Opinión
Tres derechas y la hora de pensar
El estallido no cerró su ciclo, está latente. Si no se recompone la confianza básica en el orden político, el país puede volver a caer en una crisis mayor, sobre todo si se considera la relación ambigua que el PC ya declaró poseer con la República.
Hoy conviven en Chile tres derechas. Ellas son un campo político complejo que aún no logra comprender plenamente el país profundo que aspira a conducir.
Consta la derecha economicista, asociada al piñerismo y al corro de jóvenes oligarcas en su rededor —Felipe Kast, Larraín Matte, Salas Cantor, etc.— que concibe la política como especie de extensión de la administración. Se ha de reconocer que el presidente Piñera tuvo capacidad de gestión en momentos críticos, como para lo del coronavirus, cuando su operación eficaz salvó muchas vidas. Pero el límite de esa derecha ha sido, más que técnico, intelectual y político. Ella fue completamente incapaz de comprender la razón profunda del estallido de 2019. Vio la violencia organizada, pero no supo captar lo que había más allá: el movimiento pacífico de millones que salieron a expresar un malestar real, difuso pero hondo, con su modo de vida. Redujo ese fenómeno a asunto de orden público y perdió de vista su cariz histórico y social.
Hay también una derecha radical, la de Kaiser. Responde a una reacción frente al moralismo progresista, a la pretensión re-educativa de ciertas izquierdas que acabaron provocando una restricción de lo políticamente aceptable y de la libertad del debate público. La debilidad de esta derecha no está en la fuerza crítica, pero sí en la escasez de elaboración conceptual. El individualismo abstracto desde el que suele hablar carece de herramientas para pensar la comunidad, el Estado y los desafíos nacionales colectivos. Hay energía polémica, pero aún no un proyecto político capaz de articularla suficientemente.
En tercer lugar aparece una derecha en formación, asociada a Kast. Aquí se juega la partida decisiva. Esta derecha enfrenta una disyuntiva real inmediata. Puede replegarse hacia el viejo economicismo-gestionalismo o puede, sin dejar de lado la responsabilidad en la gestión y las cuentas, perseverar hacia la conformación de una derecha propiamente política, consciente de que gobernar, más que administrar lo existente, es orientar una sociedad fracturada.
Si opta por el repliegue economicista, el gobierno de José Antonio Kast fracasará. Y no por motivos meramente doctrinarios o academicistas, sino por dos razones estructurales.
La primera es económica, pero no en un sentido superficial o “neoclásico”. El núcleo de la cuestión económica chilena es la pérdida de productividad, estancada desde 1999. No se trata de un mal ciclo, sino de decisiones de largo aliento: débil inversión en ciencia y tecnología, deterioro profundo de la educación escolar, abandono de una estrategia de desarrollo nacional. Nada de esto se corrige con gerencia o ajustes marginales. Requiere visión histórica y liderazgo político. Como el que otrora tuvieron Balmaceda, conectando al país con el tren; o quienes instauraron la instrucción escolar obligatoria, crearon la CORFO o facilitaron la creación de industrias capaces de fabricar automóviles, buques y vehículos blindados, y construyeron puertos y carreteras.
La segunda razón es la pérdida de legitimidad política. El respaldo popular a las instituciones es muy frágil. El estallido no cerró su ciclo, está latente. Si no se recompone la confianza básica en el orden político, el país puede volver a caer en una crisis mayor, sobre todo si se considera la relación ambigua que el PC ya declaró poseer con la República.
La legitimidad comienza por la seguridad —sin control de la violencia no hay democracia posible—, pero no se agota ahí. Exige grandes reformas: en sistema político, educación, salud, infraestructura, macro-regiones. Reformas que sólo pueden sostenerse en pactos amplios. Pactos que no se administran: se piensan, se justifican, se argumentan.
Productividad, legitimidad, orden y reformas necesitan algo que las derechas han perdido por largo tiempo, pero que sí tuvieron. Basta recordar la plétora de cabezas pensantes de la que gozó en el pasado: Encina, Edwards, Mario Góngora, incluso Jaime Guzmán, y que la proveyeron de pensamiento político denso y articulado.
No basta subsidiariedad negativa, laissez-faire económico y gestión. Tampoco reducir la política a disputas morales —liberales o conservadoras—. Se necesita un pensamiento político denso, capaz de comprender el país y convencer en foros abiertos. Sólo él permitirá, además de justificar con argumentos las grandes reformas que es menester impulsar; además: develar los errores de las concepciones y vetas autocráticas del PC y parte del Frente Amplio, que suelen confundir superioridad moral con legitimidad democrática.
Chile no necesita una derecha sólo gestionalista ni meramente reactiva. Necesita una derecha que piense políticamente. Esa es, hoy, la decisión pendiente.
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