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Sobre gustos, prejuicios y trampas culturales CULTURA|OPINIÓN Agencia Uno

Sobre gustos, prejuicios y trampas culturales

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Dan Campos Iglesias
Por : Dan Campos Iglesias Académico investigador. Profesor de Literatura.
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La poesía suele relacionarse en el ideario colectivo con lo celestial, lo divino, cosa que no está mal, pero también puede ser profundamente terrenal, pasional y subterránea, como un tipo de reguetón lo es (sí, hay más de un tipo/subgénero).


Es muy curioso que, como profesor de literatura, una de las preguntas que constantemente se me hace es si me gusta el reguetón, si lo escucho y si lo avalo o no. Con una mirada sin prejuicios, atenta a la historia de las formas culturales, filológica y bien documentada, se puede afirmar que el reguetón es poesía, es una forma contemporánea de poesía. Si después de leer esta afirmación naturalmente se espantó, permítase leer las siguientes líneas.

En primer lugar, porque la poesía no surge como literatura escrita, sino como lenguaje oral, rítmico y colectivo. Desde los cantos rituales hasta los romances y décimas populares, lo poético ha estado históricamente ligado a la voz y al cuerpo. La poesía primeramente tiene un origen oral.

En segundo término, el reguetón hace un uso estético consciente del lenguaje, sus letras recurren a desviaciones lingüísticas como: metáforas, hipérboles, epítetos, enumeraciones, prosopopeyas, paralelismos, onomatopeyas, entre muchas otras, recursos todos reconocidos por cualquier teoría de la poesía. Que estos procedimientos operen en un registro popular no los vuelve menos poéticos, solo distintos. En este mismo sentido, las temáticas que abarca, pueden ser cuestionadas, pero eso ya es gusto de cada quién, y la poesía, por su alma literaria, no restringe ningún tema.

Tercero, la presencia de una función simbólica y social, ya que el reguetón condensa temas y experiencias culturales como el poder, la raza, la corporalidad, la fiesta, los deseos, el amor y el desamor, la sexualidad, la fama, la traición, la riqueza, la nación, el género, pobreza, violencia, marginalidad, amistad, etc. y las transmite en signos culturales reconocibles. La poesía, desde siempre, ha sido una forma de elaboración simbólica de la experiencia colectiva. Cuarto, el género construye voces poéticas identificables. Hay un “yo” que habla desde una posición específica, exagera, provoca, presenta o interpela. Esa construcción de una voz, llamada hablante lírico, con léxico y tono propios, es uno de los rasgos centrales de la poesía.

Por último, el reguetón cumple una función mnemotécnica y ritual, similar a la de muchas formas poéticas tradicionales. Sus letras se memorizan, se repiten, se cantan colectivamente. La repetición, lejos de ser un defecto, ha sido históricamente uno de los pilares de la poesía oral. Finalmente, el reguetón debe entenderse como una poética situada, vinculada a contextos sociales y territoriales específicos, similar a lo que ocurrió en su momento con la aparición espontánea del Hip Hop, a considerar como un antecedente. Es más, la historia de la poesía demuestra que muchas expresiones hoy legitimadas fueron, en su origen, despreciadas por “vulgares” o “excesivas”. El rechazo actual al reguetón dice menos sobre su valor poético que sobre las jerarquías culturales que aún sostenemos, el peor argumento para defender algo es la “tradición”, y hoy y desde siempre el canon literario va por esa vía. El canon es a veces una verdadera trampa cultural. La poesía suele relacionarse en el ideario colectivo con lo celestial, lo divino, cosa que no está mal, pero también puede ser profundamente terrenal, pasional y subterránea, como un tipo de reguetón lo es (sí, hay más de un tipo/subgénero). Por último, habremos de recordar ahora a Nicanor Parra quien dijo: “Todo es poesía menos la poesía”.

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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