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Ucrania: la guerra que decidirá el futuro de Europa
Ucrania es el cortafuegos de Europa. No por romanticismo, sino por arquitectura de seguridad. Si Ucrania cae, el resultado no será “paz”, sino un incentivo: quedará probado que, con paciencia, coerción energética, misiles y desgaste, una potencia nuclear puede redibujar fronteras en ese continente.
El reciente ataque ruso a Ucrania, usando su misil hipersónico Oreshnik (un sistema capaz de portar ojivas nucleares) causó una nueva noche de terror y muerte en el oeste del país, cerca de la frontera de la OTAN. Kiev confirmó el lanzamiento y autoridades regionales reportaron daños sobre un sitio de “infraestructura crítica” en Lviv, con reportes que apuntan a instalaciones vinculadas al sistema gasífero.
El mensaje no es técnico: es político. Moscú está usando el invierno como multiplicador de sufrimiento. En la misma oleada, Ucrania denunció un asalto masivo con drones y misiles que golpeó servicios urbanos y dejó sin calefacción a una parte importante de Kiev en medio de temperaturas bajo cero, además de víctimas fatales y heridos. Y aquí conviene despejar una trampa retórica: no estamos ante una “crisis humanitaria” en el sentido clásico (accidentes, catástrofes naturales o un colapso inesperado), sino ante algo más grave: la producción deliberada de una emergencia civil como arma de guerra. Es la diferencia entre que falte luz y calor “porque ocurrió” y que falte porque alguien planificó que falte, apuntó, disparó y repitió.
El patrón es consistente. En las últimas semanas, Rusia incrementó los ataques contra el sistema energético y de servicios de Ucrania: a comienzos de enero, impactos dañaron infraestructura eléctrica en Járkiv y otros puntos; y el 7 de enero se reportó que el suministro quedó “casi totalmente” fuera de servicio en dos regiones del sureste tras nuevos golpes.
En paralelo, la guerra se ha extendido al pulso logístico del Mar Negro: en 2025, Ucrania registró 96 ataques rusos contra puertos de la región de Odesa; casi el triple que el año previo, según autoridades portuarias ucranianas citadas por Reuters.
Y, sin embargo, mientras se habla de “canales”, “contactos” o “negociaciones” entre Washington y Moscú –a menudo con Europa mirando desde la banca y Ucrania pagando la cuenta–, Rusia no se detiene. No necesita pausar, porque le basta con instalar la idea de que negocia, mientras sigue atacando. El cálculo es simple: cada central dañada, cada subestación apagada y cada noche sin calefacción empujan la conversación hacia un solo verbo: ceder.
A poco más de un mes de que la invasión rusa a gran escala cumpla cuatro años, Vladimir Putin tampoco puede permitirse un final que se lea como empate. No solo por propaganda interna, sino por diseño estratégico: Rusia no puede reconstruir una esfera de influencia “imperial” sin Ucrania. Esto lo explicó hace décadas el exasesor de Seguridad Nacional estadounidense Zbigniew Brzezinski: “Sin Ucrania, Rusia deja de ser un imperio euroasiático”, escribió en su libro The Grand Chessboard (1997).
La frase no es una metáfora: habla de masa crítica, acceso, profundidad estratégica, población, industria, salida al Mar Negro y –sobre todo– del mensaje que todos los días comunica una Ucrania democrática, soberana y orientada a Europa a otras fronteras del antiguo espacio soviético.
Por eso el peligro no se detiene en el Dniéper. Si Ucrania cae (o si se impone una “paz” que la deje mutilada y sin garantías), los próximos en la lista son los bordes de la OTAN: los Bálticos y Polonia viven con esa intuición desde hace años.
Ya no es un tabú en Europa: en febrero de 2024, el entonces ministro de Defensa danés Troels Lund Poulsen advirtió que Rusia podría poner a prueba la solidaridad de la OTAN y el Artículo 5 en un horizonte de 3 a 5 años; y el ministro federal de Defensa de Alemania Boris Pistorius habló de prepararse para un escenario de ataque ruso en 5 a 8 años.
Más recientemente, el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, fue aún más crudo al describir el ritmo industrial ruso: en 2025, dijo, Rusia lanzó más de 46.000 drones y misiles contra Ucrania y produjo alrededor de 2.000 misiles de ataque terrestre, además de una producción mensual de miles de drones (y señuelos) para saturar defensas.
Aquí aparece la idea central: Ucrania es el cortafuegos del continente europeo. No por romanticismo, sino por arquitectura de seguridad. Si Ucrania cae, el resultado no será “paz”, sino un incentivo: quedará probado que, con paciencia, coerción energética, misiles y desgaste, una potencia nuclear puede redibujar fronteras en Europa. Y cuando esa lección se aprende, las consecuencias dejan de ser solo ucranianas. Se vuelven occidentales. Y, esta vez, catastróficas.
- El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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