Opinión
El arquetipo Pinochet: el trauma colectivo de Chile
La política de la “reconciliación” no puede consistir en un olvido o en una “paz social” que dependa del silencio. El psicoanálisis nos enseña que la verdadera reconciliación solo es posible a través de la confrontación con la verdad, con la memoria histórica.
Ayer soñé con Pinochet.
Así, tal cual lo diría Armando Uribe en su libro El fantasma Pinochet, la figura de Augusto Pinochet no es algo que podamos borrar de nuestra memoria o, peor aún, reducir a un “episodio del pasado”. No. Este fantasma no se va, no se disuelve con el tiempo, no se olvida con las frases vacías de quienes piden “pasar la página”. Al contrario, está allí, agazapado, esperando el momento adecuado para tomar forma, para recordarnos lo que aún no hemos resuelto como sociedad.
En Chile, el trauma no resuelto de la dictadura de Pinochet sigue vivo. Ese fantasma no es solo un eco de las violaciones a los derechos humanos, la tortura, la desaparición forzada. Es mucho más que eso. Es una presencia activa, una herida que sigue abierta en nuestra psique colectiva. Y mientras muchos intentan ponerle un punto final, lo único que estamos haciendo es negarnos a sanar.
A este país le han dejado cicatrices profundas, y lo peor de todo es que se pretende olvidar, silenciar o “cerrar el capítulo” sin haber hecho lo que corresponde: enfrentar el dolor, procesar la memoria, reconocer la violencia, y sanar las heridas.
El análisis psicoanalítico nos recuerda que el trauma no resuelto se convierte en una repetición constante, en un malestar que se refleja en todas las estructuras de la sociedad. Si hay algo que debemos dejar claro, es que Pinochet no fue un héroe ni un hombre de “orden” que impuso el neoliberalismo, como algunos intentan justificar. Su régimen, su dictadura, significó tortura, desapariciones, represión y violencia estructural, y como sociedad debemos condenarlo. Pinochet fue un dictador y cualquier intento por limpiar su figura, por tratar de verlo con benevolencia, es una aberración histórica.
La política de la “reconciliación” no puede consistir en un olvido o en una “paz social” que dependa del silencio. El psicoanálisis nos enseña que la verdadera reconciliación solo es posible a través de la confrontación con la verdad, con la memoria histórica. El trauma colectivo de Chile –la desaparición, la represión, las torturas– requiere ser procesado, no olvidado. Y olvidar no es sanar.
Cuando un sector de la política chilena propone “cerrar el capítulo” de la dictadura, nos está invitando a olvidar, nos está pidiendo que no hablemos más de lo que pasó, como si el simple hecho de pasar el tiempo pudiera deshacer el daño que causó un régimen de terror. Sin embargo, el psicoanálisis nos advierte que lo reprimido siempre regresa. Lo que no se enfrenta, lo que no se reconoce, se transforma en una presencia latente en nuestra conciencia colectiva.
El trauma de la dictadura no es algo que se pueda dejar atrás simplemente porque lo decidamos. Es una bomba de tiempo, una herida que se va expandiendo con cada generación que no se atreve a mirar al pasado de frente. Y mientras algunos sectores insisten en que ya basta de hablar del pasado, el malestar sigue creciendo. Mientras no enfrentemos la violencia estructural que dejó el régimen, seguimos permitiendo que el fantasma de Pinochet se mantenga vivo.
Freud lo dijo: lo reprimido siempre regresa. Y Pinochet no es solo una figura histórica, es un arquetipo. Un símbolo que sigue acechando la psique colectiva de Chile. El dictador que impone el orden a través del miedo y la violencia sigue siendo un referente de poder para ciertos sectores, que continúan viendo en él una solución ante el caos, ante la incertidumbre social y política.
El Pinochetismo, ese arquetipo autoritario, sigue operando bajo las sombras de la política chilena. La manera en que algunos políticos justifican la coerción estatal, la violencia contra la disidencia, el “orden” a cualquier costo, no hace sino evocar esa figura, ese fantasma. Pinochet representa el poder absoluto, la intolerancia a la diferencia, y el miedo como forma de control.
Estos no son solo rasgos de un pasado distante, son mecanismos que siguen operando en nuestra política y nuestra sociedad. No se trata solo de una figura que murió en 2006. Se trata de un modelo de poder autoritario que sigue vivo en el inconsciente colectivo, porque la represión no se disuelve por el paso del tiempo.
Aquí radica el peligro: la sociedad chilena corre el riesgo de caer en la trampa de cerrar el capítulo de la dictadura sin justicia ni reparación. Esa es la amnistía histórica que algunos defienden, como si el tiempo y la democracia fueran suficientes para sanar las heridas. Pero lo cierto es que la reconciliación no puede existir sin una verdad compartida.
Cerrar el capítulo sin reparación significa perpetuar el daño, negar la memoria histórica y, lo más grave, mantener intacto el fantasma de Pinochet. Esto no es solo un fracaso ético, es un daño psíquico profundo. Porque sin un reconocimiento real del daño infligido, sin un proceso de reparación integral, el malestar sigue circulando en las instituciones, en las familias, en las relaciones sociales. Los traumas no resueltos se transmiten, como si estuvieran grabados en el ADN de la sociedad, y siguen siendo una bomba de tiempo esperando a estallar.
El psicoanálisis nos dice que la reparación no pasa solo por la compensación material. La verdadera reparación implica un reconocimiento simbólico, un reconocimiento de la verdad, una aceptación de lo sucedido. La memoria histórica no es un lujo ni una opción. Es la base sobre la que debemos construir una sociedad sana, justa, democrática. Solo cuando Chile reconozca la magnitud del daño de la dictadura, cuando se reconozca que el trauma no fue solo de las víctimas directas, sino de toda la sociedad, podremos comenzar a sanar.
Hablar de reconciliación sin haber sanado la herida es una falacia. Pinochet no puede ser olvidado. Su legado de violencia no puede ser borrado. Su figura no puede ser diluida en el olvido. Debemos enfrentarla con la dureza que requiere la verdad. La memoria histórica debe ser preservada, y la justicia debe ser una prioridad, no solo para las víctimas directas, sino para toda la sociedad chilena. Si no reconocemos el daño, si no reparamos, entonces estamos perpetuando el ciclo de violencia y olvido.
Ayer soñé con Pinochet, y al despertar me di cuenta de que no es solo un fantasma del pasado. Es una sombra que sigue proyectándose sobre el presente de Chile. La única manera de exorcizar este fantasma es confrontarlo. No con el olvido, ni con la indiferencia, ni con una falsa reconciliación, sino a través de un proceso colectivo de memoria, de verdad y de justicia.
La herida no se cierra si no le damos voz a quienes fueron víctimas del régimen, si no reconocemos el daño y la violencia que dejó el legado de Pinochet. De lo contrario, el trauma seguirá repitiéndose, el malestar colectivo persistirá, y el fantasma de Pinochet, como una sombra constante, seguirá acechando nuestra democracia.
La memoria debe ser el principio de la sanación. Chile necesita confrontar el trauma y solo así podrá construir una sociedad que no repita los horrores del pasado, sino que los transforme.
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