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Robotízate o perece: ¿la muerte de la academia? Opinión

Robotízate o perece: ¿la muerte de la academia?

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Hoy no basta con reflexionar sobre qué tipo de uso debemos darle a la tecnología en sí misma, sino que se hace imperativo captar la hondura de los procesos culturales y sociales que se agitan tras la irrupción de estas innovaciones técnicas.


El modo de pensar científico es una de las conquistas más características y admirables de la humanidad moderna. Y hoy en día se hace necesario subrayar, en particular, este hecho: de la humanidad. La ciencia es un nuevo modo de investigación y vinculación que establece el ser humano con el mundo. Y a pesar de que se siga insistiendo en que la actitud fundamental del buen científico sea la de perseguir su propia intuición con plena libertad, formulando las preguntas que le parezcan pertinentes a partir de lo observado, se han institucionalizado en la academia actual –universidades y centros de investigación— una serie de incentivos externos y cuantificables que estandarizan, en un grado sin precedentes, los conductos que modelan a un “investigador de alto nivel”. 

Las causas de este proceso son de larga data y multifacéticas, entre ellas mencionaremos solo algunas tendencias generales: Las revistas más prestigiosas exigen que los estudios se escriban de forma seca y siguiendo un mismo molde (el famoso paper, ¡ojalá en inglés!); la calidad de los investigadores se metrifica en cantidad de publicaciones, citas y fondos obtenidos; las universidades son sometidas a lógicas de rendimiento que tratan de “optimizar” resultados demostrables por unidad de tiempo de trabajo. En su conjunto, estas medidas han terminado por configurar un sistema que valora más la velocidad de producción de un conocimiento impersonal e hiperespecializado que la conformación de una experiencia investigativa que madure lentamente a través del tiempo, y que es siempre una fuente insustituible de creatividad, riqueza y rigurosidad científica. 

La consecuencia es obvia –y cada vez más palpable. Como han demostrado varias columnas durante el año pasado, se ha terminado por configurar una academia que no promueve necesariamente a los que más se interesan por explorar el saber, sino a los que astutamente logran adaptarse a estándares genéricos, donde el más “competente” es el que elabora estrategias instrumentales para adecuarse exitosamente a procedimientos, pautas y rúbricas determinadas exteriormente, poniendo entre paréntesis su propia personalidad pensante. El giro tecnocrático de la universidad, de la mano del uso indulgente de la Inteligencia Artificial dentro en la docencia e investigación académica, representa el último y decisivo paso hacia la destrucción de una forma humanista y más amplia de comprender el quehacer científico. Pero también es gracias a la introducción de estas tecnologías que toda esta irracionalidad acarreada durante décadas comienza a quedar al desnudo

Una nota de la revista Nature señala que algunos portales donde se publican trabajos científicos están teniendo que cerrar sus filas producto de un auge masivo de artículos de baja calidad que han sido escritos en su mayoría con Inteligencia Artificial Generativa, y que son revisados por pares ciegos que también ocupan herramientas de IA para entregar comentarios sin tener que leer detenidamente los manuscritos. La penetración de un uso deshonesto Inteligencia Artificial Generativa en el trabajo científico amenaza con prescindir del último remanente de componente personal o humano dentro de la actividad investigativa. Si mucha de la información científica se produce automática y acríticamente mediante algoritmos mecánicos para rendir lo suficiente, y si esta información luego se publica en las revistas de alto impacto, que son las que retroalimentan los procesos de entrenamiento de estos algoritmos, es probable que en el mediano plazo la ciencia académica deje de ser una actividad humana, y más bien termine por sellar la robotización de sus espacios. A principios de la década, los internautas más sumergidos especulaban acerca de la teoría del internet muerto. Según esta conspiración, producto de la aparición masiva de bots en la red, el grueso de las interacciones de los usuarios humanos sería con algoritmos fingiendo ser humanos en el futuro próximo. Lo que quizás aparecía en ese momento una exageración terminó volviéndose en gran parte una realidad. Un informe de la empresa estadounidense Imperva publicado en 2021 señala que un 41% del tráfico general de internet de hoy corresponde a productos hecho por bots

El riesgo de que una teoría de la academia muerta se haga realidad es evidente. La ciencia está al borde de des-humanizar a quienes la practican. ¿Cómo puede ser que a una actividad que depende plenamente de un pensar autónomo, creativo y crítico se le exijan parámetros en los que rinden mejor las funciones mecánicas y uniformes de los algoritmos? Hoy por hoy, la escritura artificial –sin conciencia, sin vivencia y sin punto de vista— es mucho más competitiva, rendidora y veloz que la de un ser humano. Para quién se quiera mantener vigente en los circuitos académicos, no existe otra opción que exprimir estas tecnologías para aumentar “su” productividad. Pareciera que el famoso lema publish or perish –ya denunciado en los años 1990 como “tiranía” por distinguidos académicos de las humanidades como Camille Paglia— tomará formas aún más riesgosas, y que podrían sintetizarse en la frase robotize or perish. Como revela brutalmente la difundida nota de Ronald Purser, la llegada de la IA está destruyendo el proceso enriquecedor que le brinda la universidad a la experiencia humana (y viceversa), dejando al desnudo el laberinto de absurdos de la academia actual que entorpece cualquier florecimiento del aprendizaje y formación de ideas propias.

Hoy no basta con reflexionar sobre qué tipo de uso debemos darle a la tecnología en sí misma, sino que se hace imperativo captar la hondura de los procesos culturales y sociales que se agitan tras la irrupción de estas innovaciones técnicas. Ante este gesto de despersonalización tan extrema del quehacer científico actual tenemos que plantearnos con toda seriedad el cómo actuar. Creemos que esta crisis de la academia, de la que la IA y su uso dentro de ella es solo su síntoma más reciente y ruidoso, abre la oportunidad de un despertar de la consciencia, pues está desenmascarando todas las contradicciones de cómo ha sido organizada la actividad científica-académica durante las últimas décadas, abriendo una serie de dilemas que los académicos e investigadores tendrán que tomar en consideración si quieren realmente cambiar el rumbo de las cosas y evitar la futilidad de una simple acumulación de datos, de un conjunto de “informaciones” con las cuales no podemos resonar ni realmente orientarnos en el mundo. Al apelar a la consciencia del lector, de lo que se trata, precisamente, es de apelar a un (re)despertar de la personalidad humana.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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