación y mágica. Los personajes padecen a partir de sus propias decisiones o bien por el curso de la vida misma y deben asumir sus consecuencias y errar en el presente. La señora Amelia, por ejemplo, una estrella de cine retirada que raya y tacha con odio los rostros de las actrices de moda en las revistas, “con un desprecio que nace de la envidia o de la desazón por lo perdido”. Cada historia opera desde una perspectiva mítica dentro del universo de la localidad desde donde El verano de la serpiente se narra. Los personajes se vuelven leyenda. Al final del libro, naturalmente, hay un engarce de todas y cada una de estas historias.

La lectura de la novela de Eudave nos enfrenta con personajes que en su vida privada tropiezan o dialogan con las tinieblas. Historias como la de una fantasma que recorre una casa y jamás sonríe, la de un hombre que cuelga todos los días a su perro de un árbol, la de un tío que bebe mientras recuerda cómo fracasó en la especialidad de Biología evolutiva, la de un niño espía, la de un padre que poco a poco se desvanece, la de un joven drogadicto, la de una serpiente o la historia de una relación sexual que va mucho más allá de un simple encuentro. “Con frecuencia me pregunté –dice Maricarmen– por qué las cosas, las pequeñas cosas domésticas que dormitan en nuestro quehacer cotidiano, cuando intentamos abandonarlas abren con desmesura sus emociones y nos conducen a la añoranza. Lejos de acumular polvo o robar espacio se alzan como presencias indispensables, coleccionando los ecos familiares donde continuamos existiendo de manera inmóvil en sus recuerdos”. Niños y adultos, ricos y miserables entretejen la red que sostiene esta novela plagada de recursos técnicos que Eudave maneja con una soltura y precisión envidiables. 

Gota a gota, estas historias van entrelazándose y configuran un discurso mayor, amalgamado por un secreto que el propio lector debe desentrañar. El verano de la serpiente se instituye así como una falsa novela negra. Otros géneros, como el horror y el realismo mágico, también están presentes, estableciéndose así una novela que transita por distintas modalidades de la escritura.

Llevo un tiempo peleando contra las novelas cortas. Las razones no tiene sentido exponerlas, pero sí lo que me pasó con El verano de la serpiente: esa percepción se fue oscureciendo después de terminar el libro, que a la postre terminó por transformarme. El verano de la serpiente es una novela que habita muchos tiempos a la vez, una aparición fantasmal que te advierte sobre el secreto de un verano escamoso que intercala realidades, orillándote a evadir o a mirar. 

 

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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