Opinión
Imagen referencial, Agencia Uno toma San Antonio
Desregular sí es planificar
La sobreregulación, lejos de fortalecer la planificación, termina debilitándola.
Hace algunos días, el eventual futuro ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, planteó ante los principales empresarios del país que era urgente desentrañar la “maraña regulatoria”, eliminar permisos y generar una desregulación del sector urbanismo y construcción, lo que se traduciría en una “liberalización del suelo”.
Pensar que la complejidad y diversidad territorial de un país como Chile puede ser abordada eficazmente desde regulaciones homogéneas y abstractas es, en rigor, una utopía tecnocrática. La diversidad geográfica, social, productiva y cultural del territorio nacional es inabarcable desde una mirada centralizada.
A propósito de la consigna de que desregular no es planificar, resulta pertinente responder a la idea planteada — de que es posible ordenar el territorio principalmente mediante normas generales dictadas desde el nivel central.
La planificación territorial requiere distinguir con claridad qué materias deben ser reguladas a nivel general —aquellas estructurales y transversales— y cuáles deben quedar entregadas a escalas territoriales con mayor conocimiento de su realidad específica. Sin embargo, lo que ha ocurrido en las últimas décadas es lo contrario: una proliferación de normas centrales, genéricas y muchas veces inoficiosas, que intentan anticipar cada casuística posible, mientras fenómenos territoriales de enorme magnitud han quedado fuera del radar normativo.
El crecimiento sostenido de las tomas de terreno es una expresión elocuente de esta desconexión entre la normativa central y la realidad territorial. No se trata de una ausencia de regulación, sino de una regulación mal enfocada: abundante en lo formal, pero débil en su capacidad de leer y gestionar los procesos reales que ocurren en el territorio.
La sobreregulación, lejos de fortalecer la planificación, termina debilitándola. Genera rigidez, incentiva la informalidad y reduce el margen de acción de los gobiernos locales y regionales. Por ello, una planificación territorial efectiva exige precisamente lo contrario: concentrar la regulación central en lo esencial y dotar a los territorios de mayores atribuciones, herramientas y capacidades para gestionar su propio desarrollo. Sin descentralización efectiva, la planificación seguirá siendo un ejercicio normativo desconectado de la realidad.
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