Opinión
Plaza Baquedano: el corazón metropolitano
La relevancia metropolitana de la nueva plaza se juega también en equidad. Los grandes proyectos urbanos no se justifican por su espectacularidad, sino por su capacidad de beneficiar a las mayorías, especialmente a quienes tienen peor acceso a calidad urbana.
Hay lugares que definen una ciudad. Plaza Baquedano —Italia para muchos— es uno de ellos. Es movilidad intensa, parques, comercio, y barrio. Pero también es un espejo de nuestras tensiones. Por eso su rediseño no es solo “un gran proyecto urbano”: es una oportunidad para recomponer el centro simbólico de Santiago y devolverle una calidad urbana postergada por décadas.
El diagnóstico urbano es claro. Durante años, no solo la plaza, sino todo el eje Alameda ha sido un lugar más funcional que habitable; más de tránsito que de estancia; más de fricción que de convivencia. Plaza Baquedano terminó siendo el emblema de esa contradicción.
Esta reflexión no quedó en el diagnóstico. En 2015, bajo el liderazgo del entonces iIntendente Claudio Orrego, se tomó una decisión institucional clave: convocar un concurso internacional de diseño urbano para la Alameda y Plaza Baquedano, ganado por la oficina chilena Lyon–Bosch–Martic. Aunque gobiernos posteriores intentaron interrumpir este proceso sin fundamentos consistentes, una década después el proyecto no solo sobrevivió: la Nueva Alameda está más viva que nunca.
El nuevo diseño propone un giro urbano de fondo: abandonar la lógica del nudo vial para dar paso a un verdadero espacio cívico metropolitano. La eliminación de la rotonda —por décadas símbolo de fragmentació— permite reorganizar el área como una gran plaza continua y legible, y se crean espacios capaces de acoger tanto la vida cotidiana como los grandes encuentros ciudadanos.
Uno de sus gestos más potentes es restituir la continuidad entre los parques Forestal, Balmaceda y Bustamante, hoy separados por barreras viales. El paisaje pasa a operar como infraestructura urbana: arborización abundante, recorridos accesibles y una relación más equilibrada entre naturaleza y ciudad, proyectándose incluso como umbral hacia el río y el Parque Metropolitano. El rediseño refuerza, además, el rol de la Estación Baquedano como uno de los principales nodos de transporte de Santiago, potenciando la convergencia de tres líneas de Metro, buses y ciclovías metropolitanas. La movilidad no desaparece: se integra a la vida cívica.
La relevancia metropolitana de la nueva plaza se juega también en equidad. Los grandes proyectos urbanos no se justifican por su espectacularidad, sino por su capacidad de beneficiar a las mayorías, especialmente a quienes tienen peor acceso a calidad urbana. Por eso es estratégica invertir “de Plaza Italia para abajo”, donde hay más deterioro, confluyen flujos masivos de transporte público y donde mejorar el espacio urbano puede traducirse en bienestar para millones de personas.
Pero lo más decisivo es su dimensión simbólica. Tras años de disputas sobre nombres y monumentos, este lugar exige algo más complejo: reconstruir una convivencia social posible. Como ha señalado el Gobernador Orrego, “no hay ningún otro lugar en Santiago que tenga la dimensión de convivencia urbana que tiene Plaza Italia”.
Precisamente por eso, su valor no está solo en lo que representa, sino en lo que permite: un espacio público capaz de acoger la diversidad, canalizar el conflicto y sostener el encuentro sin quebrarse. No hay democracia sin ámbito público, y no hay ámbito público sin espacios donde el encuentro y la visibilidad, e incluso el conflicto, sean posibles. Un buen espacio público no describe cómo es la sociedad, sino cómo debiera organizar su coexistencia. La nueva Plaza Baquedano aspira, precisamente, a ser ese lugar.
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