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Chile sin amortiguador

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¡Hola! Como muchos de ustedes, supongo, fui anoche a llenar el estanque con combustible. Y mientras lo hacía, pensaba en que la crisis del petróleo ya no se mide en dólares por barril, sino en decisiones políticas.

La suspensión del subsidio a los combustibles en Chile dejó al descubierto algo más profundo que el alza de precios: la fragilidad de un sistema que aún depende de ellos. Filas en bencineras, incertidumbre y una pregunta que atraviesa toda esta edición: ¿qué tan preparados estamos para vivir sin ese amortiguador?

  • Si esta edición fuera una serie, comenzaría con un giro de guion: el problema no es el precio del petróleo, sino su persistencia en nuestra vida cotidiana.

En el primer capítulo revisamos cómo la crisis global –descrita por la Agencia Internacional de Energía– redefine el tablero energético y empuja a Chile a acelerar una transición que ya no puede postergarse.

Luego, la cámara se desplaza al aire que respiramos: incendios, polvo y partículas PM2.5 que viajan más rápido que cualquier política pública, instalando una crisis sanitaria silenciosa y global.

En paralelo, el planeta revela su trama de fondo: un sistema climático que ya no solo se calienta, sino que además acumula energía, con impactos directos en glaciares, océanos y eventos extremos que también están reconfigurando el territorio chileno.

Pero no todo es diagnóstico. En esta temporada también aparecen protagonistas.

Desde la Patagonia, el glaciólogo Camilo Rada entra en escena con tecnología capaz de anticipar desastres, mientras que, desde el ámbito legal, Rosa Peña advierte que la transición energética podría repetir viejas desigualdades si no se regula cómo se cierran los proyectos fósiles.

Y en el último tramo, la serie abre una ventana de futuro: restauraciones ecológicas que comienzan a revertir daños, cachalotes que vuelven a ser visibles gracias a la ciencia y especies que reaparecen donde antes no las veíamos.

Porque, en medio de la crisis, también hay señales de transformación.

¡Listo! Hecho el resumen, ahora vamos a lo nuestro. Aseguren sus cinturones, que Juego Limpio parte en 4, 3, 2, 1… ¡Arrancamos!

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La crisis no es del petróleo, sino de su relevancia

Tras el anuncio del ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, de retirar el subsidio a los combustibles, se desató –como era de esperar– un shock colectivo. Filas de vehículos esperando cargar bencina y diésel es una imagen que se está repitiendo en todo Chile y que durará hasta el jueves, cuando suban los precios.

Mientras escribía en estas últimas horas Juego Limpio, reportes que me llegaron desde la Agencia Internacional de Energía pasan de la discusión sobre precios a poner el acento en la dependencia de los combustibles fósiles.

Ese diagnóstico internacional es plenamente extrapolable a Chile. La crisis del petróleo no distingue entre economías grandes o pequeñas, pero golpea con más fuerza a aquellas que no controlan su matriz energética.

En ese marco, la decisión del ministro Quiroz funciona como un punto de inflexión: expone el costo real de seguir anclados a los combustibles fósiles y empuja –por presión, más que por convicción– a acelerar una transición que ya no puede esperar.

Chile, sin embargo, no llega tan tarde. La transformación de su sistema eléctrico ya está siendo estructural: en 2025, las energías renovables representaron 63,3% de la generación total, con picos mensuales que alcanzaron hasta 72% e incluso 75% en ciertos momentos. En algunos días, la generación renovable superó el 50% de manera sostenida y en momentos puntuales la solar y la eólica llegaron a abastecer hasta el 79% de la demanda eléctrica.

No es una promesa. El crecimiento no es marginal. Chile cerró 2025 con más de 11,6 GW de capacidad solar instalada, con la energía fotovoltaica aportando cerca del 31% de la producción eléctrica, mientras que la solar y la eólica en conjunto explican cerca de un 38% del sistema. En capacidad instalada, las renovables ya superan el 67% del total nacional. Es decir, el país ya hizo lo más difícil: construir una base energética limpia y competitiva.

Pero esa base convive con una paradoja crítica: mientras la electricidad se descarboniza, el transporte –y con él la economía cotidiana– sigue dependiendo del petróleo.

Ahí nos estamos jugando la verdadera transición. El desafío no es solo generar energía limpia, sino electrificar el consumo, expandir la infraestructura de transmisión y resolver el problema del almacenamiento. Hoy, parte de la energía renovable se pierde por falta de capacidad de transporte o almacenamiento –los llamados vertimientos–, lo que revela que el cuello de botella ya no está en producir, sino en gestionar esa energía de forma eficiente.

Por eso, la salida no pasa por amortiguar el precio del combustiblesino por reducir su relevancia.

Los expertos consultados frecuentemente por Juego Limpio coinciden en que acelerar la electromovilidad, fortalecer el transporte público eléctrico, expandir redes de carga, invertir en baterías y sistemas de almacenamiento –donde Chile ya proyecta desarrollos de escala mundial– y avanzar en hidrógeno verde no son políticas climáticas: son estrategias de seguridad económica.

En un mercado global volátil, cada punto porcentual de energía que se desplaza desde el petróleo hacia fuentes renovables es también una reducción directa de vulnerabilidad.

La crisis del petróleo no crea el problema, lo expone. Y en esa exposición queda en evidencia que la única estabilidad posible no vendrá de contener los precios, sino de acelerar –sin ambigüedad– la salida de los combustibles fósiles.

2

Partículas PM2.5 viajan más rápido que las políticas públicas

Antes de profundizar en los informes actualizados que daré a conocer esta semana, partiré con imágenes que me resultan inequívocas. La primera: la crisis climática también se respira.

En 2025, incendios forestales fuera de control y tormentas de polvo cada vez más frecuentes reconfiguraron el mapa de la contaminación atmosférica global, empujando a millones de personas a convivir con un aire que ya no es seguro.

  • No se trata de episodios aislados, sino de una nueva normalidad donde el humo y las partículas viajan más rápido que cualquier política pública.

El último informe de IQAir confirma lo que hasta hace poco era una advertencia: la mayoría de la población mundial vive expuesta a niveles insalubres de contaminación. Solo el 14% de más de 9.000 ciudades analizadas cumple con los estándares recomendados por la Organización Mundial de la Salud (OMS).

El dato no solo es elocuente: las ciudades que habían mostrado mejoras en años anteriores retrocedieron, arrastradas por incendios masivos –como los de Canadá– y fenómenos extremos que amplifican la carga tóxica del aire.

  • La geografía ya no ofrece refugio. Las columnas de humo que surgieron en los incendios catastróficos en el sur de Chile el verano pasado, en Corea del Sur o el norte canadiense, cruzaron fronteras y océanos, mientras tormentas de polvo desde Asia hasta Texas convirtieron cielos enteros en zonas de riesgo sanitario. Vivir lejos del foco dejó de ser una garantía.

En el centro del problema están las partículas PM2.5: invisibles, microscópicas, pero capaces de atravesar pulmones y llegar al torrente sanguíneo. Son una mezcla de hollín, humo y compuestos químicos que hoy circulan con mayor intensidad, debido a la quema de combustibles fósiles y los incendios exacerbados por el calentamiento global.

  • La OMS estima que la contaminación del aire provoca al menos 4,2 millones de muertes prematuras al año, una cifra que instala el problema no solo como ambiental, sino como una de las principales crisis de salud pública del siglo XXI.

Pero hay otra capa menos visible e igual de crítica: la desigualdad en el acceso a los datos.

Mientras Estados Unidos y Canadá concentran más de la mitad de las estaciones de monitoreo incluidas en el informe, regiones como África –con cerca del 20% de la población mundial– apenas cuentan con el 1% de esa infraestructura.

América Latina y Asia Occidental enfrentan brechas similares. Sin datos, no hay diagnóstico; sin diagnóstico, las políticas se vuelven ciegas. La reciente decisión de Estados Unidos de reducir su monitoreo global desde embajadas profundiza ese vacío en un momento donde la información es, literalmente, una herramienta de supervivencia.

El informe deja una conclusión incómoda pero ineludible: la contaminación del aire no respeta fronteras, pero sí reproduce desigualdades.

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Informe del clima: entra más energía de la que sale

En este otro informe, voy con la segunda imagen: el planeta ya no se calienta, está acumulando energía.

El último informe sobre el estado del clima mundial, de la Organización Meteorológica Mundial (OMM), confirma que el período 2015-2025 fue el más cálido jamás registrado, con 2025 instalado entre los tres años más calurosos y una temperatura global que bordea los 1,43 °C por sobre la era preindustrial.

Pero más que la cifra, lo que cambia es la dinámica: el sistema climático perdió capacidad de amortiguar extremos y comenzó a amplificarlos.

Ese cambio ya tiene traducción concreta en Chile. El retroceso sostenido de los glaciares –uno de los indicadores más claros del informe– impacta directamente en la seguridad hídrica del país.

En la zona central y en la cordillera andina, estas masas de hielo funcionan como reservas estratégicas que regulan el agua en períodos de sequía. Su pérdida no es solo ambiental: redefine caudales, afecta el consumo humano, tensiona la agricultura y pone en cuestión la estabilidad de sistemas energéticos que dependen de esos flujos.

El océano, que ha absorbido la mayor parte del exceso de calor del planeta, también comienza a mostrar señales de agotamiento. Para un país con más de 6 mil kilómetros de costa, ese dato es estructural.

  • El calentamiento oceánico altera ecosistemas marinos, modifica corrientes y afecta la productividad biológica, con impactos directos en la pesca y la biodiversidad. A esto se suma una mayor frecuencia de eventos como marejadas intensas y anomalías térmicas, que reconfiguran la relación entre el territorio y el mar.

La intensificación de eventos extremos que describe la OMM tampoco es ajena: Chile ya experimenta esa nueva lógica climática.

Una megasequía prolongada en la zona central, lluvias intensas y concentradas en cortos periodos, olas de calor más frecuentes y temporadas de incendios forestales cada vez más destructivas. No son eventos aislados, sino expresiones locales de un sistema global que acumula energía y la libera de forma más abrupta.

El nuevo indicador que introduce el informe –el desequilibrio energético de la Tierra– refuerza el problema estructural. En términos simples: entra más energía al sistema de la que puede salir.

Para Chile, esto implica la necesidad de repensar infraestructura, políticas públicas y planificación territorial en clave de adaptación. No se trata solo de reducir emisiones, sino también de prepararse para un escenario donde la variabilidad climática será la norma y no la excepción.

El informe deja además una advertencia que resuena con fuerza en la economía chilena: el clima ya no es un factor externo, sino un componente del riesgo sistémico.

Sectores como la minería, la agricultura y la energía dependen de condiciones cada vez más inestables, mientras el estrés hídrico y térmico comienza a afectar productividad y exportaciones. La transición energética aparece como una oportunidad, pero también como una urgencia.

4

Camilo Rada: National Geographic Explorer

En la Patagonia, el trabajo científico rara vez busca reconocimiento. Sin embargo, esta vez llegó. El glaciólogo chileno Camilo Rada fue nombrado National Geographic Explorer, una distinción que no solo destaca una trayectoria, sino que sitúa también una forma de hacer ciencia: rigurosa y urgente.

No es un premio a la contemplación del glaciar, sino a su lectura en tiempo real.

Piensen en esto: Rada no observa glaciares, los escucha. Tal cual, su trabajo se inscribe en una generación de científicos que ya no estudian sistemas aislados, sino sistemas en tensión.

Desde la Universidad de Magallanes, ha construido una línea de investigación que entiende la criósfera como un sistema dinámico, atravesado por el calentamiento global y sus efectos más impredecibles. En ese cruce entre ciencia y riesgo emerge su principal contribución: anticipar lo que antes solo podía registrarse después de ocurrido.

  • El reconocimiento de National Geographic tiene un núcleo concreto: el desarrollo de SAGAZ, un sistema de monitoreo de lagos glaciares que funciona como una red de alerta temprana frente a inundaciones repentinas. Boyas, sensores, datos en tiempo real. Tecnología desplegada en territorios extremos para detectar un fenómeno cada vez más frecuente: el vaciamiento súbito de lagos glaciares. Eventos que no solo reconfiguran el paisaje, sino que pueden además arrasar con comunidades completas en cuestión de horas.

En Chile, donde existen miles de lagos glaciares y cientos presentan niveles de riesgo significativo, el proyecto de Rada resulta necesario. La Patagonia, en este contexto, deja de ser una postal remota para convertirse en un laboratorio climático global. Lo que ocurre ahí –el retroceso del hielo, la inestabilidad de las cuencas, la acumulación de agua– es anticipatorio. Y lo que se mide en el sur comienza a proyectarse como modelo para otras regiones del mundo.

  • Ser parte de la red de National Geographic Explorers implica financiamiento, visibilidad y acceso a una comunidad internacional de investigación. Pero, sobre todo, una validación de enfoque: la ciencia que importa hoy no es solo la que explica, sino también la que permite actuar.

En ese sentido, el trabajo de Camilo Rada se sitúa en un punto clave: entre el conocimiento y la prevención, entre la observación y la decisión.

5

Rosa Peña de AIDA: “Cuando se habla de descarbonización, se piensa en desconectar las termoeléctricas, no en lo que pasa después”

En una audiencia ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), organizaciones y comunidades expusieron que décadas de explotación de carbón, petróleo y gas han dejado impactos profundos, y que el cierre de estos proyectos, lejos de resolverlos, podría agravarlos si se realiza sin estándares claros.

  • Casos de Chile, Colombia, Ecuador y República Dominicana evidenciaron un patrón regional: operaciones que terminan sin reparación suficiente, responsabilidades difusas y territorios que quedan a la deriva en medio de la transición.

En ese contexto, conversamos con Rosa Peña, abogada senior de la Asociación Interamericana para la Defensa del Ambiente (AIDA), quien participó en la audiencia y ha seguido de cerca estos procesos en la región.

-¿Qué patrones comunes identifican en estos conflictos socioambientales asociados a los combustibles fósiles en América Latina?

-Lo principal es que ninguno de los países cuenta con un marco normativo o institucional lo suficientemente sólido para atender esta nueva fase de la transición energética. Tenemos políticas climáticas, pero no se ha pensado en los proyectos concretos ni en cómo se van a cerrar. No es solo cuándo, es cómo: a quiénes se involucra y cómo se atienden los impactos que quedan en salud, ambiente y economía.

-¿Cuáles son hoy los principales riesgos en los procesos de cierre de estos proyectos?

-Estamos viendo un riesgo muy alto de abandono. En varios casos, las empresas simplemente se retiran sin hacer procesos adecuados de cierre ni diálogo con las comunidades. Eso deja impactos sin reparar y responsabilidades poco claras. El abandono, la elusión de responsabilidad corporativa y la falta de identificación de quién debe responder, son tendencias que se repiten en toda la región.

-En el caso de Chile, ¿qué situaciones ilustran estos problemas?

-Un ejemplo es Tocopilla. Cuando se habla de descarbonización, se piensa en desconectar las termoeléctricas, pero no en lo que pasa después. En ese caso, había grandes reservas de carbón y, ante la falta de regulación, se optó por una quema acelerada para deshacerse de ellas. Eso generó más impactos en una comunidad que ya venía acumulando daños, sin ningún beneficio real en términos energéticos.

-¿Qué cambios concretos están solicitando a la CIDH?

-Le pedimos que establezca lineamientos claros para los Estados sobre cómo cerrar estos proyectos con enfoque de derechos humanos. Eso implica participación efectiva de las comunidades, identificación de impactos, responsabilidades claras, planes de remediación y garantías financieras. También es clave definir cómo se crean alternativas económicas en territorios que han dependido por décadas de estas actividades.

-¿Qué ocurre cuando estos procesos no se gestionan adecuadamente?

-Se generan crisis socioeconómicas muy fuertes. Hay pérdida de empleos directos e indirectos, caída de ingresos públicos y un deterioro del tejido social. Muchas comunidades quedan sin alternativas laborales, con problemas de salud no atendidos y con una identidad construida en torno a una actividad que desaparece sin transición. Eso provoca rupturas profundas, incluso a nivel familiar y comunitario.

-Mirando hacia adelante, ¿cómo evitar que la transición energética reproduzca estas mismas vulneraciones?

-Hay que repensar el sistema completo. No basta con cambiar la fuente energética si seguimos con modelos centralizados que usan territorios como zonas de producción. Hay que descentralizar, promover la autogeneración y dejar de ver estos lugares solo como proveedores de energía. Además, necesitamos invertir más en ciencia y tecnología, porque muchas alternativas –como el hidrógeno verde– todavía tienen incertidumbres y riesgos importantes. La transición tiene que ser planificada desde el inicio, incluyendo cómo van a cerrar también los proyectos del futuro.

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Futuro en Marcha

Como cada semana, en Futuro en marcha reunimos iniciativas, hallazgos y decisiones que están impulsando cambios reales en acción climática, restauración ecológica y conservación de la biodiversidad, mostrando que la transición ya no es solo una idea, sino un proceso que avanza y se instala en el presente.

Nuevo comienzo para el pingüino de Humboldt en Zapallar

La isla Cachagua, uno de los principales refugios del pingüino de Humboldt en Chile, entró en una nueva fase de protección: la restauración ecológica activa. Impulsado por Conaf, la Municipalidad de Zapallar y la ONG Island Conservation, el plan busca revertir años de deterioro en un ecosistema insular crítico, donde hoy se juega parte importante de la supervivencia de la especie. Chile concentra cerca del 80% de la población mundial de este pingüino, lo que convierte cualquier intervención en estos territorios en una acción de alcance global.

El foco inmediato está puesto en un enemigo silencioso: las especies invasoras. La erradicación de roedores –responsables de depredar nidos y reducir el éxito reproductivo– marca el inicio de una intervención que combina ciencia, control territorial y protocolos estrictos para evitar nuevos impactos. Más que una medida puntual, el proyecto en Cachagua instala una señal: la conservación ya no basta; la restauración se vuelve urgente en un escenario donde los ecosistemas degradados empiezan a definir el futuro de la biodiversidad.

Gigantes del océano: Chile logra el primer marcaje de cachalotes

Por primera vez en el Pacífico suroriental, un equipo científico logró marcar cachalotes con dispositivos satelitales en Chañaral de Aceituno, en la Región de Atacama, abriendo una nueva etapa en el estudio de estos cetáceos. El hito –liderado por investigadores de instituciones como el Centro Ballena Azul, la Universidad de Valparaíso y COPAS Coastal– permitirá seguir sus desplazamientos durante meses, algo hasta ahora prácticamente imposible, debido a su comportamiento oceánico y sus inmersiones profundas.

Los primeros datos ya comienzan a revelar rutas hacia el norte, en dirección a la fosa de Atacama, aportando información clave sobre sus áreas de alimentación y movimiento. Este avance no solo fortalece la investigación científica en Chile, sino que también entrega herramientas concretas para la conservación de la especie frente a amenazas como la pesca y el tráfico marítimo, consolidando al Archipiélago Humboldt como un territorio estratégico para la protección de la biodiversidad marina.

Hallazgo en Aysén: monito del monte se protege en la Patagonia

Un equipo de científicos confirmó recientemente el registro más austral conocido del monito del monte en la Región de Aysén, extendiendo su distribución en cerca de 100 kilómetros hacia el sur respecto de lo que se conocía hasta ahora. El hallazgo ocurrió en el valle del río Figueroa y fue validado mediante análisis genéticos, lo que permitió confirmar la presencia de este pequeño marsupial en una zona donde hasta ahora no había evidencia científica.

El descubrimiento no solo redefine el mapa de esta especie –considerada un “fósil viviente” por ser el único representante de un antiguo linaje de marsupiales–, sino que abre nuevas preguntas sobre su adaptación y distribución en la Patagonia. Los investigadores advierten que este registro sugiere la existencia de poblaciones aún no documentadas en el sur de Chile, en territorios históricamente poco estudiados, lo que posiciona a Aysén como un nuevo foco clave para la investigación y conservación de la biodiversidad.


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