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El ritual anual de la educación superior (o cómo naturalizar una competencia desigual) Opinión

El ritual anual de la educación superior (o cómo naturalizar una competencia desigual)

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Nicolás M. Somma
Por : Nicolás M. Somma Profesor Titular del Instituto de Sociología, Pontificia Universidad Católica de Chile; Investigador Asociado del Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social (COES) e Investigador Adjunto del Núcleo Milenio sobre Crisis Políticas en América Latina (Crispol).
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Todos los años, por estas fechas, miles de jóvenes y sus familias en Chile viven intensamente el proceso de admisión a la educación superior, que comprende rendir la PAES (antes PSU), conocer los resultados, postular a instituciones y matricularse en alguna carrera.


 Además de los habituales análisis de puntajes por tipo de establecimiento y los rankings de colegios con mejores promedios, la sociología ofrece otra mirada sobre las lógicas de organización social que sustentan el proceso de admisión a la educación superior.

Propongo dos argumentos. Primero, la PSU/PAES (y la admisión a la educación superior en general) es el punto de encuentro (y de fricción) de dos lógicas contradictorias que estructuran la sociedad chilena: la lógica “meritocrática” de la competencia individual, guiada por el principio de que gana quien más se esfuerza y más talentos tiene; y la lógica de las desigualdades persistentes, en que las recompensas van para quienes se criaron en las familias, escuelas y barrios con más recursos económicos, culturales y logísticos. Segundo, sostengo que esta contradicción no “explota” porque el sistema de admisión tiene mecanismos efectivos para ocultarla o minimizar las frustraciones derivadas de ella cuando se presentan. No busco criticar al sistema de admisión en sí; me parece que tiene aspectos muy valiosos y funciona de manera ejemplar en muchos sentidos. Más bien busco plantear, desde la sociología, algunas interrogantes sobre cómo se incrusta en la realidad nacional.

Competencia y obediencia

Toda sociedad desigual requiere resolver el siguiente enigma: ¿cómo construir mecanismos legitimados por la población para distribuir recompensas escasas? En el Chile de las últimas décadas, una recompensa para quienes terminan la enseñanza media es ingresar a una carrera superior. Aunque últimamente se ha cuestionado, con buenas razones, el rendimiento económico y profesional de varias carreras, ingresar a la educación superior es cada vez más una aspiración de muchos jóvenes, o incluso algo que se da por descontado que ocurrirá. 

El sistema de admisión, con la prueba de selección como engranaje central, tiene así una tarea titánica: definir y aplicar reglas que permitan que la competencia por el acceso sea percibida como justa, transparente y equitativa. Y si bien el sistema sufre cuestionamientos de tanto en tanto (recordemos el boicot a la PSU unos meses después del estallido social de 2019), en la práctica su funcionamiento se ha naturalizado. Año a año, miles de jóvenes obedecen sin cuestionar las reglas que les impone el sistema educativo con el propósito de acceder a la educación superior. A esto se suma el éxito del ecosistema que se forma en torno al proceso, con “preuniversitarios” y profesores, en los que estudiantes y sus familias depositan esperanzas y dinero para obtener un mejor puntaje.  

La lógica de las desigualdades duraderas

Esta naturalización obediente y masiva contrasta con lo que podríamos llamar la lógica de las desigualdades duraderas (término del sociólogo Charles Tilly). Hace años los expertos en educación discuten (y el público general seguramente intuye) que, incluso con todas las reformas imaginables, las pruebas universitarias no pueden “emparejar la cancha” de una sociedad desigual – al menos no completamente. Los colegios más exclusivos y privilegiados suelen tener mejores puntajes promedio, pero no porque sus estudiantes sean el doble de inteligentes o empeñosos, sino porque desde pequeños se crian en familias y estudian en colegios que les ofrecen más recursos que el resto (la sociología llamó “efecto Mateo” a esta acumulación dispar de ventajas a lo largo del tiempo). Estos recursos incluyen más capital cultural, libros y un vocabulario cotidiano más amplio; más tiempo y espacio para estudiar; más información y expectativas de los padres, que los inducen a la educación superior; y colegios con profesores mejor pagados y más infraestructura, por nombrar algunos. Todo esto deja a algunos estudiantes en mejores condiciones que otros para rendir la prueba de admisión y acceder a las carreras y universidades más anheladas. Esta conclusión no está sólo en la torre de marfil de la academia, sino que se traduce al público general. Por ejemplo, año a año, la población se entera por los medios de comunicación que los colegios particulares obtienen mejores puntajes que los públicos. 

Estas diferencias se hacen más visibles por la simultaneidad de los resultados: todos los jóvenes conocen sus puntajes al mismo tiempo. Esto facilita la comparación inmediata entre amigos y colegios y exacerba tanto los efectos positivos del reconocimiento a los ganadores como los negativos a los perdedores. Ello difiere de otras competencias del mundo adulto (laborales, afectivas o espirituales), en las que los logros o fracasos de los competidores no son simultáneos ni transparentes.

Cinco mecanismos de blindaje

Esta contradicción plantea un enigma: ¿cómo es posible que la colisión entre la lógica de la competencia equitativa y la lógica de las desigualdades duraderas no produzca una rebelión generalizada o un desencantamiento masivo? ¿Cómo puede tener tanto éxito una competencia que opera con reglas parejas en una cancha tan ostensiblemente despareja? Una pista para abordar esta pregunta es identificar mecanismos que legitiman o naturalizan el proceso, de modo que la competencia por recompensas escasas (admisión a la educación superior) funcione con éxito razonable pese a transgredir principios fundamentales. A continuación, propongo cinco mecanismos que eventualmente podrían contribuir a una respuesta. 

 

  1. Diseño transparente, previsible y centralizado. El diseño de la competencia es sofisticado. El DEMRE publica en internet, con anticipación, las reglas de la competencia, que son conocidas y transparentes. Los colegios preparan a sus estudiantes (aunque con distinto énfasis), las instituciones publican su oferta de carreras y ponderaciones, el diseño de opción múltiple estandariza la evaluación, y el DEMRE calcula los puntajes y envía centralizadamente las listas de seleccionados a las instituciones, cerrando el espacio al “pituto” que tan fuertemente estructura otras competencias en nuestra sociedad. 

 

  1. Autoselección por anticipación de resultados. Como las carreras publican sus puntajes de corte de años previos, cada estudiante, al conocer sus puntajes a principios de enero, tiene bastante certeza sobre cómo le irá en distintas carreras. Por tanto, postula allí donde tiene chances razonables de ser aceptado. Esto reduce el espacio para la frustración, al menos a corto plazo. 

 

  1. Individualización de la competencia. Sabemos que el acceso a la educación superior depende de factores no individuales, que van más allá del estudiante. Pero la competencia está diseñada como una entre individuos – no clases sociales, familias o comunidades educativas. Por tanto, los fracasos (y victorias) se atribuyen a los estudiantes, dificultando la colectivización de las frustraciones. Esto es consistente con la etapa educativa previa, en la que el niño/joven ya se acostumbró a recibir señales individualizadas sobre su rendimiento, y con las competencias posteriores del mundo adulto (por ejemplo, en el ámbito salarial), en las que las recompensas también se asignan individualmente.

 

  1. Rituales de consagración. Si alguien tuviera reparos hacia el sistema, los rituales de consagración en torno a los ganadores probablemente los neutralizarían. Circulan en las redes sociales los nombres y fotos de los “puntajes nacionales”, que además atienden llamadas presidenciales, tienen desayunos en La Moneda, testimonian ante los medios y disfrutan de los cortejos de las universidades para atraerlos. Estos rituales certifican, consagran y sacralizan públicamente a quienes alcanzan la cima, dificultando cualquier intento de obstruir la fiesta pública. 

 

  1. Abundancia de “premios consuelo”. Finalmente, un mecanismo central es la inusitada capacidad de absorción del sistema de educación superior, con cerca de 130 instituciones muy variadas en términos de calidad, prestigio y dificultad de acceso. Como cada institución ofrece varias carreras, las opciones superan los miles. Paradójicamente, el resultado de esto es un sistema muy inclusivo que ofrece a la mayoría de los postulantes una recompensa lo suficientemente valiosa como para no cuestionar el propio resultado. Los seres humanos tenemos mecanismos psicológicos poderosos para reducir la disonancia cognitiva. Le restamos valor a lo que queríamos pero no obtuvimos (la fábula de la zorra y las uvas, de Esopo); y aumentamos la valoración subjetiva de lo que finalmente logramos. Esto facilita las competencias masivas y desiguales, siempre y cuando ofrezcan algún premio para todo el mundo. A esto se suma, en el caso de la educación superior, la excitación de los jóvenes por aceptar la invitación que les hacen las instituciones educativas, con sus promesas de pertenecer a una nueva comunidad de pares y entrar a un mundo intelectual nuevo y desafiante. Probablemente, quienes se quedan fuera (no ingresan) enfrentan mayores obstáculos para expresar su descontento, o lo hacen de maneras no reconocibles para la sociedad.

 

En síntesis, estos mecanismos contribuyen a que las recompensas educativas se distribuyan año a año de manera socialmente legítima, a pesar de las grandes y visibles desigualdades de base que estructuran la competencia entre miles de jóvenes. Lograr este ritmo es imprescindible para que la educación superior funcione, y pedirle al sistema de admisión que corrija plenamente las desigualdades estructurales e históricas resulta en vano. Si este análisis tentativo es correcto, cualquier condición que debilite estos mecanismos podría poner en riesgo la naturalidad con que, año a año, miles de jóvenes rinden la prueba de admisión y acceden a la educación superior en Chile. 

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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