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Ignorancia disfrazada de ciencia: género como epistemología en la investigación científica Opinión Crédito: @NOMOREMATILDAS

Ignorancia disfrazada de ciencia: género como epistemología en la investigación científica

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Claudia Matus Cánovas
Por : Claudia Matus Cánovas Directora Centro Justicia Educacional UC Académica titular Facultad de Educación UC
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Cualquier argumento que sostenga que el género no es importante o que solo es pertinente cuando se estudia a humanos, no es una posición científica, sino ignorancia en su sentido más literal.


Cada vez que el género entra en una discusión científica, ocurre un fenómeno recurrente: emergen voces que, desde la seguridad del sentido común, afirman que el género no es relevante, que distrae de lo fundamental o que solo tendría cabida cuando se estudia a seres humanos. Este tipo de afirmaciones no reflejan una controversia epistemológica, sino algo mucho más simple y, a la vez, más problemático: la ignorancia presentada como conocimiento legítimo.

La falta de formación sólida en epistemología de género, tanto en la formación doctoral como en la práctica de la investigación científica, no constituye un déficit menor ni un problema meramente complementario, sino una limitación con efectos directos sobre la calidad, validez y alcance del conocimiento producido.

Cuando el género se excluye como categoría analítica y epistemológica, se reproducen sesgos estructurales que inciden en qué preguntas de investigación se consideran legítimas, qué fenómenos de estudio son relevantes, qué datos son válidos, cómo se interpretan y para quiénes resultan significativos. 

Este vacío formativo se vuelve especialmente crítico cuando personas sin preparación en epistemologías de género, neófitas en este campo, ocupan posiciones en instancias de evaluación y toma de decisiones, por ejemplo, al juzgar proyectos que problematizan el uso del género más allá de su reducción a una variable descriptiva que solo contabiliza hombres y mujeres.

En tales contextos, la deslegitimación del género no responde a criterios de rigor científico, sino a una comprensión empobrecida de cómo se produce el conocimiento. El impacto de este desconocimiento y de la pretensión de saber sobre género es un retroceso epistémico que restringe la capacidad explicativa de la ciencia y debilita su potencial para generar conocimiento más preciso y socialmente relevante (Harding, 1998, 2006, 2008, 2015; Keller, 1982, 1985, 1992, 2000, 2002, 2010; Longino, 1990, 2001, 2013).

Evaluadores sin formación en las tradiciones de género que desestiman proyectos por un “exceso de género” reproducen ignorancia institucionalizada, no rigor científico. El género, como epistemología, es un campo de conocimiento consolidado, y su desconocimiento limita la ciencia en su capacidad de entender y transformar el mundo.

Esto se debe en parte a que muchas doctorales en Chile no incluyen el género como campo riguroso, lo que lleva a que científicos evalúen desde saberes no académicos, adquiridos en la casa, la escuela, la calle, entre amigos o a través de los medios. Sin embargo, ese conocimiento popular no equivale a saber de género ni a producir ciencia.

Hoy existe abundante evidencia de que la omisión del sexo y del género en la investigación, incluidos estudios con mamíferos y modelos celulares (Nature, 2020, 2022), ha producido resultados sesgados, poco replicables y, en algunos casos, directamente erróneos. No es casualidad que revistas científicas de alto impacto y agencias internacionales de financiamiento exijan explícitamente que los proyectos indiquen cómo consideran el sexo y el género, o que justifiquen rigurosamente su exclusión. Esta exigencia no es ideológica: es científica.

Por ejemplo, en el campo de la medicina, la normalización del cuerpo masculino como estándar ha generado diagnósticos tardíos, tratamientos ineficaces y un mayor riesgo para las mujeres, principalmente (Criado Pérez, 2019; Richardson, 2013, 2022; Roberts, 2012, 2023; Saini, 2017). En ingeniería y diseño tecnológico, la asunción implícita de cuerpos masculinos como norma de testeo ha derivado en infraestructuras, dispositivos y sistemas de seguridad, por ejemplo, en la industria automotriz, que resultan inseguros o excluyentes para las mujeres.

Esto evidencia que lo que suele presentarse como neutralidad técnica es, en realidad, una forma de sesgo naturalizado que toma al cuerpo masculino como referencia universal y excluye sistemáticamente a las mujeres (Schiebinger, 2008).

En inteligencia artificial, los sistemas entrenados con datos históricamente sesgados reproducen y amplifican desigualdades, lo que demuestra que la ausencia de un análisis crítico de género no elimina el problema, sino que lo automatiza (Criado Pérez, 2019). En el ámbito de la biodiversidad, los estudios feministas de la ciencia han demostrado que las categorías binarias y las nociones naturalizadas de sexo y diferencia influyen en cómo se clasifica la vida, cómo se interpretan los comportamientos animales y cómo se construyen indicadores ecológicos (Hyde et al., 2019; Sanz, 2017; Willey, 2016; Cipolla et al., 2017).

Estos ejemplos no pertenecen a ámbitos marginales ni a discusiones teóricas abstractas. Más bien muestran cómo una misma lógica, la exclusión del género como epistemología, produce efectos concretos allí donde se toman decisiones técnicas y científicas. 

Que estos errores se repitan una y otra vez no es un accidente, sino el efecto de una idea persistente de ciencia que se presenta como neutral mientras excluye activamente al género. Esa idea tiene voceros reconocibles, con tribuna y autoridad disciplinar, dentro y fuera de nuestras fronteras.

Un caso emblemático es el del físico teórico contemporáneo Lawrence Krauss, quien ha sostenido reiteradamente que la ciencia es solo aquello que se ajusta a una versión estrecha del método científico, muy cercana a la visión del siglo XVII. En ese marco, el género sería una preocupación externa e ideológica, solo pertinente cuando se estudian sociedades humanas. Todo lo demás sería una desviación (recurro a un ejemplo extranjero para no incomodar nombres propios a nivel local, aunque el razonamiento que representa dista mucho de ser exótico o desconocido en nuestro medio).

Traer a colación a Lawrence Krauss no busca personalizar el debate ni convertirlo en una polémica ad hominem, sino mostrar con claridad cómo opera una forma específica de ignorancia cuando se presenta bajo el ropaje de la objetividad científica. Krauss es un caso particularmente ilustrativo, porque combina autoridad disciplinar, alta visibilidad pública y una intervención directa en los debates sobre política científica y financiamiento de la investigación, especialmente en Estados Unidos.

Desde esa posición, sus afirmaciones no circulan como opiniones marginales, sino como juicios que pretenden establecer qué cuenta como ciencia legítima y, por tanto, qué merece ser financiado con recursos públicos.

Lo relevante, entonces, no es Krauss en sí mismo, sino poner atención a los “Krausses” que existen en la comunidad científica chilena: figuras con tribuna y poder de evaluación que, apelando al sentido común, transforman su desconocimiento del género en criterio aparentemente neutral para deslegitimar investigaciones y excluirlas del campo de lo que se considera ciencia válida.

El problema no es solo que Krauss defienda una concepción estrecha del método científico, anclada en una lectura reduccionista y deshistorizada de la ciencia del siglo XVII, sino que convierta esa concepción en un criterio normativo excluyente. Bajo ese marco, investigaciones que incorporan género o raza son descalificadas no por fallas metodológicas concretas, sino por ser consideradas, de antemano, externas a la “verdadera” ciencia. Así, la ignorancia no se expresa como desconocimiento explícito, sino como una certeza epistemológica.

En el episodio del podcast Into the Impossible With Brian Keating dedicado a su libro The War on Science (2025), Krauss plantea que ciertas discusiones contemporáneas sobre raza y otras categorías son irrelevantes para la ciencia porque, en su percepción, fenómenos como, por ejemplo, la esclavitud, pertenecen al pasado y, por ende, no deberían formar parte de debates científicos actuales (30 de julio de 2025).

Así, este físico ignora deliberadamente que la ciencia contemporánea ha demostrado de manera contundente cómo las herencias históricas, incluyendo la esclavitud, el colonialismo y la segregación, continúan operando en los patrones de salud y de acceso a recursos, en la exposición ambiental de comunidades vulnerables y en la producción de datos sesgados (Krieger, 2005; Roberts, 2012, 2023).

Al negar ese contexto, no elimina la dimensión racial del conocimiento; simplemente la naturaliza y la vuelve invisible. Lo mismo ocurre con el género: al reducirlo a una variable relevante solo para el estudio de humanos, se desconocen décadas de investigación que muestran cómo las categorías de sexo y género estructuran prácticas experimentales, modelos animales, clasificación de datos y desarrollo tecnológico (Sanz, 2017; Richardson, 2013, 2022; Fausto-Sterling, 1985, 2000).

El valor de traer a colación a este personaje radica, entonces, en evidenciar cómo ciertos discursos científicos influyentes convierten posiciones ideológicas en criterios de evaluación neutrales, con efectos materiales concretos en la asignación de financiamiento y en la orientación de la agenda científica. Krauss, o los Krausses, no son una anomalía, sino un síntoma: representa una forma de autoridad que confunde la defensa de un canon disciplinar con rigor y, al hacerlo, contribuye activamente a bloquear investigaciones que buscan ampliar, y no debilitar, la capacidad explicativa de la ciencia.

Aquí es donde la formación en género se vuelve clave. No como un ejercicio moralizante, sino como una competencia científica avanzada: comprender cómo se produce el conocimiento, cómo se estructuran las prácticas de investigación y cómo operan los supuestos que damos por evidentes.

Este problema debiera ser de máxima preocupación para las universidades e instituciones que financian la investigación y, al mismo tiempo, declaran avanzar hacia agendas interdisciplinarias, innovadoras y socialmente responsables.

La persistencia de evaluaciones que deslegitiman el uso del género como categoría epistemológica revela una deficiencia estructural en la formación científica contemporánea: se sigue educando a científicos y científicas bajo la premisa implícita de que la “ciencia propiamente tal” es una cosa, mientras que el género pertenece a un registro secundario, normativo o ideológico, de menor estatus académico.

Esta jerarquización no solo es conceptualmente errónea, sino que también tiene profundas consecuencias materiales en la orientación de los proyectos financiados, en los enfoques metodológicos validados y en los tipos de conocimiento considerados relevantes para el desarrollo científico. 

La paradoja es evidente: quienes afirman saber y se autodefinen como defensores de la ciencia dura, a menudo son quienes más resisten los estándares contemporáneos de la investigación científica. Refugiados en el sentido común disciplinar, confunden el apego a un canon estrecho con rigor científico y terminan transformando esa resistencia al cambio en un criterio de evaluación.

Porque, dicho sin rodeos, cuando se habla de género de manera seria en investigación, cualquier argumento que sostenga que el género no es importante o que solo es pertinente cuando se estudia a humanos, no es una posición científica, sino ignorancia en su sentido más literal.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.
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