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Relaciones transatlánticas: el fin de un ciclo Opinión

Relaciones transatlánticas: el fin de un ciclo

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César Iribarren Arsuaga
Por : César Iribarren Arsuaga Periodista, magíster en Ciencia Política.
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más que un deterioro, claramente las relaciones transatlánticas caminarían hacia el fin de un ciclo, situación que sin duda representaría el desafío geopolítico más complejo para el viejo continente desde la caída de la Unión Soviética.


Tal como lo expuso el experto en geopolítica, exembajador  y exsubsecretario de Defensa, Gabriel Gaspar, en una columna publicada por El Mostrador el 18 de enero último, dos organizaciones clave para la mantención de la paz mundial y la seguridad en occidente, como la ONU y la OTAN, viven horas difíciles. Una situación que respondería a la consideración que les está brindando a ambas la principal potencia económica y militar del mundo

Para abordar este complejo escenario global, es pertinente recordar una frase  expuesta hace más de 25 años por Kenneth Waltz, uno de los teóricos referentes en el campo de las Relaciones Internacionales, en un artículo académico  titulado  Structural Realism after the Cold War, asegurando que tras el fin de la Guerra Fría, la OTAN “se volvió un instrumento político de Estados Unidos para mantener y prorrogar su influencia sobre Europa”.

Efectivamente, durante el último cuarto de siglo dicha idea no podía reflejar de mejor manera las relaciones transatlánticas y la arquitectura de seguridad internacional de occidente. Pero toda esta estructura está en serio riesgo por la ambigua conducta de Estados Unidos frente a la guerra en Ucrania, la constante amenaza rusa contra Europa y, principalmente, la aspiración norteamericana de anexar, sin descartarse el uso de la fuerza, territorio de ultramar perteneciente a un antiguo e histórico aliado y cofundador de nada menos dicha alianza militar.

Entonces, más que un deterioro, claramente las relaciones transatlánticas caminarían hacia el fin de un ciclo, situación que sin duda representaría el desafío geopolítico más complejo para el viejo continente desde la caída de la Unión Soviética, lo que no quiere decir que actores como Alemania, Gran Bretaña, Francia, España, Polonia, Dinamarca, entre otros, junto a sus socios, no puedan enfrentarlo con éxito.

Es más, podría significar la oportunidad perfecta para poner en práctica una idea acuñada hace casi tres décadas por Zbigniew Brzezinski, exconsejero de Seguridad Nacional del gobierno norteamericano entre 1977 y 1981. Sería una especie de autonomía para Europa en materia de seguridad  y  defensa, sin  estar sujetos a las directrices  de Washington, que le brindaría al continente mayores capacidades de ejercer poder o influencia más allá de sus fronteras.

Lo anterior, sin duda requiere que los países miembros de la OTAN incrementen su gasto militar, incluso más allá del piso del 5% del PIB que Estados Unidos les exigió, pero también una activa y decidida promoción en el mundo de la democracia como la mejor forma de gobernar los países y del multilateralismo a la hora de enfrentar desafíos globales, tópicos donde los miembros de la Unión Europea tienen credenciales de sobra y cada vez más necesarios, cuando en pleno 2026 líderes políticos de carácter autoritario y aislacionistas han ido creciendo en adhesión popular, con todas las amenazas que eso significa.

 En consecuencia, las  recientes circunstancias que han rodeado este inicio del fin de ciclo en las relaciones transatlánticas no hace más que ratificar que, tal como lo planteó en 2024 el académico francés Bruno Tertrais en su libro La Guerra de los Mundos, no se puede confiar en los vínculos de interdependencia entre los Estados como instrumento para evitar conflictos armados. Sólo es útil cuando este mecanismo se estructura con todos sus actores en igualdad de condiciones. Y claramente esta última característica siempre estuvo ausente.

 

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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