CULTURA|OPINIÓN
Crédito: Cedida
‘Sinners’: un vampírico homenaje al blues
Un blockbuster que calará más hondo dentro del pueblo estadounidense que en el de otras latitudes, pero que no deja indiferentes a los amantes del blues y su atmósfera (con un cameo entrañable de la leyenda viviente Buddy Guy).
En esta película imbuida de metáforas y simbolismos religiosos y culturales afroamericanos, dos hermanos gemelos (Smoke y Stack Moore, interpretados magistralmente por Michael B. Jordan) regresan a su pueblo en el sur profundo de Estados Unidos tras haber pasado siete años en Chicago dedicados a la actividad delictual, aparentemente bajo las órdenes de Al Capone. Estamos en 1932 y con su dinero mal habido, ambos con amores dejados atrás pero nunca olvidados, el plan es armar su propio juke joint (probablemente intraducible): una cantina rural donde se toca y se respira blues, con juegos de azar (ruleta, dados, cartas), baile, bebida y comida, y, sobre todo, sentido de comunidad. Un lugar característico de esa época, donde los aparceros y explotados trabajadores de las plantaciones y campos de algodón podían distenderse y refugiarse de las omnipresentes leyes de segregación: un espacio donde verdaderamente podían sentirse libres.
Para lograr su cometido, abriendo el local a lo grande y en sólo un día, los gemelos reclutan a su primo Sammie (debut fílmico del músico Miles Caton, vaya qué voz), un promisorio cantante y guitarrista de blues, el hijo de un predicador (como la canción de Dusty Springfield), que tendrá que debatirse entre seguir el camino de la iglesia o el de la música, oliendo en el mito de Robert Johnson y su pacto o la percepción del blues como “música del diablo” dentro de las comunidades sureñas profundamente religiosas, por cuanto éste “alejaba a las personas de las tradiciones cristianas” y los desviaba del bien moral y espiritual hacia los placeres mundanos. Para ayudar a los gemelos, a él lo acompañarán una serie de otros personajes propios de ese tiempo, introduciendo además al Ku Kux Klan, inmigrantes asiáticos con sus tiendas e irlandeses con sus tonadas, cada cual, con sus pecados, tentaciones o sufrimientos, en la contienda inherente del ser humano entre el “bien” y el “mal” que se confunden. Con mentiras que parecen verdad, y verdades que son mentira, en un ardid muy típico del ángel caído. O incluso, quizás sin querer, tanteando el concepto del Abraxas de Herman Hesse en Demian.
Como fuere, lograr que el negocio rente bien no será fácil, pues pronto se dan cuenta que muchos asistentes sólo pueden pagar con “el equivalente” a las fichas salitreras o de pulpería, en otro ejemplo más de la película con relación a los abusos y discriminación hacia los negros y las leyes Jim Crow. Un dinero inútil que empieza a entreabrir la puerta de la tentación.
Hasta ahí estamos ante lo que parece ser un filme de época, con una bellísima, delicada y profunda cinematografía, sólo para que un repentino e inicialmente desconcertante giro, nos invite a entrar al mundo de los vampiros y lo sobrenatural. Guardando las proporciones, algo así como en Del crepúsculo al amanecer(1996), pero en un tono más serio y autoral, fino y no grotesco: teniendo algo más que decir que meramente entretener. Y así pasamos ahora a un filme de terror, aunque nada como para saltar del asiento, con monstruos algo caricaturescos que nos hacen recordar que el director viene de una pasada por el mundo de Marvel y películas de franquicia.
La película dirigida por Ryan Coogler (Fruitvale Station, Creed, Black Panther) logró alcanzar el récord histórico con 16 nominaciones a los Premios Óscar (se desarrollarán el 15 de marzo), además de ganar varios otros galardones, consagrado ya como un director clase A de la industria hollywoodense. Sinners está quizás sobrecargada con muchos temas e ideas a la vez y una serie de secuencias de pirotecnia y elementos surrealistas (vemos a un DJ, a un rapero, entre otras cosas fuera de ese tiempo), pero logra ensamblarlas hábil y satisfactoriamente, con gran ritmo y sentido dramático. Pese a los excesos, funciona rozando la perfección.
En definitiva, un blockbuster que calará más hondo dentro del pueblo estadounidense que en el de otras latitudes, pero que no deja indiferentes a los amantes del blues y su atmósfera (con un cameo entrañable de la leyenda viviente Buddy Guy), y que nos recuerda, si bien de manera un tanto gruesa y poco ortodoxa, que buena parte de la música popular moderna nace, invariablemente, en las penurias del Delta del Mississippi, la cadencia de sus guitarras y la melancolía de sus armónicas. Que todo nació y floreció en pueblos sufridos como ése y en lugares polvorientos como ese juke joint que estos gemelos quisieron montar.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.