Opinión
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Groenlandia: las verdaderas motivaciones de Trump
Groenlandia, así, no es solo una isla ártica. Es el síntoma de algo más profundo: la transición desde un orden basado en alianzas hacia uno regido por esferas de influencia. Y esa transición, hoy, ya no ocurre en Asia o en Europa del Este, sino dentro del propio mundo occidental.
El esperado discurso del presidente Donald Trump en el Foro Económico Mundial de Davos, permitió dejar algunas cosas claras, pero no aplacó la incertidumbre que recorre toda Europa. Trump afirmó que no considera usar la fuerza para apropiarse de Groenlandia, pero insistió de manera contundente en que él necesita controlar la isla más grande del mundo por razones de seguridad nacional e internacional. Y que insistirá en eso: “Tienen dos opciones. O aceptan, y estaremos agradecidos, o se niegan, y lo recordaremos”.
El argumento de que EE.UU. “necesita” Groenlandia por razones de seguridad nacional no es nuevo. Desde su primer mandato, Trump sostuvo que la isla es estratégica para la defensa del territorio continental, el control del Ártico y la contención de Rusia y China.
Los argumentos públicos son conocidos. Groenlandia alberga la Base Aérea de Thule, hoy operada por la Fuerza Espacial de EE.UU., clave para la alerta temprana de misiles balísticos lanzados desde Eurasia. Su ubicación permite vigilar el corredor polar por donde pasan las trayectorias más cortas de misiles intercontinentales. Además, el Ártico se está militarizando: Rusia ha reabierto más de 40 instalaciones militares en la región desde 2014 y China se define oficialmente como “Estado cercano al Ártico”, con inversiones crecientes en infraestructura y exploración.
Trump también ha aludido a las rutas marítimas que se abren con el deshielo. La Ruta del Mar del Norte y el futuro paso transpolar pueden reducir en hasta 30% los tiempos de navegación entre Asia y Europa. A esto suman los recursos estratégicos: Groenlandia posee reservas de tierras raras, zinc, hierro, uranio y potencial energético (petróleo y gas), en un momento en que Washington busca reducir su dependencia de China en minerales críticos.
Todo eso está dicho. Pero la pregunta incómoda es otra: ¿qué más hay en juego?
Una primera lectura es que Trump ya no cree en la sostenibilidad de la OTAN como alianza política ni militar. Y como para él la seguridad es transaccional, Groenlandia aparece entonces como un seguro estratégico: un territorio clave que EE.UU. debería controlar directamente antes de que el sistema de alianzas se fracture. No es casual que esta crisis estalle mientras la guerra en Ucrania se acerca a su cuarto aniversario, con Europa dependiendo aún del paraguas militar estadounidense.
Segundo, Groenlandia pudo haber comenzado como una táctica de presión y terminar como objetivo real. Trump ha usado históricamente demandas maximalistas para forzar concesiones. Pero al enfrentar una respuesta europea fragmentada -Dinamarca reforzando su presencia militar, Francia y Alemania enviando contingentes simbólicos-, la amenaza dejó de ser un instrumento y se convirtió en política.
Tercero, no puede descartarse la dimensión económica privada. Fondos de inversión, empresas mineras y actores del complejo tecnológico-militar han identificado en Groenlandia un activo de largo plazo. Trump piensa en términos de “real estate” estratégico: comprar hoy lo que mañana será invaluable.
Cuarto, se trata de un mensaje interno. En un contexto de polarización doméstica, “tomar Groenlandia” es una demostración de poder fácil de explicar a su base: liderazgo, audacia y confrontación con Europa, sin el costo inmediato de una guerra convencional. Sobre todo, con las elecciones de mitad de mandato de noviembre próximo.
Quinto, Trump podría estar forzando una redefinición brutal de la OTAN. No necesariamente destruirla, sino vaciarla de automatismos. La señal es clara: la protección estadounidense ya no es incondicional. Después de todo, que un miembro de la Alianza amenace a otro habría sido impensable hace una década.
Finalmente, está el factor tiempo. Trump parece convencido de que la década 2025–2035 será decisiva frente a China. Desde esa lógica, todo territorio estratégico que no esté bajo control directo estadounidense es una vulnerabilidad futura.
Groenlandia, así, no es solo una isla ártica. Es el síntoma de algo más profundo: la transición desde un orden basado en alianzas hacia uno regido por esferas de influencia. Y esa transición, hoy, ya no ocurre en Asia o en Europa del Este, sino dentro del propio mundo occidental.
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