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¿América Latina tiene un destino? Opinión

¿América Latina tiene un destino?

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Héctor Casanueva
Por : Héctor Casanueva Investigador del IAES, Universidad de Alcalá y Coordinador de la Cátedra de Prospectiva y Relaciones Internacionales del IEI, Universidad de Chile
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Es claro que la creciente presencia económica de China en América Latina, con sesgo estratégico, ha alterado equilibrios tradicionales. En cierto modo es un catalizador de las actuales estrategias de Estados Unidos y de la Unión Europea.


En 1967 el presidente de Chile Eduardo Frei Montalva, en su libro “América Latina tiene un destino” abogaba por la unidad como una respuesta a los desafíos de la Guerra Fría. Mucha agua ha pasado bajo los puentes y en pleno Siglo XXI, sin haber logrado la unidad, nos vemos atrapados en los desafíos de una nueva Guerra entre hegemones.

Según los análisis más recientes de centros de pensamiento, universidades y autores reconocidos, en este nuevo escenario global, América Latina está recuperando visibilidad estratégica, no como resultado de un acuerdo regional propio, sino como consecuencia de la intensificación de la competencia entre Estados Unidos, la Unión Europea y China.

Sin embargo, esta revalorización no es únicamente política o discursiva. La región dispone de activos materiales cada vez más críticos para la reorganización del orden global, lo que explica su renovada centralidad en las agendas estratégicas de las grandes potencias. América Latina concentra una parte significativa de los minerales críticos necesarios para la transición energética global, incluidos litio, cobre y níquel, así como reservas relevantes de tierras raras y otros insumos estratégicos para tecnologías limpias y digitales.

A ello se suma su potencial energético renovable, su papel en la seguridad alimentaria global y un perfil demográfico relativamente más favorable que el de otras regiones, con una población aun mayoritariamente en edad activa.

Estos factores convierten a América Latina en un espacio clave para la reorganización de cadenas de valor, la transición energética y la competencia tecnológica, reforzando su centralidad en las estrategias de Estados Unidos, la Unión Europea y China.

Es claro que la creciente presencia económica de China en América Latina, con sesgo estratégico, ha alterado equilibrios tradicionales. En cierto modo es un catalizador de las actuales estrategias de Estados Unidos y de la Unión Europea.

Tres estrategias: EE.UU., UE y China

La Estrategia de Seguridad Nacional (NSS2025) de Estados Unidos interpreta a América Latina desde una óptica de seguridad hemisférica y competencia geopolítica. Este enfoque prioriza instrumentos de presión política, cooperación en seguridad y relocalización de cadenas productivas (nearshoring), pero corre el riesgo de reducir la relación con América Latina a una agenda reactiva, centrada en amenazas más que en oportunidades de desarrollo compartido, lo que podría no ser sostenible en el largo plazo.

La estrategia de la UE de autonomía estratégica y poder normativo, privilegia acuerdos comerciales, cooperación regulatoria y la proyección de estándares con América Latina, que mediante los consensos logrados y una fuerte cooperación, le asegura lo que necesita para su propio desarrollo y sustentar la autonomía estratégica, especialmente en la defensa.

Instrumentos económicos y normativos, como el acuerdo UE–MERCOSUR (nuevamente demorado pero probablemente se reactivará en breve en su parte comercial), los acuerdos de asociación con Chile, Perú, Colombia, Ecuador, Centroamérica, se enmarcan en esta lógica.

En el caso de la Unión Europea, con la que nos une un marco de asociación estratégica en proceso de renovación, no hay que dejar de lado los efectos que tendrá para nuestra región el anunciado macro-acuerdo con India (“la madre de todos los acuerdos” según la UE), y su importancia sistémica en el escenario creado por Trump.

China por su parte se caracteriza por un enfoque pragmático, centrado en el acceso a mercados, recursos y oportunidades de inversión, con escasa condicionalidad política explícita. No obstante, esta presencia genera efectos estratégicos, ya que amplía las opciones externas de nuestros países, pero también crea nuevas dependencias económicas y tecnológicas.

Ventana de oportunidades 2026-2030

Para América Latina, esta competencia triangular abre oportunidades de diversificación y negociación, pero también conlleva riesgos de dependencia y pérdida de autonomía si no se desarrollan estrategias coordinadas. El período 2026–2030 constituye, en este sentido, una ventana crítica para definir su inserción internacional.

Por el momento, si nos atenemos a los principales desafíos que enfrenta la región en lo económico, social, energético, digital, ambiental. y principalmente el riesgo político (fragmentación, polarización, corrupción, crimen organizado en Estados débiles), no se aprecia la suficiente claridad prospectiva y estratégica como para aprovechar esta ventana.

La región necesita reformas estructurales (fiscales, de seguridad y educativas) pero junto con esto, tal vez el mayor de los riesgos, es la irrelevancia global, debido a la fragmentación interna y a que el capital político de los gobiernos es muy bajo, incapaz de arribar a los consensos básicos para navegar en este escenario y tener alguna influencia en la reconfiguración en curso del orden mundial.

América Latina y Canadá en la competencia triangular

En este contexto, Canadá emerge como un actor poco considerado en la posible estrategia de América Latina. Ligado a la economía de EE.UU., pero con una identidad multilateral y regulatoria muy cercana a la europea, combina capacidades en sectores clave como minerales críticos, energía, tecnología y financiamiento sostenible.

Su experiencia en gobernanza de recursos naturales y su menor carga histórica en la región lo posicionan como un socio potencialmente relevante para estrategias latinoamericanas de diversificación, sumando también a otros actores no contentos con esta disputa triangular.

Prospectiva estratégica

América Latina tiene que hacer de la necesidad virtud. Enfrentar esta coyuntura como una oportunidad para transformar su renovada relevancia global en mayor autonomía y capacidad de decisión, apoyada en su relevancia neurálgica para la triple transición global (ecológica, digital, energética). Para ello, como no es posible por ahora pensar en una integración como la hemos buscado desde 1960, resulta clave definir prioridades compartidas en sectores críticos, evitar alineamientos automáticos y reforzar mecanismos flexibles de coordinación regional que amplíen márgenes de maniobra.

La verdadera decisión estratégica de América Latina no es con quién alinearse, sino si seguirá siendo un espacio donde otros proyectan poder o un actor capaz de convertir su peso estratégico en influencia propia. Lo que aún le falta es una estrategia colectiva de aproximaciones progresivas y sectoriales, que se podría construir si hay un consenso para diseñarla mediante un ejercicio conjunto de Prospectiva Estratégica, entre la CELAC con los distintos esquemas de integración o cooperación regionales, las entidades técnicas como la CAF, la CEPAL y el BID, y un consorcio de universidades y organizaciones empresariales y sindicales.

Un ejercicio como este, generaría los escenarios de futuros posibles a los que apuntar, para una toma de decisión con objetivo en el largo plazo, más allá de diferencias ideológicas o afinidades personales presentes.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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