CULTURA|OPINIÓN
Crédito: Rodrigo Fernández
“Elefante”, un poemario alegórico y elegíaco de Teresa Calderón
Bello libro que es una gran metáfora, una alegoría sobre la vida y la muerte; un reconocimiento a la humanidad del mundo animal; una oración y un homenaje elegíaco al padre, tal vez el Gran Elefante, el Supremo Elefante, Alfonso Calderón Squadritto.
“Elefante” es un libro que en su aparente sencillez, en que el lenguaje poético fluye suave y caudaloso a la vez, bajo esa simplicidad hay una vasta profundidad, un trasfondo al que al lector está invitado, si busca conectarse con lo esencial de estos textos. Ya el título es enigmático: ¿por qué ese, el nombre del mayor mamífero que puebla la tierra, en África y Asia, el que tiene memoria para recordar viejos caminos y seres después de mucho tiempo, el que vive sus duelos, reconoce los huesos de sus muertos y acaso sabe dónde ir a morir.
El epígrafe está dedicado a “papá Alfonso”; es un libro que –en el decir de la autora– “reza” por él, el ilustre académico, poeta, escritor y Premio Nacional de Literatura 1998, Alfonso Calderón Squadritto; y el colofón cierra el círculo, refiriéndose nuevamente al padre, rememorando el viaje de este al “‘Oriente Eterno’, un sábado 8 de agosto de 2009 a las 09:25, antes de leer la prensa en cama, según su costumbre de Elefante”… La asociación es una clave para entender el mensaje de las aguas profundas de este poemario.
Un libro dividido en cuatro partes, la primera titulada “Elefantes… ¡a vivir!”, una invitación a la vida; con referencias personales, de familia y, no obstante, también a la muerte: “Mi padre tenía 5 años/ cuando la tijera de la Parca/ arrebató los blondos rizos de su hermana Alicia” (p. 22). “La pequeña elefanta/ tenía un año y nueve meses/ en Valparaíso de 1935” (p. 22). El lazo trenzado entre la humanidad y la nobleza del animal.
Un libro en que la intertextualidad está muy presente: “porque ya es lección sabida/ que a papas y a emperadores y a pequeñas Alicias/ así los trata la muerte/ como a los pobres pastores de ganado”, recordando a Jorge Manrique (p. 22). La presencia de canciones populares: “Alicia va en el coche, carolín” (p. 23); “¿El lobo está?”.
Un libro en que la empatía, el amor hacia los elefantes que, por ejemplo, atacan una aldea, como venganza por la acción humana, nos muestra una visión distinta a la oficial: “A eso el hombre lo llama barbarie, devastación,/ lo llama violencia, agresión de bestia la llama./ No lo llama dolor de animal herido” (p. 25). Un poemario con referencias a personajes del cine y la literatura: “Johnny Weismüller/ demente senil y desnudo/ estremece los ventanales antimisiles/ de las Twin Towers”, el actor que encarnó a Tarzán y su legendario grito, “junto a los zapatos rojos de Dorothy/ que guardan en sus tacones/ la memoria del camino amarillo/ en dirección a la ciudad Esmeralda/ al palacio del Mago de Oz” (p. 29). El entorno propio incorporado a la realidad del cine: “Tarzán, demente y senil/ maltratado por la prensa/ y los amigos que nunca tuvo/ muere en la Clínica Pocuro./ Tenía 79 años” (p. 36). Quizás un elefante muerto en una clínica psiquiátrica en Santiago de Chile. El guiño afectuoso a un poeta chileno, fallecido en 2024: “Un elefante/ jamás dará una droga mortal. /¿Verdad poeta Hernán Miranda?” (p. 36).
En la segunda parte del libro, “Elefantes librescos”, hay más de la humanidad de los elefantes, en ese entrelazamiento animal-ser humano:
“Los elefantes visitan a los enfermos/ como manda el cristianismo/ sienten algo parecido a la compasión./ Se ayudan se acompañan/ cuando están enfermos/ y se rinden homenaje/ cuando alguno fallece” (p. 50).
En la tercera parte del libro, “Palabra de Elefante”, la poeta citará abundantemente a autores y otras figuras históricas, su palabra dicha (dixit): Oscar Wilde, Gregorio Marañón, Emiliano Zapata, François Mauriac, Agatha Christie, Albert Einstein, Franz Kafka, Pierre Teilhard de Chardin, entre otros. Describirá y dará razones del comportamientos de algunos elefantes: “Son mamíferos huérfanos/ cuyos ancestros fueron asesinados/ pero ellos recuerdan el estrés/ el trauma causado por las matanzas/ y, en venganza, destruyen asentamientos humanos” (p. 64).
En la cuarta parte, “Elefantes héroes de guerras militares”, encontramos una documentada y extensa relación de elefantes en situaciones bélicas, nombrando a próceres como Darío III, Alejandro Magno, Aníbal, Julio César, y entre otras batallas históricas: de Gaugamela (331 a.C.), del río Hidaspes (326 a. de C.), llegando hasta el siglo XVIII. Todo esto muestra la grandeza y la presencia de los Elefantes en la historia, y unos versos magníficos, para el bronce: “El cementerio de los elefantes/ queda en el corazón del elefante”, como quizás también vale para la experiencia humana. Y así ellos nos pueden enseñar a morir, con qué humanidad ver y acoger a la muerte.
Bello libro que es una gran metáfora, una alegoría sobre la vida y la muerte; un reconocimiento a la humanidad del mundo animal; una oración y un homenaje elegíaco al padre, tal vez el Gran Elefante, el Supremo Elefante, Alfonso Calderón Squadritto, o al menos –según nos dice Teresa– un poemario que reza por él, y “su costumbre de Elefante”.
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