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Retroceso civilizatorio: ni Maduro ni Trump Opinión Archivo

Retroceso civilizatorio: ni Maduro ni Trump

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Patricia Politzer
Por : Patricia Politzer Periodista y ex Convencional Constituyente.
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Cabe preguntarse si los principios civilizatorios de finales del siglo XX están definitivamente perdidos o si se logrará recuperarlos a corto plazo. Sin ellos, ninguna persona y ningún país puede sentirse tranquilo. No es buenismo, es realidad. Sin el imperio del derecho solo reina la arbitrariedad.


No alegrarse junto a los venezolanos que celebraron la caída de Nicolás Maduro es no tener corazón, como dijo Rafael Gumucio. Durante su dictadura, Venezuela sufrió una crisis política, humanitaria y económica que llevó al exilio a cerca de 8 millones de ciudadanos. Más que los emigrantes de Siria durante la guerra de ese país.

Desgraciadamente, con el correr de las horas, la felicidad de un final tan esperado se ha ido diluyendo para dar paso a la incertidumbre y el temor. Y es que Maduro no cayó por la acción decidida de su pueblo y la oposición organizada para asumir el poder, sino por el secuestro (o extracción desde su dormitorio) por parte de los soldados estadounidenses bajo las órdenes de Donald Trump.

Quien reemplazó a Maduro en la presidencia no fue María Corina Machado, la líder de la oposición, ni Edmundo González, el presidente electo cuyo triunfo fue escamoteado por el dictador. El poder quedó en manos de Delcy Rodríguez, la mujer fuerte del chavismo, quien dice seguir siendo fiel a Maduro, pero que, en la práctica, fue ungida como presidenta con el beneplácito del Gobierno de Estados Unidos.

El futuro de Venezuela aún pende un hilo. Está por verse cuán dócil resulta Delcy Rodríguez frente a las exigencias de Donald Trump, en el manejo del petróleo. Ella conoce bien el negocio. Sabe que su destino está íntimamente ligado a las reservas de petróleo más grandes del mundo, mayores incluso que las de Arabia Saudita. Desde agosto de 2024, además de vicepresidenta, era ministra de Hidrocarburos, es decir, una figura clave para la economía y una interlocutora habitual y cercana con el sector privado.

El mundo seguirá con especial atención la novela venezolana cada vez que algún acontecimiento relevante sacuda Caracas, Washington o Nueva York, donde Maduro será juzgado como narcoterrorista. Pero, poco a poco, como ocurre con todas las noticias, Venezuela saldrá de los titulares informativos.

Sin embargo, lo ocurrido en Venezuela y el elocuente discurso de Donald Trump para explicar las razones de su operación, obligan al mundo a asumir lo que viene ocurriendo desde hace años: la humanidad vive un retroceso dramático en materia de respeto a los derechos humanos y al Derecho Internacional.

Europa –aunque débilmente– parece ser el único continente que aún se resiste.

Resulta evidente que a Trump el derecho –ese conjunto de reglas y principios que regulan la convivencia humana tanto dentro de cada sociedad como entre distintos países– no le interesa en absoluto. Lo que importa son los intereses que, a su juicio, benefician a su país. Un país poderoso, capaz de poner la bota encima a cualquiera que se oponga a sus deseos, dentro o fuera de sus fronteras.

Más allá de las acusaciones de narcoterrorismo sobre Maduro, Trump dejó en claro su interés por el petróleo y su decisión de gobernar Venezuela por el tiempo que sea necesario, con o sin tropas en el terreno. También anunció que los países de América que forman parte de su área de influencia deben entender y asumir las nuevas reglas del juego. Estados Unidos volvió a la Doctrina Monroe o a la diplomacia de las cañoneras, cuando frente a la amenaza de los barcos de guerra los países entregaban sus recursos naturales.

Hace tiempo que Donald Trump viene señalando que para su seguridad nacional resulta indispensable hacerse cargo de Groenlandia (de soberanía danesa), Canadá y Panamá. Lo ocurrido en Venezuela indica que hay que tomarlo en serio, como recalcó el secretario de Estado, Marco Rubio.

Más allá de las declaraciones de condena hacia lo ocurrido en Venezuela, Estados Unidos no está solo en esta doctrina. Las otras potencias que hoy dominan el mundo –Rusia y China– se mueven con objetivos similares.

Tanto Rusia como China se caracterizan por un severo autoritarismo interno y el deseo de disputar la supremacía global.

A la luz de la invasión de Rusia a Ucrania, su declaración conjunta con Bielorrusia señalando que “Moscú y Minsk están unidos en su firme condena a la agresión cometida por Estados Unidos contra un país soberano, violando el derecho internacional”, provoca una carcajada o un llanto desconsolado.

Por su parte, el líder chino Xi Jinping exigió la liberación de Maduro y calificó el ataque como “una amenaza para la paz y la seguridad en América Latina”. Cabe recordar que el principal destinatario del poco petróleo venezolano que hoy se produce es China. Por otro lado, también es relevante subrayar que Beijing no deja de insistir en que existe una sola China y que esta incluye a Taiwán.

Terminado el primer cuarto del siglo XXI, resulta evidente que los principios de convivencia y el respeto al derecho que protege a los más débiles, para que no domine la ley de la selva, está en retirada. Estos principios, surgidos después de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, permitieron décadas de avances civilizatorios para millones de seres humanos, principalmente en Occidente.

La Unión Europea todavía se aferra en parte a dichos valores. Aunque debilitada frente a los grandes imperios, sigue siendo la tercera potencia económica, tras Estados Unidos y China, aportando al PIB mundial más del 18%. Esto, siempre que se mantenga unida.

Los dirigentes europeos fueron lentos y cautos ante su aliado histórico. Dinamarca –prácticamente en solitario– aumenta su temor y estado de alerta frente a la insistencia de Trump –posataque a Venezuela– de que Groenlandia es indispensable para la seguridad nacional de Estados Unidos.

Si no es capaz de unirse para defender sus principios históricos, Europa será un territorio en disputa para los tres grandes imperios.

Curiosamente, quien lo entendió con mayor claridad fue la líder francesa ultraderechista, Marine Le Pen, quien realizó las declaraciones más duras contra Donald Trump. Condenó sin ambigüedades la intervención militar de Estados Unidos en Venezuela y advirtió que “la soberanía de los Estados nunca es negociable, independiente de su tamaño, poder o continente. Es inviolable y sagrada. Renunciar hoy a este principio por Venezuela, por cualquier Estado, equivaldría a aceptar nuestra propia servidumbre mañana. Esto sería un peligro mortal, sobre todo cuando el siglo XXI ya presencia importantes convulsiones geopolíticas que proyectan una sombra permanente de guerra y caos sobre la humanidad”.

Cabe preguntarse si los principios civilizatorios de finales del siglo XX están definitivamente perdidos o si se logrará recuperarlos a corto plazo. Sin ellos, ninguna persona y ningún país pueden sentirse tranquilos. No es buenismo, es realidad. Sin el imperio del derecho, solo reina la arbitrariedad.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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