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“La misteriosa mirada del flamenco”: Lo comunitario como arma ante el prejuicio

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La ópera prima de Diego Céspedes, ganadora de la sección “Una Cierta Mirada” en Cannes, seleccionada por Chile para los Oscar y nominada al Goya, se consagra como la mejor película chilena de 2025. Un western queer tan sensible como conmovedor, que confirma el prometedor futuro de su director.


La misteriosa mirada del flamenco ha inscrito su nombre en la historia del cine chileno al conquistar uno de los reconocimientos más significativos del certamen francés, hazaña inédita hasta ahora. Ni Los colonos ni Bonsái ni La cordillera de los sueños, todas presentadas también en Una Cierta Mirada de Cannes, alcanzaron tal distinción. La película de Céspedes se impuso frente a una competencia de alto nivel internacional con películas de la talla de, entre otras, Un poeta, O riso e a faca, Pillion y Kokuho. Con lo que consolidó su estatura artística con innegable autoridad.

Aunque se trata de su primer largometraje, Céspedes no es ajeno a Cannes. Su trayectoria previa incluye los cortometrajes El verano del león eléctrico, ganador del Primer Premio de la Cinéfondation en 2018, y Las criaturas que se derriten bajo el sol (2022), obras en las que ya delineaba una poética singular, atravesada por una sensibilidad hacia los márgenes y una cuidada construcción visual. Con apenas 31 años, el director evidencia una coherencia autoral y una proyección internacional contundente.

Ambientada a inicios de los años ochenta en el desierto de Atacama, la película narra la historia de Lidia, una niña de once años que crece en el seno de una familia queer marginada, propietaria de un burdel en un polvoriento pueblo minero del norte chileno. La comunidad las responsabiliza de una extraña enfermedad que se propaga, supuestamente, a través de la mirada. Esta premisa, de resonancias alegóricas, articula una reflexión aguda sobre el estigma, el deseo y el miedo colectivo.

El film reformula los códigos del western desde una perspectiva radicalmente disidente. Si el género clásico erigía al pistolero como figura mítica del orden y la violencia, Céspedes subvierte esa mitología: aquí el arma no es el revólver, sino la mirada, el peligro no es la bala, sino el contagio simbólico del deseo. El suspenso se desplaza hacia lo psicológico y lo metafórico, configurando una poderosa alegoría sobre el VIH y la construcción social del pánico moral. En lugar de la defensa del territorio mediante la fuerza, emerge la protección del hogar a través del cuidado. El heroísmo, lejos de fundarse en la virilidad, nace de la vulnerabilidad y la solidaridad comunitaria.

Si bien pueden percibirse ecos de la comedia juguetona y la sensibilidad queer de Almodóvar, junto a una dimensión contemplativa cercana a cineastas como Lucrecia Martel o Alice Rohrwacher, la película de Céspedes logra afirmarse con una voz propia. El propio Almodóvar incursionó en el “western queer” con Extraña forma de vida, protagonizada por Pedro Pascal y Ethan Hawke, un ejercicio que resultó algo irregular.

Sin embargo, Céspedes, con mucha menos experiencia, consigue construir con mayor solidez una propuesta personal, donde el melodrama, el humor y ciertos destellos de realismo mágico conviven con absoluta naturalidad. A diferencia de otros westerns de temática LGBTQI+ centrados en la vivencia íntima de una pareja, como El secreto de la montaña, esta obra desplaza el foco hacia una dimensión colectiva: la construcción de una familia elegida que se sostiene en la complicidad y el afecto como respuesta a la exclusión social.

Crédito: Cedida

La película se constituye como un coming-of-age de notable delicadeza. A través de la mirada inocente de Lidia se despliega un universo marcado por la transfobia, el miedo a la enfermedad y la constante lucha por existir en la marginalidad. La infancia opera como un prisma ético y emocional desde el cual se exploran la identidad sexual, la pérdida y las distintas formas del amor.

La metáfora en torno al VIH se construye con claridad y potencia expresiva, evitando cualquier atisbo de didactismo e integrándose de manera orgánica al relato. Muy distinto a lo que propone Julia Ducournau en Alpha, donde el abordaje resulta menos logrado y carece de la sutileza e inteligencia que aquí se alcanza.

En el plano visual, la fotografía aprovecha la inmensidad y la aridez del desierto de Atacama para enfatizar la pequeñez de los cuerpos frente a la vastedad del paisaje. Predominan los tonos ocres y terrosos, propios del entorno minero, interrumpidos por irrupciones cromáticas más saturadas que introducen una dimensión casi onírica. El contraste entre la dureza del espacio y la fragilidad de los personajes intensifica la sensación de aislamiento y melancolía, al tiempo que confiere a la película una belleza plástica indiscutible.

Crédito: Cedida

El impacto emocional del film reside en su capacidad para transitar con fluidez entre la comedia y la tragedia, entre la ternura y el desgarro. Las interpretaciones, de una naturalidad conmovedora, sostienen la verosimilitud de un universo que, pese a su dimensión de realismo mágico, se siente profundamente humano.

La misteriosa mirada del flamenco no solo conmueve: interpela, desarma y permanece.

Se configura, sin duda, como una de las obras más significativas del cine chileno reciente y deja al espectador con el corazón y el alma destrozados.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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