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Vacaciones: un tiempo para volver a lo esencial
No podemos olvidar, sin embargo, que muchas personas –me atrevo a decir que la mayoría– no saldrán de vacaciones. Son familias que, por su situación económica, deberán permanecer en hogares muchas veces estrechos. Ellas necesitan redoblar su creatividad para generar espacios de afecto y encuentro.
Muchas familias comenzarán estos días sus vacaciones. Dejarán la rutina cotidiana para compartir más tiempo con los suyos y realizar actividades que durante el año no siempre son posibles. Quien pueda disponer de un tiempo con mayor libertad de acción –independientemente del lugar al que vaya– tiene motivos para estar agradecido y, sobre todo, para aprovecharlo bien. Lo propio del ser humano no es solo hacer, sino también descansar y, más aún, contemplar: admirarse de lo vivido, hacer un balance y dar gracias a Dios y a quienes nos han acompañado.
Las vacaciones son, también, un tiempo privilegiado para conversar más, especialmente con los hijos, que con frecuencia se sienten solos. Los apuros en este período son un mal signo de cómo estamos viviendo no solo el descanso, sino la vida misma. Lo mismo ocurre cuando nos sentimos “imprescindibles” y llevamos con nosotros el celular, el computador, el correo y las urgencias de siempre.
El apuro constante y la imperiosa necesidad de “estar conectados” suelen revelar una falta de paz interior y, muchas veces, un deseo de evitar lo que más necesitamos y lo que más nos cuesta: encontrarnos de verdad con el otro y preguntarnos cómo estamos en lo más profundo de nuestro ser.
Señor, ¿le ha preguntado a su señora y a sus hijos cómo están? Y usted, señora, ¿lo ha hecho con su marido y sus hijos? Las vacaciones ofrecen un tiempo especialmente propicio para pedir perdón por lo que se hizo mal, por lo que se dejó de hacer y para proponerse metas nuevas. Solo cuando tocan las relaciones humanas y la propia vida, las vacaciones adquieren su sentido más hondo.
Conviene también preguntarse por el rumbo que lleva nuestra vida y la de quienes amamos. Si alguien asocia vacaciones únicamente con pasarlo bien, temo que terminará agotado y vacío. Hay maneras de ocupar el tiempo que no construyen: conversaciones superficiales, críticas constantes, distracciones que no dejan nada. ¡Cuánta conversación inútil! ¡Cuánto tiempo gastado en criticar, muchas veces porque no hay nada interesante en nuestras propias vidas!
Este tiempo puede ser una oportunidad para leer más, para pensar, para ampliar la mirada. La filosofía, la historia, las biografías, el magisterio de los Papas, están hoy al alcance de todos. También es un momento propicio para cuidar el cuerpo, hacer ejercicio y descansar de verdad. Cuerpo, mente y espíritu necesitan ese equilibrio.
No podemos olvidar, sin embargo, que muchas personas –me atrevo a decir que la mayoría– no saldrán de vacaciones. Son familias que, por su situación económica, deberán permanecer en hogares muchas veces estrechos. Ellas necesitan redoblar su creatividad para generar espacios de afecto y de encuentro. Pero también nosotros estamos llamados a una mayor solidaridad con quienes no pueden cambiar de ambiente: ofrecer tiempo, apoyo, oportunidades concretas.
En este sentido, valoro las iniciativas de municipios y regiones en favor de los más necesitados, y agradezco de modo especial a tantos jóvenes que dedican parte de sus vacaciones a misionar, a realizar trabajos comunitarios, o a acompañar a niños, ancianos, enfermos y personas solas. A ellos, gracias en nombre de todos.
Que estas vacaciones nos ayuden a volver a lo esencial: a Dios, a los otros, a nosotros mismos. Solo así el descanso se transforma en verdadera renovación.
Felices vacaciones.
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