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¿Qué es un Gobierno de emergencia? Opinión Archivo

¿Qué es un Gobierno de emergencia?

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Álvaro Ramis Olivos
Por : Álvaro Ramis Olivos Rector de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano (UAcademia). Teólogo, doctor en filosofía
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Un Gobierno de emergencia puede parecer eficaz en el corto plazo, pero suele dejar una herencia duradera: instituciones debilitadas, derechos relativizados y una ciudadanía acostumbrada a la excepción. En política, como en la historia, las emergencias no solo pasan: también enseñan a gobernar.


En la tradición política moderna, la noción de emergencia no es neutra. No designa solo una situación crítica, sino una forma específica de ejercer el poder. Carl Schmitt lo formuló sin ambigüedades: soberano es quien decide sobre el estado de excepción. Cuando la normalidad se declara insuficiente, la política deja de apoyarse en reglas y procedimientos y se concentra en la decisión, en la suspensión parcial o total del orden vigente para “salvarlo”.

Un Gobierno de emergencia, en este sentido, no es simplemente un Gobierno rápido o enérgico. Es un Gobierno que se legitima en la excepcionalidad, que afirma que la crisis –real o construida– autoriza a reducir mediaciones institucionales, derechos, controles y deliberación democrática.

Schmitt entendía la emergencia como el momento de verdad del poder: allí donde el derecho no basta, alguien debe decidir. Esa intuición tiene fuerza descriptiva, pero también un problema profundo: abre la puerta a que la excepción se vuelva norma. La historia del siglo XX mostró que, una vez declarada, la emergencia tiende a prolongarse y a redefinir el régimen político mismo.

Walter Benjamin lo advirtió tempranamente: el estado de excepción en que vivimos es la regla. Para los sectores subalternos, la suspensión de derechos no es un evento extraordinario, sino una condición persistente. Giorgio Agamben llevará esta crítica más lejos: la modernidad ha convertido la excepción en una técnica ordinaria de gobierno, donde la legalidad se mantiene solo como fachada.

Los gobiernos de emergencia suelen presentarse como antipolíticos: dicen actuar con pragmatismo, sin ideología, con “mano firme” y eficiencia. Aquí resuena el viejo sueño de la ingeniería social, severamente cuestionado por Karl Popper y Friedrich Hayek.

Popper advirtió que los proyectos que buscan rediseñar la sociedad desde arriba, en nombre de una solución total, terminan sacrificando libertades concretas por fines abstractos. Hayek, por su parte, mostró que las sociedades no son máquinas: concentran saberes dispersos, prácticas tácitas e instituciones evolutivas que no pueden ser reemplazadas sin costos imprevisibles. La emergencia, cuando se vuelve programa, tiende a ignorar esta complejidad.

Hannah Arendt agregó una dimensión decisiva: cuando la política se redefine exclusivamente como gestión de amenazas, la esfera pública se vacía, y la ciudadanía es reemplazada por población a administrar.

La propuesta de José Antonio Kast de un Gobierno de emergencia se inscribe claramente en esta lógica. Su diagnóstico enfatiza el colapso –seguridad, migración, economía– y su respuesta privilegia rapidez decisional, concentración del poder y debilitamiento de contrapesos, bajo la promesa de restaurar el orden.

El problema no es reconocer la existencia de crisis reales. El problema es hacer de la crisis el principio organizador permanente del Gobierno. Cuando todo es emergencia, toda crítica se vuelve sospechosa, toda oposición parece irresponsable y toda restricción a los derechos puede justificarse como un mal menor.

Desde una lectura schmittiana estricta, un Gobierno así no es un accidente: es la confirmación de que la excepción ha sido elevada a método. Desde las críticas de Benjamin y Agamben, es una señal de alarma democrática. Desde Popper y Hayek, un ejemplo del riesgo de creer que los problemas sociales complejos se resuelven por decreto. Desde Arendt, una forma de empobrecer la política hasta reducirla a administración del miedo.

La pregunta de fondo no es si un Gobierno debe actuar frente a crisis, sino cómo lo hace y con qué límites. Un régimen democrático se mide precisamente en su capacidad de enfrentar situaciones críticas sin suspenderse a sí mismo.

Un Gobierno de emergencia puede parecer eficaz en el corto plazo, pero suele dejar una herencia duradera: instituciones debilitadas, derechos relativizados y una ciudadanía acostumbrada a la excepción. En política, como en la historia, las emergencias no solo pasan: también enseñan a gobernar. Y no siempre en la dirección correcta.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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