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Canadá muestra un camino alternativo en el hemisferio: vale la pena seguirlo Opinión

Canadá muestra un camino alternativo en el hemisferio: vale la pena seguirlo

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Fernando Reyes Matta
Por : Fernando Reyes Matta Exembajador en China, Director del Centro de Estudios Latinoamericanos sobre China, Universidad Andrés Bello.
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Sin duda el Primer Ministro Mark Carney está demostrando cómo un país, aunque sea vecino del más poderoso del mundo, puede mantener la dignidad en alto y sostener alternativas en este devenir del mundo.


Su discurso en Davos lo ha demostrado: “Los poderosos tienen su poder. Pero nosotros también tenemos algo: la capacidad de dejar de fingir, de llamar a las cosas por su nombre, de reforzar nuestra posición en casa y de actuar juntos». Y, junto con ello hizo afirmaciones categóricas frente a su vecino del sur: “En materia de soberanía en el Ártico, apoyamos firmemente a Groenlandia y Dinamarca y respaldamos plenamente su derecho exclusivo a determinar el futuro de Groenlandia”. 

Carney no deja de ver que su propuesta de multilateralidad requiere entender las reformulaciones del globo en todas sus dimensiones. “Nuestra nueva estrategia se basa en lo que Alexander Stubb ha denominado «realismo basado en valores», es decir, nuestro objetivo es combinar principios y pragmatismo”. Y desde esa lógica ha llegado a Davos tras una visita muy significativa a China. Su presencia en el país asiático ha estado envuelta en una frase no menor: “estamos avanzando hacia una nueva asociación estratégica”. Después de casi una década de relaciones tensas a causa de disputas comerciales y encontronazos diplomáticos, el diálogo de Carney y Xi Jinping fue la culminación para impulsar una relación “adaptadaa las nuevas realidades globales”, según dijo Carney. 

En otras palabras, ha reconocido que la guerra comercial con el gobierno de Trump obliga a Canadá a buscar nuevos mercados, también en China. El resultado en lo inmediato es muy concreto. Canadá ha acordado con China el recorte de los aranceles del 100% que había impuesto a los autos eléctricos chinos en 2024 –siguiendo una medida similar adoptada por Washington–, a cambio de la reducción de las tarifas de Beijing a los productos agrícolas canadienses. Así, Ottawa establecerá un límite inicial de 49.000 vehículos para las importaciones de autos eléctricos (bajo el arancel de nación más favorecida, del 6,1%), un tope que se elevará a 70.000 en cinco años. Es decir, volver a las condiciones que determinaban los intercambios entre ambos países antes que empezaran las fricciones y malos entendidos. Igual, el límite inicial a las importaciones de vehículos eléctricos chinos representa menos del 3 % del mercado automovilístico canadiense.

Como contrapartida, China reducirá a partir del 1 de marzo su arancel total sobre las semillas de canola, un importante producto de exportación canadiense, del 84 % a cerca del 15 %, mientras que productos como guisantes, langostas y cangrejos dejarán de estar sujetos a los “aranceles discriminatorios”. La canola es una semilla oleaginosa de la cual en China extraen un aceite muy valorado en la cocina del país por su bajo contenido de grasas saturadas y rico en omega 3. Es un rubro principal de la agricultura canadiense.

Desde la oposición en Canadá la reacción de Doug Ford, el líder conservador que ejerce como primer ministro de Ontario, la provincia más poblada de Canadá, fueron en contra de lo decidido en Beijing. Según él, el acuerdo afectará el futuro de la industria automovilística canadiense y sus exportaciones al mercado de Estados Unidos. El es un hombre que mira con más simpatía a Trump, a diferencia de lo ocurrido con Carney. La verdad es que, como dijeron los analistas en su momento, cuando Trump comenzó a amenazar con hacer de Canadá un estado más de Estados Unidos, generó una reacción mayoritaria de los canadienses que determinó el triunfo electoral de Carney cuando todas las encuestas indicaban lo contrario. 

Carney declaró antes de su viaje que su gobierno apunta a construir una economía menos dependiente de Estados Unidos en lo que denominó como “un momento de disrupción del comercio global”. Pero al mismo tiempo ha sido claro que están hablando de intereses compartidos y de una nueva etapa para los intercambios comerciales y las inversiones. En otros ámbitos, como lo dijo, hay diferencias que todo el mundo conoce. Se trata de cuestiones ligadas a los derechos humanos y temas de la libertad de participación ciudadana, al mismo tiempo que los vínculos con Estados Unidos, como también remarcó, son multifacéticos y diversos.

Y en ese marco de declaraciones es donde cabe poner atención en un país como Chile. Canadá es un aliado fundamental de Estados Unidos y sus vínculos son continuos y sólidos en las áreas de seguridad e inteligencia. Pero al mismo tiempo, lo que Carney remarca con su visita es que una alianza de ese carácter no te puede sofocar tus políticas de desarrollo, tus estrategias de comercialización y la promoción de acceso a los mercados donde tus productos pueden encontrar especial acogida.

La cuestión es que no parece existir en Washington la disposición para entender esa dualidad de políticas y estrategias. Por lo menos, así se desprende del texto de la nueva Estrategia de Seguridad norteamericana que fija como una de sus metas la salida de China del Hemisferio Occidental, léase América Latina y Caribe, aunque Canadá también está adentro si el concepto es todo el hemisferio. La defensa de los intereses nacionales y la claridad de los espacios de alianzas será una tarea mayor para la diplomacia de los futuros gobiernos, especialmente de América del Sur, en el tiempo que viene. 

Canadá tiene una economía con alta interdependencia de Estados Unidos lo que la hace particularmente vulnerable a las subidas arancelarias estadounidenses y que su margen para tomar represalias unilaterales efectivas sea limitado.

Aproximadamente tres cuartas partes de las exportaciones canadienses de mercancías se dirigen a Estados Unidos, lo que representa casi una cuarta parte del PIB canadiense, y las importaciones procedentes de Estados Unidos representan el 16,7 % del PIB canadiense. En ese contexto, podría decirse que los acuerdos en Beijing son poco importantes para el total del PIB de Canadá. Y eso lleva a concluir que, cuando se habla de “nueva asociación estratégica”, los efectos simbólicos van más allá de los puramente comerciales y de inversiones. O, en otros términos, de contar con una plataforma política de reconocimiento global cuando llegue en este 2026 el momento de revisar el acuerdo Estados Unidos-México-Canadá (USMCA, por sus siglas en inglés). 

Sus palabras en Davos debiéramos sopesarlas con especial interés desde Chile. Esas cuando dice: “Sabemos que el antiguo orden no volverá. No deberíamos lamentarlo. La nostalgia no es una estrategia. Pero a partir de esta ruptura, podemos construir algo mejor, más fuerte y más justo…Los poderosos tienen su poder. Pero nosotros también tenemos algo: la capacidad de dejar de fingir, de llamar a las cosas por su nombre, de reforzar nuestra posición en casa y de actuar juntos”.

Para Chile, en lo que es y en lo que viene, las frases finales de Carney en Davos deberían llevarnos a un acercamiento especial: “Este es el camino que ha elegido Canadá. Lo hemos elegido abiertamente y con confianza. Y es un camino abierto a cualquier país que desee seguirlo con nosotros”. 

 

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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