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Si renunciaste a tu nombre, ¿cómo no vas a tener ahora problemas de identidad? Opinión Archivo

Si renunciaste a tu nombre, ¿cómo no vas a tener ahora problemas de identidad?

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Agustín Squella
Por : Agustín Squella Filósofo, abogado y Premio Nacional de Ciencias Sociales. Ex miembro de la Convención Constituyente.
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Resulta bien raro que los izquierdistas actuales se quejen ahora del mal momento que vive la izquierda, si partieron por abdicar de esa palabra y, con eso, dieron la espalda a los valores que postuló desde hace siglos.


La crisis de la izquierda, que se denuncia y ventea a cada instante, es de muy vieja data y comenzó cuando esa palabra fue eliminada del lenguaje político, incluso por muchos de sus propios partidarios. Primero se la suavizó con la expresión “centroizquierda” y luego se la canjeó por una todavía más vaga: “progresismo”. También viró en “socialdemocracia”, en “tercera vía” y cosas así. Tuvo que ser un octogenario italiano quien viniera al rescate de la díada “derecha/izquierda” –eso en 1994, por Norberto Bobbio–, actuando así a contracorriente de los muchos que sostenían, no sin cierta euforia, que ya no existía ni una ni otra y que no deberíamos continuar utilizando palabras tan politizadas y polarizadas como esas.

También se proclamó el fin de las ideologías, con el pretexto de que todos íbamos en un mismo barco, omitiendo el hecho de que algunos de los pasajeros iban en camarotes de lujo, otros en ubicaciones mucho más modestas, algunos tendidos en hamacas o echados directamente sobre la cubierta, sin olvidar a los que nadan y tratan desesperadamente de subir a bordo y ponerse a salvo. Además de que los pasajeros estuvieran muy mal distribuidos, había un capitán a bordo que trazaba la ruta de navegación y daba las órdenes al encargado del timón.

Si se renunció a la palabra “izquierda”, ¿cómo pueden quejarse hoy los izquierdistas de que algo que se llamaba de ese modo había desaparecido y que las ideas de la izquierda habían naufragado estrepitosamente? Resulta bien raro, por lo mismo, que los izquierdistas actuales se quejen ahora del mal momento que vive la izquierda, si partieron por abdicar de esa palabra y, con eso, dieron la espalda a los valores que postuló desde hace siglos.

También ha perjudicado a la izquierda el hecho de que se la confundiera con los llamados “socialismos reales”, que no fueron otra cosa que dictaduras comunistas.

La igualdad –valor principalmente de la izquierda– fue conquistada en distintos ámbitos y no sin una fuerte resistencia de quienes se oponían a ella. Hoy celebramos que se diga que todos los humanos compartimos un mismo valor –la dignidad– y que, por tanto, todos somos igualmente titulares de unos derechos fundamentales. Lo mismo, y llegados a cierta edad, todos somos considerados sujetos capaces de tener y ejercer otros derechos y todos, asimismo, logramos la igualdad en materia de derechos políticos, sin excluir a extranjeros, esclavos ni mujeres, como fue la regla durante milenios.

Falta referirse a la igualdad material; es decir, la igualdad en las condiciones de vida de las personas, pero que no es una igualdad de todos en todo, sino en algo: el acceso garantizado a bienes básicos o primordiales sin los cuales nadie puede llevar una existencia digna y autónoma.

Ese ha sido el largo camino hacia las igualdades que acabamos de mencionar y, por cierto, la mayor deuda está con la última de ellas.

¿Por qué entonces fue también canjeada la palabra “igualdad” por “equidad” y por qué un discurso igualitario (igualdad de todos en algo) fue confundido con uno de tipo igualitarista, o sea, con la absurda propuesta de una igualdad de todos en todo?

Además de concluir alguna vez satisfactoriamente el camino hacia una deseable igualdad de todos en algo, cabe que la izquierda continúe preguntándose acerca de cuáles otras igualdades estaríamos todavía por conquistar, en el entendido que todas ellas traen consigo una mayor libertad para las personas.

Es preciso completar el cuadro de las igualdades por conquistar y en eso consiste la tarea de la izquierda, una tarea, a fin de cuentas, que concierne también a la libertad. La eliminación de desigualdades injustas –por ejemplo, en las condiciones materiales de existencia de las personas y sus familias– favorece un ejercicio más efectivo de las libertades de que todos somos titulares.

Lo anterior explica el título inusualmente extenso dado a esta columna.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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