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Biodiversidad bajo presión, pero no derrotada

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¡Hola! En esta edición de Juego Limpio el foco está puesto en las múltiples caras de un mismo mapa, uno donde conviven el deterioro y la resistencia, la evidencia y la esperanza. Leer ese cruce –y hacerse cargo de lo que implica– es hoy parte central del desafío.

  • En los océanos, por ejemplo, la evidencia es tan amplia como inquietante: químicos de origen humano están presentes en todo el planeta, incluso en zonas prístinas como la Patagonia. A bordo de un barco científico chileno, una buena parte de esta contaminación invisible, acumulativa, reveló hasta qué punto la huella humana es difícil de revertir.
  • Pero mientras esa presión avanza, la biodiversidad no se queda inmóvil. Desde las estepas de Asia hasta los bosques y costas de Chile, especies que estuvieron al borde de desaparecer están logrando recuperarse gracias a la restauración de sus hábitats. No es una victoria definitiva, pero sí una señal alentadora.
  • En paralelo, la ciencia intenta seguirle el ritmo a un planeta que cambia. En la Antártica, investigadores latinoamericanos fortalecen una red de sensores que mide en tiempo real variables clave del clima. Es un trabajo silencioso, muchas veces extremo, pero fundamental para entender lo que viene y anticipar sus efectos.

Al mismo tiempo, una investigación publicada en Nature propone una imagen incómoda pero potente: las emisiones de carbono funcionan como basura domiciliaria. Nadie paga por su tratamiento. Es una forma de explicar por qué la crisis no solo es ambiental, sino también profundamente económica.

Y, sin embargo, entre ese diagnóstico complejo, también aparecen señales de futuro. Un cóndor sobrevolando los cerros de Renca recuerda que la naturaleza sigue habitando la ciudad. En el desierto de Atacama, un proyecto busca rescatar prácticas milenarias de crianza de camélidos como respuesta a la crisis climática. Y en la Patagonia, el turismo comienza a transformarse en una herramienta de restauración, más que de explotación.

¡Listo! Hecho el resumen, ahora vamos a lo nuestro. Aseguren sus cinturones, que Juego Limpio parte en 4, 3, 2, 1… ¡Arrancamos!

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Biodiversidad en resistencia: las especies que le están ganando terreno a la extinción

El planeta atraviesa una de sus mayores alertas ambientales. Con cerca de un millón de especies en riesgo de desaparecer, científicos advierten que la Tierra podría estar entrando en su sexta extinción masiva. Pero en medio de ese escenario, la biodiversidad no se rinde. Desde las estepas de Asia hasta los bosques y costas de Chile, hay especies que están dando la batalla sin dejar caer los brazos.

En Asia Central, el saiga volvió a correr donde alguna vez desapareció. Este antílope, diezmado por la caza y las enfermedades, pasó de menos de 50 mil ejemplares a casi 4 millones en menos de dos décadas, gracias a la restauración de su hábitat. La lección es clara: cuando el territorio se recupera, la vida también lo hace.

En África, los gorilas de montaña siguen trepando contra todo pronóstico. Con apenas unos mil individuos, su recuperación ha sido lenta pero sostenida, impulsada por la protección de bosques y la restauración de ecosistemas en la región de Virunga. Aun así, siguen en una delgada línea entre sobrevivir o desaparecer.

En Sudamérica, el jaguar intenta reconquistar la selva que perdió. En la fragmentada Selva Atlántica, la regeneración de bosques y la creación de corredores biológicos permitieron que su población creciera en zonas como el Alto Paraná. No es una recuperación total, pero sí una señal de que el ecosistema puede recomponerse.

Bajo el mar, el dugongo resiste en silencio. Dependiente de las praderas marinas, su supervivencia está ligada a la restauración de ecosistemas costeros. Iniciativas en lugares como el Golfo Pérsico muestran que, incluso en entornos altamente degradados, la recuperación es posible.

En islas del Caribe, la culebra corredora de Antigua pasó de 50 a más de mil ejemplares tras eliminar especies invasoras. Su historia demuestra que, en territorios aislados, la restauración puede tener efectos rápidos y profundos, reactivando ecosistemas completos.

En Chile, esa misma batalla también se está dando. El huemul reaparece en zonas donde se le daba por perdido, con nuevas crías registradas en la cordillera. Sigue en peligro de extinción, pero en zonas como Ñuble y Aysén se han detectado nuevas poblaciones y nacimientos recientes. Proyectos de conservación y corredores biológicos han permitido recuperaciones locales, con grupos más estables en áreas protegidas. Es un caso de mejora incipiente, aunque aún en situación crítica a nivel nacional.

El picaflor de Arica, que estuvo al borde de desaparecer, ha conseguido aumentar su población gracias a la recuperación de su hábitat. Gracias a restauración de hábitat y control de especies invasoras, su población ha aumentado de 200 ejemplares a más 500. Ha pasado de una situación crítica a una recuperación progresiva, aunque sigue en peligro.

El zorro de Darwin muestra señales de estabilidad tras años de declive. Es endémico de Chile, con poblaciones en Chiloé y Nahuelbuta. Programas de conservación han permitido estabilizar e incluso aumentar su número en ciertas áreas. Aunque sigue en peligro, su tendencia dejó de ser regresiva en algunos territorios.

A ellos se suman el loro tricahue, cuyas colonias han crecido en Chile central; el chungungo, que vuelve a ocupar espacios en la costa gracias a áreas marinas protegidas; y la ranita del Loa, que se creía extinta, hoy es parte de programas de reintroducción.

Estas historias no borran la magnitud de la crisis, pero sí cambian el tono del relato. La biodiversidad está bajo presión, pero no derrotada.

2

La huella química global: químicos de origen humano en todo el océano

Durante años, el océano fue visto como un espacio capaz de diluirlo todo. Pero esa idea empieza a desmoronarse. Un estudio internacional liderado por la Universidad de California, Riverside, confirmó que los químicos generados por la actividad humana están presentes en todo el océano global, incluso en lugares considerados prístinos, como la Patagonia.

La investigación –una de las más completas realizadas hasta ahora– analizó más de 2 mil muestras de agua recolectadas durante una década en distintos puntos del planeta. Los resultados fueron categóricos: no hubo prácticamente ningún sitio sin rastros de intervención química humana. Desde el Pacífico hasta el Atlántico y el Índico, la presencia de estos compuestos es más extensa y abundante de lo que se pensaba.

El estudio identificó cerca de 260 compuestos orgánicos antropogénicos, incluyendo moléculas asociadas a pesticidas, productos farmacéuticos e insumos industriales. En otras palabras, elementos que forman parte de la vida cotidiana en tierra firme están hoy integrados en la química del océano, particularmente en zonas costeras.

Chile no quedó al margen. Parte de las muestras provino de la expedición Taitao, realizada en 2018 a bordo del buque “Cabo de Hornos”, con participación de científicos del Centro COPAS Coastal de la Universidad de Concepción. Incluso en estos ecosistemas australes, valorados por su biodiversidad, se detectaron contaminantes, lo que refuerza la idea de que la huella humana ya es global.

  • Uno de los hallazgos clave es que estos compuestos son más abundantes cerca de la costa y disminuyen hacia mar abierto. Esto apunta directamente al origen del problema: las actividades en tierra. Plásticos, lubricantes, pesticidas y productos farmacéuticos terminan, de una u otra forma, ingresando al sistema marino.

El desafío es complejo. Limpiar el océano no solo es difícil, sino también costoso. Por eso, los expertos coinciden en que la clave está en la prevención: reducir la entrada de contaminantes desde su origen. Medidas como mejorar los sistemas de tratamiento y controlar los residuos químicos aparecen como urgentes si se quiere evitar que el problema escale.

“Prácticamente no hubo ningún lugar del que tomáramos muestras que no mostrara un impacto químico humano”, afirmó tras la publicación del estudio Jarmo-Charles Kalinski, antiguo investigador postdoctoral del grupo de Petras en la UC Riverside y autor principal del estudio.

Los autores de la investigación subrayan que estos análisis solo ofrecen una primera visión de conjunto y que se necesitan más análisis detallados para determinar con precisión las concentraciones. Además, se desconocen en gran medida los efectos de las concentraciones químicas acumuladas y sus consecuencias ecológicas a largo plazo.

El estudio muestra claramente que los seres humanos están cambiando la química marina. Lo que esto significa para la vida marina, las cadenas alimentarias o la capacidad de recuperación de los ecosistemas, está todavía por verse.

3

Monitoreo latinoamericano registra el pulso climático de la Antártica

En medio de uno de los territorios más extremos del planeta, la ciencia avanza paso a paso –y a veces, literalmente contra en viento–. Durante la reciente Expedición Científica Antártica, un equipo del Instituto Antártico Chileno (INACH) recorrió la península para asegurar el funcionamiento de una red clave: estaciones que registran, en tiempo real, el pulso climático del continente blanco.

  • Se trata de un sistema de sensores distribuidos en 17 puntos de la Antártica, que mide variables como temperatura, humedad, viento, radiación solar y concentración de CO₂. En esta campaña, además de mantener estaciones ya existentes, se instalaron nuevos equipos en zonas estratégicas como el monte Vinson y la isla Detaille, ampliando la capacidad de observación en un territorio clave para entender el cambio climático global.

El despliegue no fue en solitario. La misión se realizó a bordo del buque ARC Simón Bolívar, de la Armada de Colombia, en el marco de una cooperación regional que incluyó a investigadores de distintos países latinoamericanos. Esta alianza permitió ampliar el alcance de la investigación y compartir conocimientos en un escenario donde la coordinación es tan importante como la tecnología.

Trabajar en la Antártica implica adaptarse a condiciones impredecibles. El equipo debió realizar intervenciones en ventanas de tiempo acotadas, condicionadas por el clima, el estado del mar y la logística del buque. En algunos casos, una ventisca repentina obligó a suspender trabajos en terreno, recordando que en este continente la naturaleza siempre tiene la última palabra.

Pese a las dificultades, el objetivo es claro: generar datos de alta calidad que permitan entender cómo está cambiando el clima en uno de los puntos más sensibles del planeta. Con el tiempo, esta información se transforma en una herramienta clave para investigaciones científicas y modelos de predicción, siguiendo estándares internacionales.

La campaña también incluyó acciones concretas de cuidado ambiental, como la recolección de restos de antiguas instalaciones humanas para reducir la huella en el territorio. En paralelo, se avanza en el desarrollo de nuevas plataformas digitales que facilitarán el acceso a estos datos, permitiendo que investigadores de distintas disciplinas puedan integrarlos en sus estudios.

Así, entre sensores, hielo y cooperación internacional, la Antártica se consolida como un laboratorio natural donde se mide –y se intenta comprender– uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo.

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Emisiones GEI como basura invisible: el costo climático que nadie paga

Una reciente investigación, liderada por la Universidad de Stanford y publicada en la revista Nature, propone una forma tan simple como incómoda de entender el cambio climático: las emisiones de gases de efecto invernadero funcionan como basura. No una basura cualquiera, sino una que se acumula, no se elimina y cuya cuenta nadie paga.

El estudio plantea que cada tonelada de dióxido de carbono liberada a la atmósfera actúa como un residuo mal gestionado. A diferencia de la basura doméstica –que tiene sistemas de recolección, tratamiento y costos asociados–, el carbono se dispersa en el aire y permanece allí durante décadas o incluso siglos, generando daños que se expanden en el tiempo.

La analogía no es casual. Los investigadores comparan el sistema actual de emisiones con un modelo en el que los contaminadores externalizan los costos: es decir, producen un daño, pero no lo asumen. En este caso, ese daño se traduce en pérdidas económicas futuras, asociadas a fenómenos como olas de calor, sequías, eventos extremos o caída en la productividad.

El punto central del estudio es que este “basurero atmosférico” no solo crece, sino que además acumula intereses. A diferencia de otros impactos ambientales más inmediatos, el carbono sigue generando efectos mucho después de ser emitido. Es una deuda que se agranda con el tiempo y que terminarán pagando otros: futuras generaciones o países más vulnerables.

Desde esta perspectiva, el problema climático deja de ser solo ambiental y se convierte en un asunto económico. La investigación cuantifica pérdidas potenciales a escala global que superan ampliamente los costos estimados en estudios anteriores, justamente porque incorpora este carácter acumulativo del daño.

El enfoque también cuestiona la forma en que se diseñan las políticas públicas. Si las emisiones son tratadas como residuos sin costo, el incentivo para reducirlas sigue siendo bajo. En cambio, si se entienden como basura que debe ser gestionada –y pagada–, se abre la puerta a instrumentos como impuestos al carbono, compensaciones o regulaciones más estrictas.

La imagen es potente, porque simplifica un fenómeno complejo: emitir CO₂ es, en términos prácticos, como botar basura al aire y desentenderse de las consecuencias. Solo que, a diferencia de un vertedero visible, este se expande de forma invisible sobre todo el planeta.

Y esa es precisamente –advierten los autores– la raíz del problema. Mientras el sistema permita seguir acumulando esa “basura” sin hacerse cargo de su costo real, el cambio climático no solo continuará, sino que se volverá cada vez más caro de enfrentar.

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Futuro en marcha

Como cada semana, en Futuro en marcha reunimos iniciativas, hallazgos y decisiones que están impulsando cambios reales en acción climática, restauración ecológica y conservación de la biodiversidad, mostrando que la transición ya no es solo una idea, sino sobre todo un proceso que avanza y se instala en el presente.

Condor sobrevoló cerros de Renca

Desde lo alto de los cerros de Renca, un cóndor andino sobrevoló la ciudad y rompió la idea de que la naturaleza está lejos de lo urbano. La secuencia, captada por el fotógrafo Rodrigo Vera el 7 de marzo de 2026, no fue solo un avistamiento: evidenció el rol ecológico de estos cerros isla como refugio, ruta y punto de equilibrio para distintas especies.

Con una envergadura cercana a los tres metros, el cóndor aprovechó las corrientes térmicas que se generan en estos espacios para elevarse y desplazarse entre cordilleras, conectando ecosistemas. La escena recordó que proteger estos territorios también implica resguardar la vida que persiste en la ciudad.

National Geographic Society apuesta por camélidos en Atacama

Un proyecto sobre la crianza de camélidos en el desierto de Atacama fue seleccionado por la National Geographic Society en el programa Enduring Impacts, destacando entre 216 postulaciones globales. La investigación, liderada por Francisca Santana-Sagredo, busca reconstruir la historia de esta práctica milenaria combinando evidencia arqueológica y saberes tradicionales para abordar desafíos actuales como la sostenibilidad y el cambio climático.

En el equipo participan Mauricio Uribe como coinvestigador, junto a Isabel Cartajena y Pablo Méndez Quiros, especialistas en camélidos y metodologías de excavación. La iniciativa contempla un trabajo colaborativo con comunidades de Tarapacá, con el objetivo de fortalecer una tradición que se remonta a más de 2 mil años.

Patagonia chilena: modelo de turismo regenerativo

La Patagonia chilena está consolidando un modelo de turismo regenerativo que busca ir más allá de la simple observación del paisaje, promoviendo experiencias que restauran ecosistemas, educan a los visitantes y fortalecen a las comunidades locales. En regiones como Magallanes, operadores, estancias y alojamientos han adoptado prácticas que priorizan el respeto por entornos prístinos, incorporando enfoques educativos, vínculos culturales con pueblos originarios y una relación más consciente con el territorio.

Este enfoque también se traduce en acciones concretas, como el uso de producción local, circuitos culturales auténticos y modelos de economía circular en destinos como Torres del Paine, donde la gestión de alimentos y residuos se integra al entorno. Así, el turismo regenerativo emerge como una respuesta a la crisis climática y la pérdida de biodiversidad, proponiendo una industria que no solo reduzca su impacto, sino que contribuya activamente a la conservación.


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Antes de despedirme quiere recodarte que en tres semanas más se llevará a cabo la Primera Conferencia Internacional para la Transición más allá de los Combustibles Fósiles. Hasta la fecha, 47 países y más de 2.600 organizaciones y comunidades han confirmado su participación en la conferencia que se celebrará en Santa Marta, Colombia, desde el 24 al 29 de abril. Allí se reunirán para lanzar una coalición internacional que acelere la transición hacia fuentes de energía alternativas. La Comisión Europea, junto con las presidencias de la COP30 y la COP31, también participarán.

Si quieres seguir de cerca la conferencia, puedes regístrate AQUÍ.

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