Opinión
Introduciendo nuevas perspectivas a las autocríticas de la izquierda (Parte II)
La tercera ola de autocratización no llega con tanques, sino con mecanismos más sutiles de erosión democrática que afectan libertades fundamentales: la libre expresión, la libre asociación, el acceso a la información y la formación del pensamiento crítico, por su desprecio a la academia.
Volvamos a lo central. Poco se ha dicho, por ejemplo, sobre la ausencia de autocríticas en los partidos de la exconcertación tras las derrotas de Frei en 2009, de Guillier en 2017 o de Yasna Provoste en 2021. La debilidad de estos partidos no sólo radica en sus máquinas internas ni en su obsesión por la distribución del poder, sino en la fragilidad de su proyecto político, hasta el punto de no tener siquiera claridad sobre a quiénes representan ni a quiénes les hablan.
Más aún, se trata de partidos profundamente despolitizados y desideologizados, acostumbrados a repetir consignas vacías e incapaces incluso de defender el legado de la propia Concertación, y frívolos, tal y como el Frente Amplio que tanto critican. Se quejan del InstaGovernment pero lo hacen igual, así como también de la utilización de consignas y causas coyunturales, y las replican igual. Tampoco fueron capaces de retomar la rica discusión de fines de los noventa entre autoflagelantes y autocomplacientes, en la que se debatió el proyecto modernizador de Chile.
Mientras unos destacaban la reducción de la pobreza y la capacidad de endeudamiento de los chilenos, otros advertían sobre la persistencia de la desigualdad, que algún día provocaría una crisis. Al no abordar este problema, Chile explotó en 2019 y no podemos sumarnos a la pereza de reducir estas demandas solo a la violencia, que sí hubo y debe condenarse, particularmente cuando afecta a la movilidad de la clase trabajadora, que fue víctima de la quema del metro y no se condenó con fuerza. A pesar de ello, los problemas materiales siguen sin resolverse hasta hoy y no hay mucha evidencia de que el próximo gobierno los resuelva.
Esta desideologización también se refleja en sus formas de hacer política: burocracias internas, disputas por cuotas de poder y un progresivo alejamiento de las bases sociales, lo que los convierte en verdaderos partidos hidropónicos. Luna y Altman (2011)describieron este fenómeno en detalle y calificaron el sistema de partidos chileno como estable, pero sin raíces . Si los partidos de la centroizquierda y la centroderecha hubiesen prestado atención a esas advertencias de estos destacados académicos, quizás hoy no enfrentarían el riesgo de ser reemplazados por fuerzas que se ubicaron en los extremos del sistema político.
A ello se suman estructuras de poder anquilosadas, dominadas por varones y “barones” que se resisten a promover recambios generacionales y generan verdaderas oligarquías. El resultado ha sido el aplastamiento de generaciones completas, relegadas a jefaturas de gabinete o cargos administrativos, mientras el Frente Amplio emergía como un recambio generacional —“a las patadas”, como dijo Carlos Ominami— desplazando a figuras que debieron asumir roles de liderazgo hace años, como Carolina Tohá, víctima de la falta de generosidad generacional. Muchas otras personas valiosas terminaron abandonando los partidos del progresismo tradicional, encontrando espacio en la nueva izquierda.
Tampoco se problematizan las formas internas de hacer política. Un poco de feminismo institucional ayudaría a comprender mejor estas dinámicas. Como sostiene la politóloga británica Georgina Waylen, las instituciones tienen un carácter de género y suelen ser masculinas, y, por cierto, se requiere ver más allá de las normas formales. Las decisiones se toman en espacios informales, masculinizados, donde circula un capital homosocial que reproduce exclusiones. Las mujeres rara vez son promovidas a espacios de poder y de toma de decisiones, a pesar de que incluso cuentan con medidas de paridad interna; el Partido Socialista, por ejemplo, mantiene solo tres diputadas desde hace más de tres elecciones, mientras que sus pares de la izquierda han promovido con fuerza liderazgos femeninos. A esto se suma la violencia política contra las mujeres, incluso contra dirigentas, permanentemente cuestionadas por su “falta de liderazgo”, un reproche que rara vez se aplica a los hombres, aun cuando el liderazgo claramente lo olvidaron en su casa.
El progresismo necesita, por tanto, dejar de dar lecciones y volver a escuchar. Escuchar a las mujeres que votaron por Kast, para entender por qué, habiendo votado por Boric hace cuatro años, hoy optaron por la derecha. Escuchar sin sofisticaciones ni retóricas de lenguaje rebuscadas que solo generan distancia entre los comunes y la política. Escuchar a los jóvenes que vieron en Franco Parisi una opción, cuando ya no perciben la educación como un mecanismo de movilidad social. Escuchar por qué el miedo —a la delincuencia, a la inseguridad, a una mujer de izquierda en el poder— fue tan eficaz como herramienta de movilización electoral.
A estos nuevos electorados les resultan indiferentes la democracia y los derechos humanos porque “eso pasó hace mucho tiempo”. Precisamente ahí radica el problema. Deberíamos preguntarnos por qué da lo mismo que haya existido terrorismo de Estado, con miles de personas perseguidas, torturadas, exiliadas y asesinadas, muchas de ellas aún desaparecidas. La tercera ola de autocratización no llega con tanques, sino con mecanismos más sutiles de erosión democrática que afectan libertades fundamentales: la libre expresión, la libre asociación, el acceso a la información y la formación del pensamiento crítico, por su desprecio a la academia, como lo afirman los académicos Lührmann y Lindberg en su texto que refiere a una tercera ola de autocratización. Todo ello constituye la base de los derechos humanos y de la democracia misma y exige repensar seriamente el proyecto de la centroizquierda, el progresismo o el socialismo democrático, o como usted desee llamarlo.
Las causas son mucho más profundas, que atribuirle toda la responsabilidad al feminismo: una política oligarquizada, como advertía Michels; partidos ensimismados, como describía Panebianco; una política vacía como escribió Mair Y una preocupante falta de compromiso con los valores democráticos, los derechos humanos, la memoria histórica y el reconocimiento de que las desigualdades estructurales afectan a los más desposeídos, quienes no son seres asexuados, así como de que el mundo entero se encuentra en una crisis climática global, en un punto de casi no retorno. Todo eso también constituye las ideas del socialismo democrático y del progresismo en el mundo.
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