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El Reloj del Juicio Final marca solo 85 segundos para la destrucción ANÁLISIS The Bulletin

El Reloj del Juicio Final marca solo 85 segundos para la destrucción

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Alberto Rojas
Por : Alberto Rojas Director del Observatorio de Asuntos Internacionales de la Escuela de Periodismo y Comunicación de la U. Finis Terrae. @arojas_inter
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El Reloj del Juicio Final no anuncia un apocalipsis inminente. Lo que advierte es algo más inquietante: la normalización de vivir al borde del abismo. Y ese costo no se paga solo en las capitales de las grandes potencias, sino también en países como Chile.


El anuncio pasó relativamente inadvertido, pero es una de las señales más inquietantes del sistema internacional actual. Ayer, el Bulletin of the Atomic Scientists informó que el Reloj del Juicio Final (Doomsday Clock) avanzó de 89 a 85 segundos para la medianoche: el punto simbólico que representa una catástrofe global causada por el ser humano.

Esta es la posición más cercana al fin del mundo desde que el reloj fue creado en 1947, y no responde a un solo conflicto, sino a la convergencia de riesgos que hoy se retroalimentan: guerra, armas nucleares, crisis climática, tecnologías disruptivas y un deterioro acelerado de la cooperación internacional.

Lo del Reloj del Juicio Final no es un “pronóstico” ni un artefacto de ciencia ficción; es, deliberadamente, una señal política y científica. Y por eso, el Bulletin movió la aguja en un contexto marcado por el aumento de tensiones entre potencias, la persistencia de guerras abiertas y la sensación, cada vez más extendida, de que los mecanismos de contención construidos tras la Guerra Fría están perdiendo eficacia.

El reloj nació como metáfora en la posguerra. El Bulletin of the Atomic Scientists fue fundado en 1945 por científicos vinculados al Proyecto Manhattan, entre ellos, figuras como Albert Einstein y J. Robert Oppenheimer, con el objetivo explícito de alertar a la opinión pública y a los responsables políticos sobre los peligros del uso descontrolado de la ciencia.

Dos años después, en 1947, el reloj apareció por primera vez, marcando siete minutos para la medianoche. Desde entonces, su ajuste anual queda en manos del Science and Security Board, en consulta con su Board of Sponsors, que incluye a varios premios Nobel.

La historia del reloj es también la historia de las oscilaciones del orden mundial. Se ha alejado de la medianoche en momentos de distensión y acuerdos verificables, y se ha acercado cuando han predominado la confrontación, la desconfianza y las carreras armamentistas.

Por ejemplo, en 1991, tras el fin de la Guerra Fría y la firma de acuerdos clave de desarme, el reloj retrocedió hasta 17 minutos, la distancia más amplia jamás registrada. Pero ese alivio fue temporal. En los últimos años, la aguja no ha hecho más que avanzar: en 2023 se fijó en 90 segundos, en 2025 pasó a 89 y, ahora, vuelve a acercarse peligrosamente.

Las razones que explican este nuevo ajuste son múltiples y simultáneas. En primer lugar, la erosión del sistema de control de armas nucleares. El Bulletin advierte que el tratado New START, el último gran acuerdo que limita las armas nucleares estratégicas desplegadas de Estados Unidos y Rusia, está próximo a expirar, poniendo fin a casi seis décadas de esfuerzos por contener la competencia nuclear entre las dos principales potencias atómicas.

A ello se suma la posibilidad, cada vez menos remota, de que algunos países retomen pruebas nucleares explosivas, lo que supondría un quiebre psicológico y estratégico de enormes consecuencias.

En segundo término, la crisis climática. Según el propio Bulletin, la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera alcanzó un nuevo máximo, situándose en torno a un 150% de los niveles preindustriales.

El 2024 fue el más cálido desde que existen registros modernos y 2025 mantuvo temperaturas similares, junto con un récord en el aumento del nivel medio del mar. El reloj, en este sentido, no solo mide riesgos militares, sino también el deterioro de los sistemas naturales que sostienen la estabilidad económica y social.

Un tercer factor es el avance de tecnologías disruptivas sin marcos regulatorios sólidos. La declaración de 2026 advierte sobre la convergencia entre inteligencia artificial y biotecnología, incluyendo el riesgo de diseño de patógenos con apoyo de IA y el debilitamiento de los sistemas de salud pública y vigilancia global.

Todo esto ocurre en un contexto político marcado por el auge del autoritarismo, la desinformación y la degradación de la cooperación internacional. El Bulletin subraya que acuerdos y entendimientos construidos durante décadas están siendo abandonados o ignorados, mientras se impone una lógica de competencia de suma cero entre grandes potencias. En ese escenario, cualquier error de cálculo –un incidente militar, un ataque a infraestructura crítica o una escalada regional– puede tener consecuencias desproporcionadas.

Para Chile, este panorama no es ajeno ni abstracto. El país es particularmente vulnerable al cambio climático, como lo demuestra la megasequía que afecta a la zona central desde hace más de una década, con déficits persistentes de precipitaciones. En un mundo que bate récords de temperatura, esa vulnerabilidad se traduce en presión sobre el agua, la agricultura, la generación eléctrica y la cohesión social.

A ello se suma la exposición de Chile a la inestabilidad económica global. Como economía abierta, el país siente rápidamente los efectos del aumento del riesgo sistémico: mayor volatilidad financiera, alzas en los costos de la energía y el transporte, así como disrupciones en las cadenas de suministro. Además, su rol clave en la transición energética (por sus reservas de cobre y litio) lo sitúa en el centro de nuevas disputas geopolíticas, donde la competencia por recursos estratégicos puede intensificarse.

Finalmente, el debilitamiento del sistema internacional de seguridad también tiene implicancias estratégicas. Un mundo con menos control nuclear y mayor rivalidad entre potencias implica más presión sobre los países medianos, que enfrentan dilemas de alineamiento, sanciones cruzadas y amenazas en ámbitos no tradicionales como el ciberespacio y la desinformación.

El Reloj del Juicio Final no anuncia un apocalipsis inminente. Lo que advierte es algo más inquietante: la normalización de vivir al borde del abismo. Y ese costo no se paga solo en las capitales de las grandes potencias, sino también en países como Chile, que dependen de la estabilidad global para su desarrollo.

Leer correctamente esta señal implica fortalecer la resiliencia climática, la capacidad de análisis estratégico y una diplomacia activa que entienda que el multilateralismo, hoy más que nunca, es una cuestión de interés nacional.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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